Trascender hacia la magia

En ‘Abrir la puerta para que entre el viento’, el escritor logra mezclar lo espiritual con lo prodigioso, la timidez con el asombro y el buen humor con la gravedad de los rituales.

Cuando traspasé la puerta que Roberto Martínez, aconsejado por el Swamiji Nirajan, había dejado abierta para que entrara el viento, recorrí el camino inverso, que me permitió encontrar lo que le había dado sentido a su existencia.

No tuve dificultad alguna, cuarenta y tres años después. Me deslicé por sus recuerdos con la misma fluidez con que el río Ganges serpentea por las llanuras del norte de la India; con la misma profundidad de un atardecer en Benarés compartidos en esos desencuentros que, por obra y gracia de la literatura, se transforman en encuentros.

Así, se mezclaron con las suyas nuestras vivencias del viaje inolvidable que hicimos en los setenta Juan Camilo y yo por la India del Norte y Nepal, con el morral de estudiantes al hombro; la salida del sol por las escalinatas de Benarés previamente transitadas por Zalamea; el sabor del curry y de las especies que motivaron tantos viajes europeos, y en los interminables trenes, y el de los insípidos pasteles, herencia colonial de los británicos como recurso para el estragado estómago. Así también, las de un París de buhardillas, picardías y el arte de vivir para comer y no comer para vivir, en donde la vida no está en los monumentos o en salones tantas veces descritos, sino afuera...

Pero cada uno de sus lectores podrá también encontrarse a sí mismo en esas múltiples dimensiones que construyeron la buena vida de Roberto Martínez. Una vida en las que las adversidades se afrontan porque, como le enseñaron desde pequeño, lo primero que debe hacer el que se cae es levantarse. O, como nos lo enseñaron su mamá y la mía, que nunca habrían podido conocerse pero que nos lo dijeron con las mismas palabras: “Uno tiene que ser educado, no solo por respeto a los demás, sino por uno mismo”.

Por la puerta abierta compartí también momentos paralelos, no solo del encantamiento de los templos hindúes y la protección del elefantino Ganesh que preside nuestra sala, sino el aroma de las calles parisinas y la necesidad de encontrar sentido a lo que hacemos .

Además de los diamantes, de las Yamaha, de los rituales y de la búsqueda de lo espiritual, Roberto Martínez también se habría podido dedicar a la escritura —pensé mientras leía—. ¡Era tan natural su manera de narrar y de describir esos momentos que habían estremecido de sensaciones y vivencias a ese hombre seductor y profundo, elocuente y seguro de sí mismo!

Alcancé a lamentar no haberlo conocido tanto en vida como por medio de su libro. Eso sí, por fortuna y dedicación de su esposa y de su hija, que se propusieron prolongar su existencia, surgió la inesperada oportunidad de llenar esas nostalgias que dan a veces por no haberse comunicado lo suficiente con un ser humano.

El escaso párrafo y medio que le dedica a sus estudios de derecho y las circunstancias tan diferentes que nos dispersaron a todos, me impidieron compartir con él todo aquello que me exalta ahora, todas esas emociones insospechables que nutrieron sus afectos y su espiritualidad.

Un día y su medianoche bastaron, para que me devorara esta obra que, seguramente, devorarán muchos otros. Asombra y envuelve la manera como supo mezclar lo espiritual con lo prodigioso, la timidez con el asombro, el buen humor con la gravedad de los rituales.

Nos da también la receta: tomar en serio las experiencias que surgen de los caminos del aquí y el ahora; llenarse de una tolerancia que permita huir de los fanatismos y mezclar los ejercicios espirituales de San Ignacio con las reglas austeras de los ashram, la buena mesa con la indescriptible (pero bien descrita por él) ritualidad de los templos del sur de India, la necesidad de dejar un testamento espiritual, con el bon vivant que tomó la decisión de no asistir a las clases de filosofía de la Soborne, para encontrar en madame Pradier el sabor de la amistad mediante la cocina.

Cuando por primera vez entreví a Olga, cuando nos la presentó quien nunca me atreví a llamar el Gordo, ante esa belleza deslumbrante, pelirroja, de ojos verdes, y después de cinco minutos de conversación, recuerdo haberme preguntado cómo pudo seducirla y convencerla de ser su compañera inseparable. Él mismo lo explica, por esa capacidad de burlarse de sí mismo que caracteriza los verdaderos humoristas, cuando menciona varias veces su gordura y su glotonería y se las apropia como parte de su personalidad, que superó gracias a una elocuencia que produce encantamiento.

Ahora, cuando puedo conocer mejor a Olga por esta buena circunstancia que nos reúne, y comprobar su discreción tranquila y su afición de buscadora de bolas de cristal, entiendo que Roberto Martínez logró seducirla por cualidades que marcan todo el libro, y sin las cuales no habría podido escribirse.

Una de ellas, su afición por los rituales, que define como “escenificación histriónica de un mito, de una alegoría con el propósito de que, al vivirlo, se experimente la esencia del significado simbólico que ese mito representa” .Trátese de la preparación de la comida, de afrontar las quiebras, de comulgar en los templos del Sur (especialmente el de Shiva) que muestran su inmensa capacidad para trascender lo usual y sumergirse en las esencia de la magia.

Porque a la magia hay que buscarla, nos enseña. Desde pequeño, Roberto Martínez ha soñado con ser mago, va en busca de Merlín y luego de la cábala, se adentra en los misterios de la energía con Teilhard de Chardin, pero también con los tantras, y con la conciencia cósmica de los mandala. Supera las religiones para armonizar, sin prejuicios, las energías individuales con las universales. Cambia “la forma de ver”, como lo expresa el título de uno de los capítulos, encuentra asociaciones y los prodigios de un azar que hay que buscar para percibirlas.

Con el libro de Roberto Martínez concluye uno que la vida vale la pena ser vivida siempre y cuando, como lo escribe en una de aquellas frases suyas en las que ni falta ni sobra palabra alguna, se trate de “comprender por un instante lo incomprensible. Sumergirse y desaparecer en el sublime misterio de la creación, entenderlo sin palabras, hacerlo propio por la experiencia”.