Un artista con sello de maestro

Con una publicación de gran formato en 288 páginas se rinde homenaje a la vida y obra del maestro antioqueño Francisco Antonio Cano, fallecido hace casi 80 años.

Autorretrato de Francisco Antonio Cano en técnica de lápiz sobre papel. /Tomado del libro de Ediciones Gamma

En la historia del arte colombiano existe una obra trascendente. La del maestro Francisco Antonio Cano, que entre finales del siglo XIX y principios del XX dejó un legado de extraordinario valor. Sus dibujos, pinturas, grabados y esculturas constituyen además un patrimonio cultural de Antioquia. Pocos como él dejaron una memoria artística de su gente, sus líderes, sus costumbres, sus paisajes. Tan sólo en el Museo de Antioquia se conservan hoy 188 obras de este talentoso personaje que con admirable disciplina llegó a dominar las más variadas técnicas, aplicando un principio: ser discípulo de sí mismo.

Hace algunas semanas, el Museo Nacional realizó una retrospectiva del maestro antioqueño. Ahora aparece una publicación de gran formato que reproduce lo más selecto de su trabajo artístico. Un merecido homenaje a quien logró la evolución del artesano en artista y que, además, a través de su cotidianidad también dedicada a la enseñanza, demostró que su vida fue “un continuo peregrinar tras la belleza”. Una edición de lujo con textos y curaduría del investigador Santiago Londoño Vélez, la presentación del académico Juan Luis Mejía Arango y la dirección editorial de Carolina Zuluaga Perna.

Los cuadros más importantes en la historia del arte antioqueño pasan por el maestro Francisco Antonio Cano. El retrato del poeta Epifanio Mejía en técnica de xilografía, el de Manuel Uribe Ángel en fotograbado y buril, el singular personaje Cosiaca en óleo sobre tela, La niña de las rosas en la misma técnica, el significativo Horizontes, que refleja la pujanza de un pueblo indomable. Las imágenes de Pedro Justo Berrío, Marceliano Vélez, Efe Gómez o el general Braulio Henao, las esculturas en mármol o bronce de Atanasio Girardot, Rafael Uribe Uribe, Carlos E. Restrepo o Fidel Cano.

Nacido en una vereda de Yarumal en noviembre de 1865, hijo mayor de un artesano, autodidacta por destino, desde su infancia Francisco Antonio Cano aprendió a trabajar con greda, yeso, cera y madera. A los 14 años trató en vano de conseguir una beca de estudios en Bogotá, pero la pobreza y las guerras aplazaron su sueño. Entonces se radicó en Medellín a partir de 1885, donde recibió el apoyo del pionero del grabado y la fotografía Melitón Rodríguez. Él y sus hijos fueron su familia. En 1892, cuando se realizó la primera exposición de arte en Medellín, los trabajos de Cano demostraron su excelsa condición.

Sus pinturas de paisajes de Antioquia le abrieron el camino en Bogotá, a donde viajó para retratar a los expresidentes Rafael Núñez y Carlos Holguín. Sus amigos le consiguieron una beca para estudiar en Europa y en academias privadas de París perfeccionó sus técnicas. No obstante, en 1901, ya con familia a bordo, retornó a Medellín, donde tuvo que oficiar como arquitecto, cerrajero, pintor, profesor de arte y fabricante de lápidas, pero también participó en la creación de la revista Lectura y Arte, dejó ver sus primeras esculturas y años después vio materializar el ideal de una escuela de bellas artes.

En 1912, a sus 47 años, gracias a su amigo Carlos E. Restrepo, en ese momento presidente de Colombia, se estableció en Bogotá. Desde ese tiempo hasta su muerte, acaecida en mayo de 1935, no descansó en su trabajo educativo y artístico. No sólo como rector de la Escuela de Bellas Artes o miembro de número de la Academia Colombiana de Bellas Artes, sino como autor de obras de reconocimiento nacional, como la escultura de Rafael Núñez en bronce que hoy se levanta en el patio sur del Capitolio Nacional o El paso del ejército libertado por el páramo de Pisba, en óleo sobre tela, hoy en la Quinta de Bolívar.

El próximo año se conmemora el 80º aniversario del fallecimiento del maestro Francisco Antonio Cano, y volver a admirar sus retratos, paisajes y bodegones de flores constituye el mejor homenaje a su vida y su obra. Por eso el libro editado como reconocimiento a su recorrido artístico es también una oportunidad de reencontrarse con su dominio de la luz, sus estudios sobre la figura humana, sus paisajes que desbordaron los marcos del costumbrismo tradicional o sus personajes históricos que enfatizan la faceta humana de quienes, como él, trasegaron una época dejando memoria de su paso por Colombia.

 

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