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Tras los anaqueles de nuestra democracia

Las reflexiones de Estanislao Zuleta y Hannah Arendt nos permiten repensar el aislamiento que provoca la degradación de nuestro sistema de gobierno. Los valores del respeto y la modestia en el diálogo son elementos esenciales en la reconstrucción de un Estado débil y de una sociedad polarizada.

"La democracia, entendida como el gobierno de la mayoría, no tiene mucho que ver con el saber, porque el criterio de la mayoría no lo podemos considerar demostrativo", afirmaba Estanislao Zuleta en "Educación y democracia: un campo de combate".Mauricio Alvarado - El Espectador

Estanislao Zuleta afirmó en Educación y democracia: un campo de combate que: “Cuando hablo de un Estado fuerte no quiero decir más militarista sino todo lo contrario. Los Estados totalitarios son tan débiles que le tienen miedo a un artista que pinta distinto, o meten a la cárcel los poetas. En un Estado fuerte, por el contrario, el ciudadano puede estar tranquilo cuando se encuentre en desacuerdo con el gobierno o con el Estado, porque puede apelar a su normatividad para dirimir las diferencias que se presenten en la vida civil. Un Estado fuerte es un espacio en que las diferencias de opinión o de interés pueden debatirse en la legalidad sin pasar a la violencia”.

Asistimos a un tiempo en el que, al parecer, seguimos con un Estado débil, como menciona el filósofo colombiano. Los ciudadanos hablan de un desgobierno. Las reformas laborales y de pensión; los asesinatos sistemáticos a líderes sociales e indígenas; los crímenes de lesa humanidad y el incumplimiento del gobierno con el Acuerdo de paz que se firmó con las Farc en 2016 son algunos de los motivos que han suscitado una indignación colectiva en Colombia.

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El uso de la violencia como herramienta de dominación sigue vigente. Las fuerzas del Estado se han encargado de causar escándalos como las muertes de exguerrilleros de las Farc, de menores de edad, de atentar y violar el derecho a la protesta por parte de los gremios de trabajadores, de los estudiantes y demás colectivos que deciden salir a las calles.

La ausencia de garantías para expresar las inconformidades, la censura a artistas y medios de comunicación que buscan develar las verdades que pueden desestabilizar al gobierno y sus propósitos nos sugiere, como dice Zuleta, que pertenecemos a un Estado débil en el que las diferencias no pueden debatir, en el que las diferencias son señaladas y violentadas, y que al ser violentadas producen miedo, un miedo que puede provocar, entre otras cosas, un aislamiento propicio para la creación de un Estado totalitario.

“Se ha observado frecuentemente que el terror puede dominar de forma absoluta sólo a los hombres aislados y que, por eso, una de las preocupaciones primarias al comienzo de todos los gobiernos tiránicos consiste en lograr el aislamiento. El aislamiento puede ser el comienzo del terror; es ciertamente su más fértil terreno; y siempre su resultado. Este aislamiento es, como si dijéramos, pretotalitario. Su característica es la impotencia en cuanto que el poder siempre procede de hombres que actúan juntos”, afirmaba Hannah Arendt en Orígenes del totalitarismo.

Suele suceder, entonces, que el aislamiento se confunda con la soledad del ser humano, por ello, antes de enfatizar la importancia del aislamiento para el surgimiento del totalitarismo, es importante aclarar que: “Lo que llamamos aislamiento en la vida política se llama soledad en la esfera de las relaciones sociales. El aislamiento y la soledad no son lo mismo. Yo puedo estar aislado –es decir, hallarme en una situación en la que no pueda actuar porque no hay nadie que actúe conmigo- sin estar solo; y puedo estar solo –es decir, en una situación en la que yo, como persona, me siento abandonado de toda compañía humana- sin sentirme aislado”, decía la filósofa alemana.

El aislamiento se entiende a partir de lo político y su función de desligar al actor político de sus funciones; mientras que la soledad refiere a aquella sensación del ser humano de sentirse olvidado por sus semejantes y su entorno. El aislamiento se aparta por completo de todo discurso social e incluso artístico y se relaciona directamente como un condicional del régimen totalitario o tiránico que permite el crecimiento de dicha forma de gobierno a través de la delegación de funciones y de la exclusión de las capacidades que un individuo puede llegar a realizar dentro de la esfera política.

En medio de ese aislamiento, de esa segregación o fragmentación que busca crear el ambiente político, los ciudadanos debemos acudir a algunos valores que han sido sugeridos para validar la democracia, para seguir explorando el punto propicio de la idea de la pluralidad, de la capacidad que se supone que tenemos para convivir entre diferentes, de aceptar a los otros que viven, piensan y sienten como yo. Volver a Estanislao Zuleta y sus elucubraciones sobre la democracia sirve para recordar y sugerir algunas nociones que nos conducen a repensarnos como ciudadanos activos, no tanto para basar la discusión de la democracia en un sentido moral y con un propósito doctrinario, sino para elaborar una serie de eslabones que permitan construir otra mirada sobre el modelo de gobierno y sobre la efectividad, si se quiere poner en esos términos, que nosotros como sujetos le damos a este sistema desde la cotidianidad misma:

“La democracia implica igualmente la modestia de reconocer que la pluralidad de pensamientos, opiniones, convicciones y visiones del mundo es enriquecedora; que la propia visión del mundo no es definitiva ni segura porque la confrontación con otras podría obligarme a cambiarla o a enriquecerla; que la verdad no es la que yo propongo sino la que resulta del debate, del conflicto; que el pluralismo no hay que aceptarlo resignadamente sino como resultado de reconocer el hecho de que los hombres, para mi desgracia, no marchan al unísono como los relojes; que la existencia de diferentes puntos de vista, partidos o convicciones, debe llevar a la aceptación del pluralismo con alegría, con la esperanza de que la confrontación de opiniones mejorará nuestros puntos de vista. En este sentido la democracia es modestia, disposición a cambiar, disposición a la reflexión auto-crítica, disposición a oír al otro seriamente”.

Además de la modestia, Estanislao Zuleta señala que: “La democracia implica igualmente la exigencia del respeto. Respeto no quiere decir lo que cierta ideología liberal imagina: dejar que todo el mundo piense lo que le venga en gana y hacer uno lo propio. Este tipo de respeto conduce a un mosaico de microdogmatismos, en el que cada cual tiene su punto de vista y respeta el ajeno con tal de que no se metan con el suyo. Así ocurre en ciertas fastidiosas conversaciones de café en que hay tres personas con ideas distintas y fijas y toleran que uno hable de su manía, cualquiera que sea, con tal de que después se calle y deje hablar al otro de la suya, y después al otro, que oye bostezando. Allí, por consiguiente, no hay ningún diálogo: hay tres monólogos. Respeto significa, en cambio, tomar en serio el pensamiento del otro: discutir, debatir con él sin agredirlo, sin violentarlo, sin ofenderlo, sin intimidarlo, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente, tratando de saber qué grado de verdad tiene; pero al mismo tiempo significa defender el pensamiento propio sin caer en el pequeño pacto de respeto de nuestras diferencias. Muy a menudo creemos que discutir no es respeto; muy por el contrario, el verdadero respeto exige que nuestro punto de vista, sea equivocado total o parcialmente, sea puesto en relación con el punto de vista del otro a través de la discusión”.

Toda construcción, transformación o revolución parte de los detalles, de los actos que por cotidianos no son intrascendentes. La modestia de aceptar otras versiones de la verdad, y el respeto por mi voz y la del interlocutor son detalles esenciales del diálogo, de un elemento inherente a la democracia, tanto a la que se realiza en los recintos del gobierno, como a la que realizamos todos en casa y en las calles. El diálogo, que sería más óptimo y enriquecedor si lo acercamos al modelo dialéctico de Sócrates -la mayéutica-, es un ejercicio sano para la construcción de un pensamiento crítico, para la creación de una base sólida para nuestra democracia y para el porvenir de una nación que ha subestimado el papel del lenguaje y que ha olvidado que la palabra es el primer eslabón en la consecución de una idea, de un modo de vida, de una identidad colectiva que respete la pluralidad, que garantice la permanencia de la misma y que nos puede alejar del aislamiento y el miedo que provienen de una violencia que elimina lo que no está permitido para el poder y que perjudica las esperanzas del progreso y la paz.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

Tras los anaqueles de nuestra democracia

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