Más allá de la ficción

Un 24 de agosto

En “Agosto”, el escritor brasileño Rubem Fonseca construye descarnadamente los sortilegios que hubo en el agónico y último gobierno de Getúlio Vargas, el personaje con que se compara al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Rubem Fonseca nació el 11 de mayo de 1925, en Juiz de Fora, Minas Gerais, Brasil. / AP

“Todos los de esta mesa somos unos hijos de puta corruptos. Todos los de este país”, afirma con vehemencia el senador Vitor Freitas en alguna escena de Agosto.

Pues bien: no es difícil suponer que esa es la sensación que pulula por estos días en el pueblo brasileño. El expresidente más simpático de los últimos tiempos (87 % de popularidad después de dejar el gobierno) fue condenado a nueve años de prisión por corrupción y lavado de dinero. Pero antes de eso su sucesora, Dilma Rousseff, fue destituida de la presidencia por el senado de Brasil (finalizando así 13 años de hegemonía del Partido de los Trabajadores) por violar las normas fiscales (maquillar cuentas públicas). Y de quien hoy lleva las riendas del país, Michel Temer, también hay dudas, pues es acusado de presunta… corrupción, por recibir un soborno de US$152.000.

Los análisis políticos que se puedan desprender de esto se los dejamos a otras páginas. Baste, no obstante, con decir que lo que sucede en Brasil es un compendio del sentir de muchos ciudadanos en el mundo, y con un sentido especial en Latinoamérica.

Perogrullada es que todas las naciones tienen una historia por escudriñar; la oficial esconde eso que no les conviene a los de arriba. La de Brasil me parece una de las más interesantes. Los que hemos leído a Jorge Amado sabemos que es un pueblo con radicales vaivenes; y especial mención merece ese retrato que hizo Vargas Llosa en la guerra desatada por el mesiánico Antonio Conselheiro y sus adeptos en Canudos.

La que aquí me propongo revisar es la de Rubem Fonseca, escritor polémico y de conveniente lectura por estos días de agitación política. Agosto (1991) es una de esas novelas que con genuino carácter saben reconstruir las circunstancias que llevaron a que el presidente Getúlio Vargas decidiera acabar con su vida.

Las 428 páginas de la que está compuesta se dejan leer raudamente. Desde el comienzo, la narración atrapa. La fluidez en la estructura narrativa; lo sencillos, claros y verosímiles que son los diálogos (un recurso difícil); las acertadas y lacónicas descripciones (tan rulfianas); esos elementos en conjunto dan cuenta de un entramado complejo, lo que demuestra el oficio y el ingenio de su autor.

Con la zozobra permanente y el pulso acelerado de la novela negra, me atrevería a decir que en Agosto hay un personaje principal, el comisario Mattos, y una serie de protagonistas: las aristas que circundan una serie de hechos: el asesinato del empresario Paulo Gomes Aguiar, el atentado al líder opositor Carlos Lacerda, la conspiración de las fuerzas militares por llevar a cabo un golpe militar, la corrupción y el intercambio de intereses de los senadores. El pueblo, aislado (con racionamientos de agua), víctima de todo ello.

Lo interesante es que la motivación por reconstruir el suicidio de quien fuera cuatro veces presidente, Vargas, no se hace a través de él, sino de su entorno: de su jefe de guardia personal, Gregório Fortunato; de las tetras de los alevosos senadores, Freitas, Lomagno; del diputado Magalhães; del comisario que se propone encontrar al asesino del empresario Gomes, Mattos.

Todo esto imbricado entre aspectos reales y otros ficticios (real: el atentado al opositor Lacerda; ficticio: la muerte del empresario Gomes Aguiar), así que ojo, huelga recordar que no se trata de la versión de la historia, sino de una versión. La novelizada. La controversial. La que suscita este texto.

Lo cual nos lleva a resaltar la forma en que los hechos se dilucidan, pues hay una serie de crímenes que fijan lo corrompidos que son los personajes que representan los estamentos públicos.

Me exonero los detalles para no arruinar la lectura de quien no conozca el libro, pero ello no es obstáculo para decir que, así como hay un mensaje eficaz sobre la suciedad de la clase política, también se encuentra presente una contraparte a esto.

Se trata del comisario Mattos, limpio, obstinado, gallardo y romántico, quien es el único que no se ha dejado sobornar por los bicheiros (la mafia de los casinos) y tiene un verdadero interés por llegar a la verdad de los hechos.

Mattos, por lo demás, padece una úlcera gástrica que lo mantiene indispuesto la mayoría del tiempo, y un conflicto amoroso entre dos mujeres. Sin duda, es el otro mártir de la historia. Hay quienes sostienen que se trata de un álter ego de Fonseca (como tantos otros personajes de su obra, siendo el más célebre Mandrake), pues, al igual que Mattos, el autor fue abogado especializado en derecho penal, lo que lo llevó a ser miembro de la Academia de Policía de Río de Janeiro (1949), donde fue ascendido a comisario (precisamente en tiempos getulistas).

Esto, dicho sea de paso, permite asociar su interés por hacer retratos (bien sea en cuentos o novelas) de la clase marginada, y en ella del caos que rodea a Brasil.

En 24 días de ese mes (24 capítulos, cierto), Rubem Fonseca construye descarnadamente —como tanto en su obra— los sortilegios que hubo en el agónico y último gobierno de Vargas. Los actores que estuvieron conspirando para que ello ocurriera. La abulia social de los representantes políticos y su proterva red de intereses. La corrupción en su paroxismo. La pobreza, la desigualdad, la desesperanza de un pueblo que hoy está agitado, porque como Lula, Vargas debía su popularidad a las clases baja y media.

Una obra que hace honor a lo dicho por su personaje Gustavo Flavio (en Bufo & Spallanzani): “El escritor debe ser esencialmente un subversivo (…) El escritor tiene que ser escéptico. Tiene que estar contra la moral y las buenas costumbres”.

Y es que eso es Fonseca.