La travesía de Emma Reyes

Hoy se inaugura la primera exposición, desde 1993, de pinturas de Emma Reyes en Colombia, donde se presentan cerca de treinta obras de la bogotana.

La exposición de la obra de Emma Reyes estará hasta finales de noviembre en la galería Casa Cano. / Hernán Díaz

Desde que en 2012 se publicó Memoria por correspondencia, el relato autobiográfico de Emma Reyes, esta artista y escritora bogotana dejó de ser una desconocida de la que poca gente hablaba, y el interés por su vida creció avivado por artículos, críticas y reseñas que recuperaban su historia. Su relato de niñez la puso en conocimiento del público, convirtiéndola en una escritora reconocida. Sin embargo, su obra pictórica ha seguido en el anonimato. Esto resulta irónico ya que Reyes en muchas ocasiones manifestó su deseo de no ser reconocida como escritora sino como pintora.

Hoy se inaugura en la galería Casa Cano la primera exposición, desde 1993, de pinturas de Emma Reyes en Colombia, donde se presentan cerca de una treintena de obras de períodos comprendidos entre los años 50 y los 90. Con motivo de este evento propongo que hagamos un breve repaso de la obra de Emma Reyes y la sigamos por los múltiples viajes que realizó, desde Colombia hasta Argentina y Francia, pasando por México o Italia entre otros.

El primer contacto que tuvo Emma Reyes con la pintura fue a principios de los años cuarenta, cuando llegó a Buenos Aires. Había salido por tierra desde Colombia alrededor de 1940, a la edad de 21 años. Álvaro Medina dice que en una exposición del artista argentino Raúl Soldi empezó su interés por la pintura. Tras visitar la exposición, el galerista se acercó a ella preguntándole si pintaba. En ese entonces las galerías también vendían materiales de arte.

Cuando ella contestó que no, pero que le gustaría, el galerista le obsequió unas pinturas. Con ellas empezó a dibujar y a pintar las plazas y mercados que había encontrado a su paso por el viaje.

Unos años después, en 1947, ganó una beca que la Fundación Roncoroni ofrecía a jóvenes que realizaban estudios de pintura. Esto le permitió viajar a París y asistir a las clases de la academia de André Lothe, quien en 1949 la ayudó a realizar su primera exposición en la galería Kléber.

Un año después, José Gómez Sicre, director de la unidad de artes visuales de la Unión Panamericana, contrató a Reyes para realizar en Washington ilustraciones para una serie de cartillas de alfabetización que versaban, entre otras cosas, sobre la importancia de la concienciación sobre el trabajo de la tierra y la vida del general San Martín. Desde que Reyes había llegado a Estados Unidos supo que su estadía allí era transitoria. Su producción, además del encargo que la Unión Panamericana le había hecho, había sido prácticamente nula, y, según confesó en varias ocasiones, Estados Unidos no era un lugar donde quería permanecer mucho tiempo.

A finales de 1950 viajó a México como delegada al Primer Congreso Panamericano de la Unesco. Al regreso le pidió a José Gómez Sicre, que había sido su amigo y confidente, que la ayudara a instalarse en la capital mexicana. Gracias a los buenos oficios de éste, llegó a México a hacer una estadía en el taller de Diego Rivera. En ese momento, Rivera estaba trabajando en el mural para el estadio olímpico de la Ciudad Universitaria. Emma Reyes pasó varios meses trabajando con él y entró en contacto con el círculo de artistas e intelectuales cercanos a Rivera. Se convirtió en una gran entusiasta de la pintura y el imaginario artístico mexicano.

Después de su trabajo como asistente de Rivera pasó a trabajar con Lola Álvarez Bravo, como asistente en su nueva Galería de Arte Contemporáneo. Allí realizó su primera exposición individual, con obras producidas en París y en México. En su último período en México ayudó a montar la famosa exposición de Frida Kahlo en la galería de Álvarez Bravo.

En 1954 se trasladó a Roma, donde continuó sus estudios con Enrico Prampolini, un artista que había pertenecido a la vanguardia futurista en Italia. En ese momento enfrentó una etapa de experimentación y transición en la que se alejó de los dibujos y pinturas de carácter indigenista o de mayor connotación latinoamericana, para explorar la relación entre la figuración y la abstracción o composición geométrica. En una carta a su amigo, el escritor colombiano Antonio Montaña, le dijo en relación con su pintura: “Es verdad que mi pintura son gritos sin corriente de aire. Mis monstruos salen de la mano y son hombres y dioses o animales o mitad de todo. Luis Caballero dice que yo no pinto mis cuadros: que los escribo”.

Gracias a la ayuda de Germán Arciniegas, entonces embajador en Roma, consiguió una estancia de 18 meses en Israel, en Ein Hod, ciudad de los artistas, una residencia artística creada por el artista dadá Marcel Janco. Durante su estadía se dedicó a captar lo que para ella era la identidad de Israel. Para ello retrató sus paisajes y habitantes en una suerte de juego en el que se entremezclaban unos y otros. La técnica acusadamente gráfica, donde las líneas y figuras geométricas sintetizaban la representación de los elementos en el cuadro, servía indistintamente para retratar personas, animales, valles o montañas.

A principios de la década de los 60 se trasladó a Perigueux, en la Dordoña francesa, cerca a las cuevas de Lascaux. Las pinturas rupestres de estas cuevas causaron gran impacto en ella y de ahí surgió la idea de realizar las obras que conformaron su serie Laberintos. Éstas están compuestas por una sucesión de figuras modulares que se repiten generando lo que aparentan ser caminos que se entrelazan y acaban perdiéndose. Esa misma década estuvo marcada por su regreso a Colombia. Viajó en 1961 y 1968 y expuso en los principales museos, galerías y centros de arte de Bogotá, Cali y Medellín, en donde fue recibida con bastante interés por parte de la prensa, pero los críticos del momento, entre ellos Marta Traba, señalaron que el interés por la obra era menor que aquel de las anécdotas de vida.

A partir de los 70 y 80 la producción plástica de Emma Reyes se destacó también por su abigarramiento. Hay en sus obras una suerte de horror vacui que la impulsa a llenar la página, no sólo de formas sino también de color. En los años 70 se dedicó a construir imágenes usando infinidad de líneas yuxtapuestas en paralelos, creando una especie de entramado del que surgen rostros. En 1974 llevó al extremo su trabajo con la línea, con la creación de la obra Historia de la línea. La pieza fue donada en los años ochenta al Museo de Arte Moderno de Bogotá.

En estos años la artista estaría instalada definitivamente en París, donde residiría hasta su retiro en 1989. Ya en los 80, Reyes pintó una enorme variedad de flores, frutas y verduras. Primerísimos primeros planos de todo tipo de vegetales que nos permiten ver pétalos, pistilos y nervaduras. Piezas gigantes de enorme sensualidad y voluptuosidad. Álvaro Medina inserta a Emma Reyes en una tradición colombiana de la desmesura, del realismo mágico, de la exageración plástica.

La última etapa productiva de la artista son los años 90. Desde su retiro en Burdeos junto a su marido, continuó su labor pictórica de manera más calmada, aunque constante. En esta época volvió a los retratos y máscaras que la artista compuso a partir de la superposición de tramas gruesas de diversos colores. Los últimos años, posiblemente animada por la última carta que escribió a Arciniegas contando su salida del convento y para terminar el relato interrumpido por más de dos décadas, Reyes escribió una serie de relatos cortos, algunos autobiográficos y otros inventados, y una serie de sueños que transcribía después de despertar.

Emma Reyes no pudo regresar a Colombia. Desde 1983, cuando fue testigo del terremoto de Popayán, no volvió al país. Hoy la galería Casa Cano inicia con esta exposición la labor de recuperar y dar a conocer el trabajo de esta artista.

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