La tormenta se avecina

Un montaje de ‘La tempestad’, de William Shakespeare, en el que participan actrices naturales: mujeres víctimas del conflicto armado que se suben al escenario para narrar, por medio del arte, su propia tragedia.

‘La tempestad’ es una obra universal que se desarrolla en una isla y que habla de la esperanza y del perdón.   / Cortesía Teatro Varasanta
‘La tempestad’ es una obra universal que se desarrolla en una isla y que habla de la esperanza y del perdón. / Cortesía Teatro Varasanta

Las tres están sentadas, quietas, repasando en su mente los siete minutos de letra que debieron repetir ensayo tras ensayo. Cada una espera el final de una frase específica —lo que en teatro llaman resueltamente el pie— para luego salir a escena y contarle a un público bogotano su propia historia, su realidad, la de este país: María, por ejemplo, oye las palabras “mira a la Tierra” y comienza “soy María, soy desplazada...”. La Magia, el elemento más difícil de montar en esta obra de William Shakespeare, eso que se negó a hacer (al menos en su sentido más literal) el director polaco Piotr Borowski, está ahí, en los tres testimonios.

El Teatro Varasanta, dirigido por Fernando Montes, ya había incursionado en la problemática colombiana: inventaban obras con pinceladas de realidad y ficción. Para esta ocasión quisieron hacer algo distinto: tomar un texto ya escrito y mandar un mensaje a través de él. La tempestad de Shakespeare, presentada por primera vez en un Londres de hace cuatrocientos años, era la salida. Una obra universal que se desarrolla en una isla y que habla de la esperanza y del perdón. Eso mismo.

“¿Qué es esta isla con relación a nosotros en el teatro, con relación a nosotros en Colombia?”, era la pregunta clave, el punto de partida para que estos ocho actores pudieran convertir en acción el relato de algo, la puesta en escena del daño y de la verdad y de la reparación. A través de su pluma, Shakespeare ya había diseñado una buena parte de todo eso. El problema, de nuevo, era la puesta en escena de algo tan etéreo como la Magia, la de Próspero, la que en la obra original controla los elementos de la isla. La que, en últimas, desata la tormenta.

“¿Y si lo que entra no es magia sino la realidad del país dentro de la ficción? Apareció la oportunidad de hacer esta voltereta”, dice Montes, envuelto con frío en una sudadera y sentado tranquilamente en el camerino del segundo piso del teatro. “Claro que es un extraño en la obra. Hacen un extrañamiento y está hecho así: con toda premeditación y alevosía. Es una irrupción. Los espectadores están felices viendo una obra de Shakespeare, además, que es algo culturalmente correcto, y de pronto salen estas señoras, ¡pam!, contando cómo fueron desplazadas, cómo murió su marido aquí en Colombia, con todo detalle, ¿no? (…). Esto es decir: ‘¡Mire, aquí estamos!’”.

Una pregunta de espectador ha asediado la obra desde que se presentó por primera vez en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá el año pasado: “¿Ellas son de verdad o son actrices?”. Con este cuestionamiento, que devela la necesidad del público de escaparse como sea de la realidad, el teatro Varasanta busca enviar un mensaje y poner el tema del perdón, tan explícito en la obra (y tan necesario en estos momentos de la historia), en los ojos de todos. “El arte penetra otras capas de la experiencia humana”, dice Montes.

Actrices de verdad

A Beatriz Rico ya la habían amenazado muchas veces por su labor periodística. Su voz y sus letras eran un estorbo para el frente sexto de las Farc, que dominaba a sus anchas las poblaciones de Popayán y Piendamó en el Cauca. Pero se acostumbró y, de amenaza ignorada en presión indebida, iba a Bogotá y se devolvía como si nada pasara: “A las balas casi no les tengo miedo”, dice, en medio de un puñado de suspiros y palabras. Fue una madrugada, a principios de 2009, cuando unos intrusos forcejearon en la puerta de su casa en Piendamó, haciendo el ruido suficiente para que la Policía y el pueblo entero llegaran a ver qué pasaba. Luego, esa misma semana, le dieron seis horas para que se fuera. Ese día lo recuerda con exactitud: 2 de abril de 2009. Mediodía. Seis bolsas de basura llenas de ropa, junto con sus hijos y su esposo, la acompañaron en un bus hasta Bogotá. En la terminal, con las bolsas en el piso, su hijo la miró y le dijo: “Bueno, ma, ¿y ahora qué?”.

María Esperanza Ramírez dice confiadamente, aunque con los ojos a punto de estallar, que no le da miedo subirse a un escenario a contar su historia. “He aprendido a no silenciarme, pues el silencio es el camino a la impunidad. Cada vez que hablo lo asimilo mucho a las mulas en el campo, que las llevamos muy cargadas. Siento que voy dejando la carga y me siento muy liviana”. María Esperanza dice que cuando se para en escena frente al público se transporta a Miraflores, Guaviare, donde el fuego cruzado entre la Fuerza Armada y los grupos ilegales la sacó corriendo. Se piensa a sí misma como una Caperucita Roja que en ese entonces recogía los frutos del bosque. Para finales de los 90 el pueblo, las viviendas, las tierras, los animales, la fama de la que vivían vendiendo carne, todo, quedó hecho una sola bola de fuego. “Soy mujer campesina. Tengo quinto de primaria. He enviudado tres veces. Tengo cinco hijos, seis nietos y dos bisnietos. Soy víctima de la violencia en mi país”.

Un diplomado de Políticas Públicas en la Escuela Galán de Bogotá le permitió a María conocer al actor Beto Villada del Teatro Varasanta. Él le contó sobre la obra La tempestad y oyó su relato: un testimonio escalofriante y aterrador que muestra la crueldad de los actores armados con las víctimas que dejan regadas por todo el territorio. El actor la escogió junto a otras dos mujeres para que, con un entrenamiento de tres meses, la sacaran “de un cuarto oscuro a la claridad”, como ella misma asegura, con su voz queda y pausada. “Nos han acogido como unas hijas de este teatro”. María es María, a secas. Desplazada del departamento del Huila, a secas. Porque la violencia sigue.

Contrario al final trágico de Romeo y Julieta, en La tempestad Shakespeare decide dejar vivos a Miranda y Fernando para que se casen. Para que sean ellos dos el símbolo de la reconciliación, de la verdad dicha, de la reparación hecha efectiva dentro de un escenario de guerra y conflicto. En la obra, que inició montaje el miércoles pasado, los actores han interiorizado distintas narrativas del perdón para volverlas acción. El teatro, en últimas, moverá a su antojo otras capas de la experiencia humana, de los contextos que vivimos, de la necesidad de darles otra mirada a las cosas que aquí pasan.

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