Tras el cierre del IV Festival de Literatura de Bogotá

El objetivo fue llevar a escritores nacionales e internacionales a compartir la lectura en los lugares menos pensados.

Festival de Literatura de Bogotá. Cortesía

La obra del norteamericano Red Bradbury le da el nombre a la fundación que lleva cuatro años detrás del despliegue del Festival de Literatura de Bogotá, que se encarga de descentralizar los eventos alrededor de la literatura, sacándolos de los lugares académicos, y de llevarlos a los barrios menos favorecidos de Bogotá y a los espacios menos pensados en donde la palabra, la memoria o la escritura se convierten en labor social.

“Nuestro festival está hecho para la comunidad y por la comunidad”, afirma Mauricio Díaz Calderón, periodista bogotano que junto a dos de sus mejores amigos de infancia, Sergio Gama y Javier Osuna, dirigen la fundación y se encargan de llevar la empresa cultural adelante. El festival es solo uno de los proyectos que entre los tres coordinan, pues la fundación tiene como objetivo empoderar a comunidades más vulnerables por medio de las letras por medio de otros dos programas y ejes de su labor: Historias en yo mayor, que se encarga de recopilar las historias de colombianos de la tercera edad, o el proyecto Despertar, el recital de artistas con discapacidad cognitiva. Así, los tres se dividen las tareas de una fundación que ha crecido lentamente con la ayuda de empresas amigas, bares y colegios que de alguna manera entienden el poder de la literatura puesta en contexto.

Para su cuarta versión, el Festival contó con el financiamiento de la Secretaría de Cultura distrital y el Ministerio de Cultura, quienes dieron su voto de confianza al trabajo adelantado en años anteriores.

Pero la presencia de escritores internacionales y nacionales haciendo talleres en bibliotecas comunitarias, en parques o plazas de mercado. Esto no sería posible sin un cuidadoso engranaje que depende en gran medida de las alianzas que a pulso han logrado los directores del proyecto, pues los subsidios gubernamentales, aunque son bienvenidos de la mejor manera, no pagan lo que cuesta este despliegue anual de casi dos semanas.

Este año, particularmente, consiguieron la ayuda y participación de Colsubsidio, y se dio continuidad a alianzas con entidades como ACNUR, Idartes y Alfaguara, entre otras instituciones, por lo que fue posible la realización de talleres alrededor de la lectura con niños de barrios de estratos bajos como el Restrepo o Soacha, y uno en la Cárcel de la Picota con adultos mayores que contó con la presencia del escritor colombiano José Zuleta.

Paralelo a esto, se llevó a cabo el programa con habitantes de la calle que pretende generar una publicación autosuficiente en la que ellos mismos cuentan sus historias de vida. De la misma manera, fue posible un evento en la plaza de Las Hierbas, que arrancó a las 3 de la mañana con los libros y la lectura como excusa para la madrugada junto a los víveres.

Así, entre lo juntado de aquí y allá, y como lo ha venido haciendo para las versiones anteriores, este año se montó una programación con cinco artistas internacionales que estuvieron rondando Bogotá desde el 25 de octubre. El poeta chileno Raúl Zurita, víctima de la dictadura de Pinochet, abrió el evento con una emotiva lectura; compartió con las madres de desaparecidos, tema central de esta última versión.

Asistieron también Martín Kohan (Argentina), Alejandra Costamagna (Chile), Alberto Jodra (España) y Frank Báez (República Dominicana). Por su parte, Arturo Parra, Piedad Bonett, Alberto Salcedo y Tomás González abanderaron la cuota de artistas nacionales.

Si bien el festival adoptó el tema de los desparecidos como eje central para su cuarta versión y eso lo hizo más visible ante los medios de comunicación —y también lo convirtió en un blanco de financiación—, su objetivo principal de llevar literatura a espacios lejanos de la academia y transformar la lectura en acción toma cada vez más fuerza y está por encima de intereses comerciales. “Poco a poco más escritores han empezado a confiar en lo que hace Fahrenheit 451 y se arriesgan a subir la loma de Usaquén para ir a leer a una escuela. Sin embargo, ha sido duro cambiar el chip y sacar la literatura de las aulas”, afirma Calderón. Este año, además, se contó con una nutrida asistencia que confirma que existe un público que se ha ido fidelizando al festival y que responde a las estrategias de divulgación en medios digitales y voluntariado.

Para Calderón, es necesaria la intervención y ayuda de las empresas privadas para que proyectos como estos se mantengan y puedan ampliar su cobertura y asegurar los traslados de los invitados, porque es claro que existen la necesidad y el público apropiado que hacen valer el esfuerzo. El gran reto entonces radica en convencer a quienes invierten porque, según dice, para ellos aún no es claro el poder de literatura llevada a la vida real.

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