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hace 32 mins

Un artista transgresor

Aníbal Tobón es uno de los personajes culturales más reconocidos en Barranquilla. Cuenta su historia y sus anécdotas dentro de El Sindicato.

Aníbal Tobón es recordado por su participación en el grupo artístico El Sindicato durante los años 70. / Cortesía Universidad del Norte

En Barranquilla, Aníbal Tobón Bermúdez es un personaje. “El artista por excelencia” lo llaman. Ha hecho de todo. Un poco allí, un poco allá. Ha sido poeta, dramaturgo, actor, director, titiritero y artista. Nunca se graduó de nada y se siente orgulloso de ello. Aprende lo que necesita aprender y luego se va, regresa, de donde sea, a donde sea, y sigue aprendiendo. Cuenta que empezó a hacer teatro desde el colegio, porque le gustaba, “por embustero”. Que luego, en bachillerato, hizo teatro guerrilla, teatro político, con un grupo de compañeros y que, más adelante, fue el director del Teatro Estudio de la Universidad del Atlántico. Hacía teatro político “porque esos años eran políticos”, afirma. Pero no comienza a contar su vida desde ahí. Ese no es su orden de las cosas.

Primero se define: “Soy una persona a quien las cosas sanas enferman, que siempre ha nadado contra la corriente, que siempre ha pensado que a más poesía menos policía, y que ha tratado de hacer cosas que reflejen lo que siente, pero que también tengan que ver con el entorno”. Y entonces habla de los 5 años más felices de su vida. Felices en estética, aclara.

Había acabado de llegar de Europa. Sus amigos de toda la vida ya tenían un grupo y hacían arte. Fue natural para él, entró y encajó; amigos haciendo lo que sabían hacer. Eran cinco: Ramiro Gómez, Efraín Arrieta, Alberto del Castillo, Carlos Restrepo y Aníbal Tobón. Un mecánico de motos, dos o tres profesores y el redactor de un periódico sensacionalista. Así se ganaban la vida mientras se dedicaban a hacer lo que realmente les gustaba. Habían conseguido un local, en uno de los barrios más tradicionales de Barranquilla, que antes había pertenecido a un sindicato de marinos mercantes. Y cuando se enfrentaron a la decisión del nombre que debían ponerle a su grupo artístico, no tuvieron que ir muy lejos. Fueron El Sindicato y siguieron, sin proponérselo del todo, la filosofía de uno. Desde la estética subvertían. Hacían todo lo que nadie se había atrevido a hacer, todo lo contrario a lo que se les había enseñado como arte. “Comenzamos a hacer obras, primero, en el local que teníamos y, después, se nos dio por tomarnos las calles. Comenzamos tímidos, pero osados. A la mejor galería que había en el momento, la Galería Quintero, se le dio por invitarnos porque ya teníamos algún good will. Y entonces nosotros hicimos una exposición que se llamó “Barricada”: hicimos una barricada frente a la galería y no dejamos entrar a nadie”, cuenta Tobón.

Así las exposiciones se fueron multiplicando, cada vez más transgresoras. El 9 de abril de 1977 hicieron una escultura que se llamó “Violencia”. La exposición atrajo a la Policía, al DAS y a cualquier otro organismo que manejara el asunto de las bombas que, por el momento, se escuchaban bastante a través de los medios de comunicación. Frente al Departamento de Bellas Artes recrearon un poblado, con casas y con figuras rellenas de pólvora. “Queríamos hacer un asalto de los pájaros, que eran los antiguos paramilitares. Y lo hicimos. Como nosotros éramos teatrales, salimos y prendimos las cosas esas”, cuenta el artista, “pero habíamos calculado mal la pólvora”.

Y, aunque esa exposición causó revuelo en el orden social, tal vez la que resultó más transgresora —no por la exposición en sí, sino por la respuesta que tuvo del público— fue Alacena con zapatos. Tenían una alacena que nadie usaba y que no sabían cómo usar. Entonces fueron llenándola con zapatos viejos que se encontraban por ahí, en la calle, donde fuera. “El problema no era solamente lo visual, que, por supuesto, ningún barranquillero aprobó. El problema es que la escultura olía a sudor de pies, a ‘pecueca’, afirma Tobón. Resultó, sin embargo, que ese año los jurados del Premio Nacional de Artes Visuales no eran colombianos, eran extranjeros, encargados de arte de Nueva York, de Brasil. Todos votaron por ellos. Y qué escándalo. Ya con el premio nacional no sólo fueron la burla de Barranquilla; se convirtieron en la burla del país.

Aníbal Tobón quiso que renunciaran al premio, por todas las complicaciones que eso les iba a traer, pero sus amigos no quisieron. Renunció él, entonces, a El Sindicato y se regresó para Europa. Si la primera vez se había ido a estudiar teatro, huyendo de las amenazas que había recibido por hacer teatro político, esta vez se fue a dedicarse completamente al oficio. Ya de profesión. En España y con gitanos. Se quedó muchos años más fuera del país, itinerante entre España, Suiza y África. Y luego volvió, cuando se cansó.

Con sus amigos, los de esa época, ‘toma trago’ cuando puede. Sigue con el teatro y participa en las actividades culturales de la ciudad. Cuando no hace nada de eso, regresa a la playa, a la casa que él construyó. Siempre con una cerveza en la mano, donde su mujer y sus perros.

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@adrianamarinu