In memóriam

Un adiós a Jorge Alberto Naranjo Mesa

Puedo decir poco en el espacio de una columna; ha sido una vida dedicada al conocimiento, la investigación y la escritura. Sus campos de trabajo son literalmente innumerables, su curiosidad ha recorrido los senderos de las letras, las artes, las ciencias y su historia.

El escritor y profesor Jorge Alberto Naranjo Mesa, fallecido la semana pasada, durante una de sus tantas conferencias. Cortesía

La epistemología y la filosofía ha estado siempre como referencia y espacio de sus preguntas. Sus trabajos sobre la literatura antioqueña temprana hunden sus raíces en el reconocimiento del español como una de las primeras lenguas indoeuropeas que tuvo literatura en el sentido de cantares y tradición sólida.

La mayoría de sus trabajos han sido resultado de una curiosidad minuciosa que lo ha llevó a pasar de las ciencias humanas a la física y especialmente la hidráulica dentro de la Universidad Nacional de Medellín que lo albergó durante sus últimos años. Precoz en la labor de autodidacta ha tenido en la autonomía radical su arma de combate que lo ha curado de modas intelectuales, conventillos y sectas; eso también ha tenido un costo y un premio pues no han sido los cartones y los títulos su escudo para el reconocimiento sino que ha sido su labor y excepcional productividad lo que ha terminado por vencer toda resistencia al reconocimiento.

Naranjo ha hecho un esfuerzo muy significativo en cada uno de los temas; la literatura antioqueña desde el siglo XIX, los cuatro volúmenes antológicos sobre el tema y la edición de las obras completas de Carrasquilla son imprescindibles; la física y en particular la hidráulica y la mecánica clásica le han ocupado lúcidas horas de docencia que han estado acompañadas de registro minucioso de la argumentación conceptual y el prolijo manejo del lenguaje matemático, pero estos dos frentes no han excluido el ejercicio de la experimentación que ha sido estimulante para sus alumnos que seguramente recuerdan con admiración la reconstrucción de los trabajos experimentales de Galileo, con ellos enfrentó a los historiadores, epistemólogos y filósofos de la ciencia que siguen insistiendo en los experimentos mentales y en el juego de los conceptos, rupturas y continuidades; esta reconstrucción que hizo repite la fascinación de los grandes científicos en el juego donde los instrumentos y los sentidos entran en acción con el intelecto para depurarlo y ponerlo a prueba. 

Hablando con Naranjo uno se encuentra con lo que los constructivistas contemporáneos han redescubierto como el agua tibia: el conocimiento empieza con la emoción y la curiosidad que un Manuel Uribe Ángel o un Joaquín Antonio Uribe fueron capaces de ver en la maravilla de un insecto que pasa desapercibido para los demás.

Prodigios que me ha sido dado ver en la vida, ver crecer obras como la de J.M. Roca o la de Pablo Montoya, deslumbrante panorama el que me ha sido permitido al conocer a Naranjo y ver su crecimiento que se ha desplegado por esos variados campos; solamente enumerar los temas, hacer la bibliografía de sus trabajos publicados ameritaría una investigación de cuidado; reseñar los contenidos de sus manuscritos impecables y de excelso aparato matemático requeriría la conjunción de varios especialistas en cosmología, mecánica clásica, física teórica y experimental, la hidráulica, en fin. Él siempre se ha movido en esos frentes con una sólida habilidad matemática y una sensibilidad al juego de los cuerpos y la materia en su deslumbrante ser. 

Mención aparte requiere su trabajo sobre el arte, la estética, la literatura universal; sus escritos sobre Kafka, Nietzsche o Deleuze y sus conocimientos que expone con una memoria proustiana son ya el signo de que estamos frente a un intelecto excepcional que en vida merece el reconocimiento como maestro del saber y creador indeleble de cultura de alta calidad. Lo recuerdo porque también está en curso un homenaje que Colombia y Antioquia le debe la ingeniería que se gestó en estas tierras desde Francisco José de Caldas hasta el presente y el epicentro fue la Escuela de Minas, que alguna vez fue parte de la Universidad de Antioquia y ahora lo es de la Universidad Nacional sede Medellín; esa escuela de ingenieros cumplirá este año 130 de labor con valores decisivos.

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