Umberto Eco y la “Número cero”

Crítica al último libro del escritor y filósofo italiano, muy bien lograda parodia de periodismo y política.

Umberto Eco se hizo mundialmente conocido con la novela histórica “El nombre de la rosa” (1980). / EFE
Umberto Eco, el escritor que tiene una biblioteca de 35.000 volúmenes, utilizó el género novelístico con perfiles policíacos para exponer con una prosa sencilla y agradable una honda reflexión sobre el periodismo contemporáneo. Y, aunque él la tildó como de “temas rápidos”, parece que todo le salió bien. Eco nos ha dado un libro irónico, satírico, denunciador, aleccionador y cínico. La novela se llama Número cero, el cero que, según nos enseñaron, es ausencia de cantidad o conjunto vacío; aquí, por el contrario, es información dura y en cantidades. Como número secreto y quizá amenazador.
 
La novela Número cero, que empieza en 1992, es narrada por Colonna, un antiguo traductor de alemán y segundo de a bordo, y puede ser parodia, lección periodística, sátira o humor sutil. Funciona con cualquiera de estas opciones. Las sesiones de la sala de redacción, de un periódico que nunca llega a publicarse, es un muestreo de astucias y de recursos periodísticos discutibles, pues la dirección del órgano, a cargo de Simei, participa de la idea de que la noticia no hace al periódico, sino al contrario: es el periódico el que hace la noticia. Es decir, puede crearla, distorsionarla, manipularla.
 
En medio del análisis de la condición humana, ráfagas de sátiras y datos históricos, inserto todo en una estructura elaborada con una especie de notas cronológicas no continuas y atizadas por buenos diálogos y recursos documentales, inclusive televisivos, Número cero se entrega generosa a cualquier lector rectilíneo. Desconcierta un poco que la traducción sea al español de España, que, como se sabe, es ínfimo si se compara con la inmensa masa hispanoparlante. Construcciones como “… con tal que no me tumbe a hostias”, “un tío que me tire los tejos”, “se me cargaron siempre en las oposiciones”, o “no tengo blanca” no son de fácil comprensión para por lo menos quinientos millones de hablantes de la lengua española.
 
El dueño de ese experimento es un multimillonario conocido como el Comendattore Vimercate, plutócrata que aspira entrar al mundo de las comunicaciones y las finanzas para aumentar su poder de amedrentamiento, y que algunos comentaristas han asimilado al nombre de Silvio Berlusconi. Eco en forma audaz utiliza esta novela para plantear, sin favoritismos, una crítica a la prensa contemporánea, con un lenguaje ágil y convincente, y hay que abonarle que sale bien librado. Un panfleto de denuncia o una conferencia no hubieran tenido la misma eficacia que esta novela, que se deja leer con interés, tensión, gracia y un señuelo de misterio.
 
En esas reuniones internas de Domani, que es el nombre del periódico que no es periódico, se refresca la idea de cómo se inventa un reportaje, cómo se fraguan los temas y cómo se desmienten los desmentidos, entre otras artimañas. Y los seis periodistas que tiene este órgano en penumbra, encabezado por el veterano Colonna, hacen su práctica y traen los ejemplos como si fuera una lección estudiantil frente a un maestro riguroso. Cada periodista somete a juicio de Simei y de los otros las ideas que le han surgido, las investigaciones que ha hecho y los reportajes que podría escribir. Casi todas las propuestas son negadas o desmanteladas y algunos de los redactores quedan golpeados por la capacidad destructiva del flamante director. El mismo que afirmaba de manera rotunda: “Los acontecimientos culturales hay que referirlos en forma de entrevista”.
 
Entre los muchos temas a investigar surge, por ejemplo, el de un espacio que sospechosamente está instalado, no para venderle al público, sino para limpiar dinero de la mafia. Casi siempre pasa solo, pero no cierra sus puertas y resiste el fiasco económico. Y allí Eco nos da una lección de cómo se puede vender una sola taza de café en el día, pero se pueden elaborar cien facturas como venta ficticia y hacer que ese dinero supuestamente recibido llegue a los bancos como entradas legales del negocio.
 
Número cero es un libro que arranca la sonrisa y se mete a la crítica histórica utilizando el periodismo, e indaga no sólo en el hecho social sino que profundiza en la profesión de periodista, en los mecanismos que maneja y en la ética que practica. Para corroborarlo, en su texto están las denuncias judiciales, las tergiversaciones históricas, los acomodamientos noticiosos, la liviandad de los horóscopos, los intereses creados, la idea persistente de que lo que hipotéticamente se publique no perjudique al Comendattore, gran dueño y señor de todo el juego, ubicado en la distancia y en la sombra. Entendiendo en forma clara que el Domani no es para intelectuales sino para lectores de periódicos, “como mucho, dice Simei, de la Gazzetta Della Sport”.
 
En la novela, digámoslo así, se desparraman todos los laberintos del oficio. Todo el visceraje queda expuesto a la vista. Investigación crítica, muestra de las ambiciones y debilidades humanas, encarnadas especialmente en Simei, Braggadocio, Maia, el soplón Lucidi y Colonna, hombre maduro que a la entrada del libro se declara distante de las mujeres y jefe de redacción de un periódico que nunca llega a publicarse. Los diálogos entre estos personajes, cada quien signado por su desgracia, son refrescantes, tienen fondo, sarcasmo y poseen un acentuado sentido humano. Valga recordar la disertación sobre los lugares comunes en la redacción periodística. Eco incluye con burla a medio camino una deliciosa lista, aplicable en cualquier parte: “no bajemos la guardia”, “yerba mala nunca muere”, “hay que encarrilar al país”, “desenterrar el hacha de la guerra”, “el índice de audiencia se ha desplomado”, “tranquilizar a los mercados”, “ha empezado la operación retorno”, “lanzar una señal clara”, “bajo la lupa de los investigadores”, “echar un jarro de agua fría”, “no satanizar al adversario”, y siga usted imaginando.
 
Hacer un periódico que nunca se publica, tomando inclusive prestada la publicidad, es un ejercicio que no todo el mundo soporta. Claro, te pagan, pero más allá del sueldo está el resultado del trabajo, el producto, que en nuestro caso nunca se ve. Hay una especie de alienación invisible. Esto, por ejemplo, destroza a Maia, que pensaba iba a ingresar a un órgano respetable y resulta destrozada por esa experiencia. Esa atmósfera se ensancha cuando sabemos que cada uno de los seis periodistas, que procedían de medios livianos, tenía esperanzas en Domani, pues todos venían de la frustración o del fracaso. Y por eso soportan y asimilan las exigencias de Simei. Ya saben o recuerdan que hay que tener fuentes en todos los ámbitos, incluidos los no legales, para que la información fluya abundante y a tiempo. Así, por un lado, se impacta al público; y por el otro, se adelantan a la competencia.
 
El gran caso es el de la muerte de Mussolini y sus connotaciones políticas, investigado o imaginado por el periodista Braggadocio, y se centra en el asunto del doble. No es demasiado original, pero parece que sí se ha dado en la historia. Como muchos dictadores o sátrapas, Benito Mussolini también tenía un doble, y a ese es el que detienen los partisanos, lo ocultan, lo suben y lo bajan y lo llevan a distintos pueblos. Al final el coronel Valerio recibe la orden de fusilarlo de inmediato, pues el Frente de Liberación, entre ellos Luigi Longo, que después sería secretario general del partido comunista italiano, teme que los aliados, específicamente los EE.UU., que ya habían entrado al país, lo tomen bajo su custodia, le hagan un juicio legal que lo deje vivo y en prisión, le saquen toda la información posible, y que luego, al pasar de los años y ya libre, Mussolini se convierta en un estorbo permanente para la democracia italiana. El Duce, o su doble, es fusilado, junto con la amorosa Claretta Petacci, el 28 de abril de 1945; luego es pateado, ultrajado e inclusive orinado por una mujer en venganza por los cinco hijos que le habían asesinado por orden del dictador.
 
La novela, que tiene una clara posibilidad cinematográfica, también narra en el tercio final la relación amorosa que desarrollan el veterano periodista Colonna y su joven colega Maia, y esto que puede parecer en él un gesto de debilidad le otorga fortaleza y le concede la renovación de la esperanza, pese a que había transitado las trochas más espinosas. Como las que se dan en las sugerencias de ética espuria que se presentan, especialmente por parte de Simei, cuando se reúne la sala de redacción. Para satisfacer la curiosidad basta con un ejemplo que es muy conocido en estos lares: “Tengan en cuenta que hoy en día para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador”.
 
El que la historia ha llamado el golpe Borghese se planificó desde 1969 y estaba encaminado a restablecer a Mussolini en el poder, porque, según Braggadocio, el que había muerto era el doble, y el verdadero Duce, por la protección que le brindó el papado, vivía oculto en Argentina. Pero quién era el tal Borghese. La novela lo dice: el nombre del jefe complotado era Junio Valerio Borghese, conocido como el “príncipe negro”, fascista de tiempo completo, admirador rendido del dictador de la cabeza rapada.
 
La investigación de la muerte de Mussolini, adelantada con empeño e imaginación por Braggadocio, el hombre que olfateaba conspiraciones en todas partes, se ramificó y estableció vínculos con los que organizaron el golpe de Estado de Borghese, la protección que el Vaticano le dio al dictador, el lavado de dinero en los bancos de la Iglesia, la logia P2, la muerte de Aldo Moro, el sospechoso fallecimiento de Juan Pablo I y los atentados terroristas que la derecha (Red Gladio) hacía en las diversas ciudades, plazas y trenes de Italia para que le fueran adjudicados a la izquierda. Todo este entramado tenía relación con la CIA estadounidense, el SIM italiano, el stay-behind, la dictadura argentina y la masonería, entre otras entidades, y con personajes siniestros como Licio Gelli, monseñor Marcinkus, el general Miceli, Roberto Calvi, Vicenzo Vinciguerra, Michele Sindona y Leccisi, el fanático que robó en una noche de abril de 1946 el cuerpo del Duce y se lo llevó derramando en el camino todas las sustancias pútridas que el cadáver destilaba.
 
El humor, a veces con dureza grotesca, aparece en muchas de las páginas de Número cero. Los ejemplos pueden encontrarse con frecuencia, desde las cartas de mujeres y hombres en busca de pretendientes que con lenguaje sardónico inventa Maia para presentarlas en sala de redacción, hasta el juego de ping pong que realizan con pedazos de hígado y de pulmones algunos enfermeros del hospital donde, según la versión de Braggadocio, le hacían la autopsia al supuesto Duce.
 
Braggadocio sabía demasiado, había investigado y mezclado varios temas, todos peligrosos para el poder, y cuando estaba próximo a concluir o a publicar sus pesquisas fue acuchillado por la espalda. Sus investigaciones: la falsa muerte de Mussolini, el complot Borghese, los dineros sucios del Banco Vaticano, los atentados que organizaba la derecha, habían tocado callos sensibles, y la única opción que usa el terror es el silencio del investigador o denunciante. Con toda la controversia que acarreaba su comportamiento, debe aceptarse que Braggadocio estaba solo con todos los conocimientos que había encontrado, como si fuera un enorme fardo el que llevara a cuestas. Era ese periodista íngrimo que está condenado a perecer o a fracasar con estruendo cuando se enfrenta a poderes criminales y sombríos que se creen intocables. Esa es, quizá, la terrible lección que se desprende de esta valiosísima novela.
 
Pero aceptemos que hay cierta luz al final del laberinto cuando, frente a tanta corrupción y tanta mentira que se pasean por los cánones y veredas oficiales, al final Colonna, revisando su negativa relación con las mujeres, se va a esconder y a vivir con Maia, ambos enamorados, por temor de que los poderes secretos procedan a su asesinato creyendo que él sabe algo de lo que había investigado Braggadocio. Esa relación que se construye es la realidad que se enfrenta a lo que sólo parece ser un acumulado de desgracias. Esa era una prueba más para Colonna y para Maia, no en un apócrifo periódico, sino en la vida misma.
 
 
* Catedrático de la universidad de Córdoba y coordinador de El Túnel, de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al alemán, el francés, el eslovaco y el inglés.

 

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