Tomar agua

Me gusta tomar agua. Pensándolo bien, es una de esas cosas simples de la vida que realmente disfruto, aun cuando es bien probable que debería hacerlo con más frecuencia y en mayor cantidad.

Ilustración: GOVA

De seguro hay en el mundo millones a quienes les gusta tomar agua tanto como a mi. ¡Bienvenidos al club! Y es que, ¿cómo no sentirnos atraídos por este básico y maravilloso líquido y cómo no disfrutarlo, si cerca del 50 o un poco más del 60% está hecho de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno? No hacerlo sería como negar nuestra esencia o de dónde venimos. La especie humana es en gran proporción agua y aunque no lo pensemos constantemente, si agua no tenemos y agua no bebemos, sencillamente no “semos”, dirían algunos.

Es bien probable que nuestra atracción por el agua sea instintiva; la portamos en el chip, es algo como magnético, aprendido desde siempre. No podemos negarla ni aunque quisiéramos, como pasa con nuestro origen y esencia. Por efectos del agua existimos, vivimos, respiramos. Sin embargo, experimentar esta atracción no equivale a decir que nos guste, que disfrutemos tomarla, que tengamos acceso a ella y mucho menos que entendamos lo que esto de verdad significa. Mucha gente no se detiene a apreciar y gozar lo agradable, maravilloso e importante que es poder tomar agua; quizás porque el ejercicio es algo tan natural, tan normal, tan básico, tan común, tan elemental, que no debería generar mayor atención ni preocupación. La realidad para millones de compatriotas, sin embargo, es otra.

En Colombia, un país de casi 47,5 millones de habitantes, que ocupa el puesto 17 en el mundo en mayor volumen de agua por unidad de superficie (hace menos de 20 años estábamos en el cuarto lugar); un territorio con al menos 737.000 cuerpos de agua entre ríos, quebradas, caños, lagunas, humedales, pantanos, ciénagas, etc., y con cerca de la mitad de los páramos del planeta —verdaderas “fábricas” de agua—, el 50% de la población rural y el 25% de la urbana no reciben la vital bebida en condiciones aptas para su consumo.

En otras palabras: simplemente no pueden hacer eso que tantos otros disfrutamos y consideramos un derecho: tomar agua, gústeles o no. Esta es la absurda, diaria y desapacible realidad para millones de compatriotas a lo largo y ancho del territorio, constituido en una inmensa proporción de agua. No debería ser así, pero lo es.

Le invito hoy a pensar en algunas maneras de ayudar para que el problema, al menos, no se agrave. Estas son algunas iniciativas importantes en este sentido, que no las únicas: no malgaste el agua en su casa ni en su lugar de trabajo; no tale bosques nativos ni intervenga cauces; no contamine con basuras, pesticidas, aceites, etc.; tome más agua; dígale no a cualquier tipo de actividad extractiva cerca de cuencas y fuentes; no siembre especies exóticas en los alrededores de los nacimientos o vertientes; no reemplace los cuerpos de agua por potreros o parcelas; no deseque ni destruya humedales; no construya en las rondas de ríos, quebradas ni sabanas inundables; cierre la llave cuando no necesite agua; ahorre; en fin, recapacite en su responsabilidad frente al apreciado líquido. Resumiendo, no pelee con el agua: tres cuartas partes de usted mismo están hechas de ella. Comience hoy e invite a otros a hacerlo, cualquier esfuerzo sirve y ayudará a que muchas personas más en el país puedan repetir con una sonrisa en la boca: “Nos gusta tomar agua, nos gusta mucho tomar agua; es una de esas cosas simples de la vida que realmente disfrutamos”. ¡Salud!.

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