Las últimas palabras

La más reciente novela traducida del escritor portugués valter hugo mãe es un revelador viaje a la vejez.

valter hugo mãe, escritor portugués, autor de libros como ‘el apocalipsis de los trabajadores’. / Cortesía
valter hugo mãe, escritor portugués, autor de libros como ‘el apocalipsis de los trabajadores’. / Cortesía

Todo comienza en un hospital. Una mujer muere. Un anciano vive.

Un hombre se pudre en los confines de la tercera edad, un tiempo que le es dado vivir en una casa llamada “La edad feliz”. Allí pasa la nostalgia de la pérdida en medio de una furia de bestia herida. En las horas más duras de la noche carga contra todos y al final de la vigilia dibuja con susurros el perfil de su tristeza: casi medio siglo al lado de Laura, la esposa que ya no está.

La vida más allá de toda esperanza. La vida rodeada de paredes blancas, médicos, enfermeras, sedantes y una lástima tan artificial como humana. Palmadas en la espalda y palabras, todas llenas de una bondad profesional. El desconsuelo como el único estado posible del alma.

“si aquella enfermera pudiera acabar con aquella sonrisa, por lo menos acabar con aquella sonrisa, sería más fácil para mí comprender que mis sentimientos valían algo y que sufrir por laura no procedía de una lejanía alienígena, no era una estupidez”.

Encerrado en el monólogo, el señor Silva le da forma a otro universo en una costa que se revela vasta e indómita, una orilla de la vida en la que abundan las carencias y las fallas; un tiempo que se debe consumir hablando y perdiendo, hasta que no quede más que una cama vacía, algunas lágrimas y el olvido.

Silva no busca. Aguanta. La espera transcurre mirando por el retrovisor. Y en esa mirada se ve él con Laura y Portugal con Laura y Portugal con Salazar vestido de dictador; cuando la cámara para de moverse, queda sólo Silva y esa visita al pasado es el retrato de un viejo, de todos los viejos, quizá.

Pero no hay nada de la luz al final del túnel, ni las fórmulas fáciles para acabar sin decir cómo termina todo. La luz al final del túnel en la historia de Silva son las ventanas abiertas en las mañanas y la cena de todos los días y el patio de viejos charladores que terminaron por entender que han perdido todo menos ellos mismos y esa es la mayor tragedia de la vida, seguir después de que la música ha parado.

La primera persona de Silva está cargada de una lucidez frágil, una conciencia que enmudece y comienza a ser desconfiable si lo que se busca es verdad; pero la vejez parece estar desprovista de absolutos y, liberada de este peso, la voz del hombre que ha perdido a su esposa se permite el destrozo, el humor, la bondad y la resignación, que no es otra cosa que algo muy parecido a la felicidad una vez se ha llegado al final de todas las cosas.

“y aprendí, el día en que perdimos a nuestro primer hijo, que estábamos solos en el mundo. tirados en el fondo de una habitación sin ninguna ayuda. (…) no fue culpa del cura, ni de la iglesia, ni de dios, fue sólo la triste casualidad de ser miserables en un país de miserables que no esperaba de nosotros más que el brío y el sacrificio mudo. habíamos sacrificado a nuestro primer hijo, y salido con dos monedas en el bolsillo que pagarían cuatro o cinco sopas y nos dejarían para el resto del mes a la deriva de la suerte. los otros comenzaron a santiguarse y a rezar y me sentaron en una silla donde me dieron el crucifijo que teníamos sobre la cómoda, y esperaron a que dios, o peter pan, entrase en mi vida con explicaciones perfectas sobre lo que había pasado. esperaron a que la vida aún se valorase, hecha de dolor y aprendizaje, hecha de dolor y esperanza, hecha de dolor y coraje, hecha de dolor y ciudadanía, hecha de dolor y futuro, hecha de dolor y dios y salazar”.

“La edad feliz”, la última residencia para muchos, reúne la posibilidad de continuar, aunque resiste eficazmente la tentación de presentarse como nuevo comienzo, como salida. Hay otros viejos, algunos que se quejan por las noches en un silencio lleno de muecas; otros aparecen vitales, conversadores. Hay un personaje de Fernando Pessoa que le otorga al lugar una fantasía tangible, hinchas moribundos del Benfica y, entre tantos años juntos, la memoria colectiva de los días de la dictadura en Portugal.

Hay nuevos amigos e incluso lapsos de abandono ante lo bueno que hay en los otros. Pero el pequeño universo que habita “La edad feliz” no es redención; Silva no va a este lugar para ser perdonado, o perdonar, y salir al otro lado de la historia investido con el manto bienhechor de la posibilidad. No es moraleja ni tranquila aceptación del hastío. Es un colapso real y conmovedor, como quien tritura un puñado de hojas secas y es testigo del quiebre de la materia hasta ser polvo.

“miré hacia la figura de la virgen de fátima y hablé mudo, me das pena, puesta enfrente de los tristes en los lugares más tristes de todos y ahora vienes a asistirme, yo que nada tengo para enseñarte que valga el empeño con que mantienes incesantemente esos ojos azules abiertos, esas manos alzadas al aire. quizá debiera despedazar aquella estatuilla. liberarla de la obligación de estar allí con solemnidades que, sin duda, cansarían al mejor de los espíritus. tal vez debiese recordarles que no soy un hombre religioso y que la pérdida no me hizo creer en fantasías”.

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