Umberto Eco, el detective de los signos

Falleció anoche el escritor italiano, autor, entre otras obras, de “Apocalípticos e integrados”, “El nombre de la rosa” y “El péndulo de Foucault”.

Umberto Eco escribió su primera novela, “El nombre de la rosa”, a los 48 años de edad. / AFP

Escribió para vivir, aunque supiera que casi todo era mentira, y que el hombre no era más que una bolsa de piel repleta de cosas repulsivas, como decía en El nombre de la rosa. Escribía en el campo, en la cama, en el baño, en la sala de la casa con sus más de 30.000 volúmenes prolijamente guardados en altos y profundos estantes, en los parques y en los cafés y los restaurantes. Escribió sin horarios porque, decía, era italiano, puro italiano, italiano sin orden ni método, italiano nacido en Alessandria, en tiempos de entreguerras. De niño quería ser conductor de tranvías para tener un maletín lleno de billetes, como los que tenían los conductores de tranvías. Luego quiso ser militar, porque a los diez años empezó a vivir la militarización de la Italia de Mussolini y lo atraían los uniformes y los sables y las armas. Más tarde dijo que quería ser periodista, y muchos, muchos años después, un año antes de morir, publicó una novela, Número cero, que contaba la historia de un periódico que sólo hacía números cero y publicaba noticias que jamás leían los lectores.

“Describo un periódico asqueroso —le confesó a Xavi Ayen, de la revista Caras, un año atrás—, que juega con la información no para publicarla, sino para especular. Por lo general, los periódicos no son así. Pero ilustres periodistas italianos como Scalfari me han dicho: ‘Umberto, señalas algunos de nuestros problemas más graves, las taras del periodismo de hoy’. Roberto Saviano, tal vez exagerando, ha dicho que es un manual de periodismo. ¿Qué denuncio yo? Si un periódico entrevista al presidente, el poder de influencia de esa entrevista debería ser sobre el público, no sobre las altas esferas, que es lo que está sucediendo. Se hace periodismo para las élites”.

En Número cero, Eco clavó sus cuchillos en las entrañas del periodismo y de los periodistas, y explicó después sus puñaladas con pequeñas anécdotas y con su implacable sentido del humor. “Los periodistas activan la máquina del fango y no es necesario lanzar acusaciones muy graves, de asesinato, robo. Si no tienes eso, y quieres desacreditar a alguien, basta una sombra de sospecha sobre el comportamiento cotidiano”. Relataba entonces la historia de un juez italiano, al que hundieron publicando una nota sobre sus rutinarios paseos a un parque. Sin decirlo, los periodistas dieron a entender que en los parques la gente fumaba marihuana, y que a los parques iban los sociópatas, y que en los parques no se trabajaba. “Pusieron énfasis en sus calcetines ridículos de colores”. El juez cayó.

Un año antes, Eco había escrito que “un periodista especialmente perezoso puede visitar un sitio web al azar, elegir una teoría bien establecida y utilizarla como base para un artículo en profundidad con un titular que comience así: ‘Sensacional descubrimiento histórico’. El periodista podría vender esa historia con la serena convicción de que la información es tan obsoleta que puede ser desempolvada sin temor a que alguno de los lectores proteste. Imagínense un titular a ocho columnas: ‘Estudiosos descubren que César fue asesinado en los idus de marzo’, y el editor alabando al periodista: ‘Ahora bien, ¡esto es lo que yo llamo adelantarse con la noticia!’”.

La mentira del hombre y el hombre hecho mentira. Umberto Eco se fue desilusionando de todo y casi de todos según fueron pasando los años, y según él fue viviendo su vida. Se decepcionó de la semiótica, por ejemplo, su gran amor, hasta el punto de que lo llamaban semiótico. “La semiótica es muy útil, yo la llamé la teoría de la mentira porque hay unos signos que se ocupan de algo que me permite decir lo que hay, pero, aún más, hay otros que me permiten decir lo que no hay y nunca ha estado. La semiótica es todo aquello que se utiliza para decir mentiras”.

Se desilusionó de los eruditos, a los que llamó perdedores por sus especializaciones. Se decepcionó de los académicos y sus reglas, y de algunos conocidos que, por vender, eran capaces de malograr lo bueno que habían hecho. Se decepcionó de la nueva ola de cómics, más inentendibles que los libros medievales de su biblioteca, y del amor, e incluso de sus enemigos. Y para no caer en más decepciones, dejó sus manuscritos en un baúl, para que quedaran como un legado de sus verdades, y para reírse de que algún día, cuando él muriera, sus alumnos tuvieran que hacerse cargo de ellos.

617654

2016-02-19T20:42:25-05:00

article

2016-02-19T22:22:15-05:00

none

Fernando Araújo Vélez

Cultura

Umberto Eco, el detective de los signos

39

4557

4596

 

¿Existió alguna vez el Nadaísmo?

Literatura, a pesar de todo