Tras las huellas de Juan XXI

Después de publicar dos cuentarios encomiados por la crítica, su incursión en la novela confirma a Mauricio Muñoz como una de las más interesantes voces emergentes de las letras nacionales.

Con formidable tino Guillermo Martínez comparó el arte narrativo con la destreza manual del ilusionista: el buen escritor y el hábil mago hacen saltar de la chistera el conejo del asombro ante las pupilas del público. La suspensión de la incredulidad, la maestría de inventar universos verbales autosuficientes, son rasgos que emparentan al ficcionista oficioso con los brujos y los chamanes, con los taumaturgos y los blacamanes. Talvez por ello García Márquez señalaba la hipnosis como meta del ritmo de su prosa. Esta imagen, la del prestidigitador, me vino a la mente al concluir la lectura de El último donjuán, la más reciente novela de Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, 1974). En las 300 páginas del volumen, el autor caucano presenta una serie de historias entroncada en la búsqueda del amor y en las penalidades de la apatía sentimental: a un joven matrimonio la rutina le pasa cuenta de cobro; una mujer en la frontera de los treinta años, al ser abandonada por su prometido, cede a los asedios de su mejor amigo; una fémina a un paso de convertirse en solterona chatea con un galán etéreo e improbable; un padre rastrea las cosas que llevaron a su hija a tragarse de una sentada quince cápsulas de un potente ansiolítico; un colombiano radicado en Santiago de Chile, incapaz de seducir damas de carne y hueso, se transforma por arte de magia en un Casanova apenas entra a su cuenta de Messenger. Marcados por la soledad, los personajes de El último donjuán bucean en Internet sin percatarse a tiempo de las fauces abiertas del depredador. Y ese, precisamente, es uno de los méritos del libro de Muñoz: luego de dejar pistas a lo largo de la historia, de sembrar dudas y aludir sombras, revela, como un fogonazo, su verdadera naturaleza. Al hacer del lector el único detective de la trama, Muñoz da en el blanco y demuestra envidiable pulso narrativo.

Después de publicar dos cuentarios encomiados por la crítica, su incursión en la novela  confirma a Muñoz como una de las más interesantes voces emergentes de las letras nacionales. Ajeno a las pasarelas mediáticas, ha sabido abrirse campo en el radar de la crítica y de los lectores. El último donjuán, como todas las novelas logradas, es muchas cosas a la vez: una radiografía de la fugacidad de los afectos y de las relaciones, un tierno e íntimo retrato del sufrimiento de los no asaeteados por Cupido, una trepidante novela negra, una bitácora de las tropelías cibernéticas de Juan XXI. Muñoz, apenas mostrándolo de cuerpo entero por breves momentos pero haciéndolo presente a la manera de los fantasmas o de los contertulios del Messenger, hizo de Juan XXI un pillo de primera línea, con un código genético parecido a los de John Doe, el villano deSe7en, y de Scorpio, el antagonista de Dirty Harry. Con sangre de reptil en las venas, Juan XXI dispone a su antojo de la vida y amores de los demás, les roba a las víctimas la esperanza de haber encontrado por fin la media naranja, les escamotea su identidad para usarla de señuelo con los próximos incautos.

Ahí está, hace rato pidiendo pista, la nueva hornada de letrados colombianos: Paul Brito, Juan F. Hincapié, Joseph Avski, David Betancourt, Daniel Ferreira, Margarita García, Liliana Guzmán, César Mackenzie, John Better, Luis Noriega y, por supuesto, Andrés Mauricio Muñoz. Si tiene ocasión de leerlos, no lo dude: a lo mejor se lleva una agradable sorpresa.

 

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