Trazos que son palabras

Basado en los diarios de Franz Kafka, el artista presenta 367 dibujos producto de uno de sus diarios gráficos.

Perspectiva del pabellón central de la Bienal de Venecia, llamado el Palacio Enciclopédico, donde se aprecia la obra de José Antonio Suárez Londoño con la curaduría de Massimiliano Gioni. / Cortesía - Miguel Suárez
Perspectiva del pabellón central de la Bienal de Venecia, llamado el Palacio Enciclopédico, donde se aprecia la obra de José Antonio Suárez Londoño con la curaduría de Massimiliano Gioni. / Cortesía - Miguel Suárez

José Antonio Suárez Londoño (JASL, como firma) tiene una característica que muchos le adjudicaron a Borges: sabe hablar de sí mismo a través de los otros. No se refiere a su persona con el yo pretencioso, sino con la sutil sugerencia de las palabras ajenas. De ese modo, cita al pintor Édgar Degas para decir que “felizmente no he encontrado mi estilo, ¡cuánto me aburriría si lo hubiera hecho!”. Dice también que ha seguido al pie de la letra el consejo que Jean Auguste Ingres le dio a aquel: “Haga líneas, sea de memoria, sea siguiendo un modelo, pero haga muchas líneas”.

De líneas y curvas y sugerencias oníricas están plenos sus cuadernos, grabados y dibujos. Año a año, Suárez presupone una lista de libros que darán forma a sus diarios gráficos; jornada a jornada, encerrado en su cuarto, alejado de todo cuanto pueda interrumpir su concentración, crea visiones gráficas a partir de lo que ha leído. Son diarios visuales. Imágenes que son palabras. Con la mira puesta en esa obsesión de convertir las ficciones de la palabra en ficciones de la imagen, Suárez ha trabajado por más de treinta años en cerca de 65 cuadernos que recogen la esencia visual de libros de Paul Klee, Patti Smith y Ovidio; finalizados, su destino es su propio archivo y, en ocasiones, las colecciones de centros culturales como el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa), que compró uno de sus cuadernos, 15 dibujos y 200 grabados en 2009.

Por entonces lo convencieron para salir de su encierro —cuenta Héctor Abad en un retrato sobre Suárez— y asistir a Nueva York. Y sin embargo volvió a Medellín, donde dibuja, y continuó, día a día, dibujando en sus diarios. Hasta hoy, que llega a la Bienal de Venecia para presentar Franz Kafka. Diarios II, basado en los cuadernos personales del escritor austríaco. Un diario sobre otro diario. “(Suárez) es agudo —dijo Abad a Cromos el año pasado —, con sentido del humor y bastante desconfiado de la gente, porque la conoce bien. No le interesa ser una vedette, le gusta la vida privada, serena, solitaria y quiere tener derecho a su intimidad”.

Por eso, y porque ha dejado que su trabajo hable más que él, ha sido bautizado con un mote que tiene más de mística que de arte: José Antonio Suárez Londoño es un monje del dibujo.

Nacido en 1955 en Medellín, Suárez Londoño estudió tres años de biología en la Universidad de Antioquia y de allí largó hacia Ginebra, donde estudió en la Escuela Superior de Artes Visuales entre 1978 y 1984. Ya en 1973 había participado en el Salón de Arte Joven en su ciudad natal; en 1986, cuando ya había pasado por las galerías de su terruño, Suárez encontró un espacio en el salón de arte del Museo Nacional. Salvo algunas publicaciones en la Revista de la Universidad de Antioquia y en el Magazín Dominical de El Espectador, Suárez limitó sus trazos a la ilustración de libros y las muestras en galerías y ferias reconocidas de Indonesia, São Paulo, Argentina y España.

Sus obras, que no superan el tamaño de una cuartilla de papel, se resuelven en muchos campos: en ocasiones son meros juegos geométricos que confunden la vista; en otras, viajes oníricos con personajes similares a los de El Bosco; en otras somete al espectador a juegos gráficos inusuales, con figuras inexistentes; de vez en vez, también, sus dibujos son afines a la figura. En cualquier caso, Suárez Londoño ha logrado tocar cierta maestría que también han tenido grandes artistas: Dalí sabía pintar una visión abstracta, lejana del mundo formal, y al mismo tiempo crear un retrato sin traicionar su forma original.

“Cada imagen suya es como una adivinanza —dice el artista plástico Orlando Martínez Vesga en un publicación de Unibiblos—, un acertijo extraño, un juego que nos invita a descubrir sus reglas”. “Suárez es un dibujante impecable —dijo el dibujante y editor Juan Carlos Restrepo a la editorial Tragaluz, en ocasión del lanzamiento de Dibujos con renglones—, un obsesivo poeta gráfico, lector del mundo a una cuarta de distancia, maestro inagotable en cada trazo”. Un poeta gráfico, quizá más allá que un mero agrimensor del mundo que observa. “Para Suárez —dijo The Drawing Center cuando lo presentó en 2012 en la exposición The Yearbooks—, la creatividad está ligada a la sensibilidad, una idea que sus cuadernos llevan a la práctica tanto en su concepto como en su forma física”.

El trabajo en Franz Kafka. Diarios II no difiere de estas pretensiones. Son dibujos que nacen de una palabra o de un pasaje; en cualquier caso, destellos de vida que pasan de la literatura al dibujo, que se convierten en las formas más intrincadas de su propia persona: por eso Suárez no suele vender sus dibujos, porque son parte de su propia empresa interior.

Más allá de su visión gráfica, alimentada por la literatura, el trabajo de Suárez tiene un valor esencial por los medios que usa: en un medio artístico donde predominan la instalación y la abstracción, hacer honor al dibujo —esa vieja esencia de todo arte pictórico— es una empresa valiente e incluso solitaria; ver en él todavía una fuente de misticismo y descubrimiento artístico equivale a poesía. Jaime Jaramillo Escobar decía que la poesía no estaba sólo en los versos, que la poesía es revelación, de modo que nunca morirá porque posee muchas caras. Quizá Suárez, además de honrar el dibujo, también honra la poesía. La poesía detrás de un trazo en el papel.

 

[email protected]

@acayaqui

Temas relacionados

 

últimas noticias

Lorca vuelve a ser un autor contemporáneo

Surrealismo neoestalinista