El despertador (Cuentos de sábado en la tarde)

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Lucía Ramírez siempre despertaba a las cinco y veinte de la mañana gracias a su infalible despertador. El objeto, un regalo de una hermana que vivía en el extranjero, tenía la forma de un perro siberiano y el sonido de su alarma era justamente un ladrido.

Lucía se levantaba sobresaltada, temerosa incluso, porque los ojos del perro eran blancos y en medio de la oscuridad le recordaban a los de su difunto esposo, que llegaba ebrio e irritable en las noches. Lucía se bañaba con agua fría, preparaba el desayuno para sus dos hijos, Luis y Patricia, y los despertaba, ya que ellos parecían incapaces de hacerlo por su cuenta.

A Patricia la despertaba primero halando con suavidad las cobijas y poniéndole la mano en el hombro. La joven fruncía el ceño molesta. Todas las noches se trasnochaba viendo películas porque soñaba con convertirse en la nueva Agnes Varda. Apenas cursaba décimo de bachillerato.

―Buenos días, mi niña ―comentaba Lucía.

La joven sonreía y empezaba a alistarse.

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En la siguiente habitación, que antes era del abuelo, dormía Luis. Lucía lo dejaba de último porque era el más difícil y siempre se negaba a levantarse. Entonces ella tenía que sacudirlo o alzar a Marcus, el perro de la casa, al que no dejaba dormir en las habitaciones para que avisara si algo extraño pasaba; el animal siempre lamía el cuello de Luis al verlo, en señal de haber extrañado a su compañero de juegos. Esa mañana, Lucía le hizo cosquillas al ver que se hacía el dormido.

―Yo quiero seguir durmiendo.

―No, mi niño dormilón, muévete, que no se puede dormir toda la vida.

Los hijos se fueron al colegio y Lucía se marchó a trabajar.

En la tarde, mientras jugaban con una pelota, Luis y Marcus entraron al cuarto de Lucía y, sin querer, se tropezaron con la mesita de noche donde estaba el despertador con forma de perro siberiano. El objeto cayó al suelo y sus ojos, su nariz y sus orejas se rompieron. Luis tuvo la sensación de escuchar los lamentos de un perro golpeado, por eso se agachó para inspeccionar a Marcus. Las patas, el pecho y el hocico estaban como siempre, con el pelo brillante y sin pulgas. Tal vez el objeto le había dado en la cabeza. El niño le frotó la cara al perro hasta que comenzó a mover la cola. Al verlo animado, Luis miró los restos del despertador en el suelo. Se agachó y juntó los pedazos lo mejor que pudo, pero la mirada del perro siberiano estaba astillada, con huecos por la falta de piezas. No pudo recuperar una oreja que cayó bajo la mesita de noche. Hizo lo mejor que pudo. Volvió a poner el despertador en su lugar y, al hacerlo, un ojo se desmoronó. Lo iban a castigar. Luis salió de la habitación apesadumbrado, con Marcus siguiéndolo, y cerró la puerta.

Lucía no se percató del despertador roto. Estaba tan cansada que se acostó sin cambiarse de ropa, con el rostro maquillado y los aretes puestos. En la madrugada siguiente no se escuchó el ladrido del perro siberiano.

Lucía Ramírez lleva un mes dormida, igual que sus dos hijos, Luis y Patricia, porque ella no ha ido a despertarlos. Marcus salió de la casa por una ventana entreabierta. Ahora tiene el pelo opaco, las costillas visibles y las patas temblorosas. Todas las mañanas a las cinco y veinte se sienta en el antejardín y comienza a ladrar, sin tener éxito en su propósito.

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