"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 6 horas

Un escritor mexicano a ritmo de orquesta cubana

Uno de los novelistas más reconocidos y uno de los músicos más respetados de Latinoamérica hablarán de la eterna vecindad música-literatura.

La melomanía de Volpi le ayuda a mitigar la muerte y la corrupción que asolan a México. / Fundación Salvi

El lector de Jorge Volpi sabe que su escritura lo respalda cuando dice: “La música es una parte esencial de mi vida”. Este arte está tan unido a su formación, que no por casualidad el primer libro de cuentos lo tituló Pieza en forma de sonata, para flauta, oboe, cello y arpa, Op. 1. Al autor primerizo ya lo inquietaba cómo el amor y la obsesión por la música pueden ser enfermizos. Hasta qué límites llega un intérprete con tal de alcanzar la ejecución perfecta de un instrumento. De eso hablamos en 2011 cuando vino a Bogotá a presentar en la Feria del Libro Oscuro bosque oscuro (Ediciones B), una novela corta surgida de sus investigaciones sobre la Segunda Guerra Mundial (En busca de Klingsor) en la que reinventó los cuentos infantiles de los hermanos Grimm —el flautista de Hamelín no conduce ratas, sino niños hacia un despeñadero— y le salió tan musical que está contada en verso y parece escrita para leerse en voz alta.

Por eso no me sorprende que hoy, en el Cartagena Festival Internacional de Música, charle con el guitarrista y director de orquesta cubano Leo Brouwer, uno de los compositores latinoamericanos con un lugar especial en la historia. Además, nieto de la compositora y pianista Ernestina Lecuona de Brouwer y alma del Festival de Música de Cámara de La Habana que lleva su nombre. Tendrá mucho de qué hablar con Volpi porque Brouwer siempre ha dicho: “México es parte de mi cultura”. ¿Quién puede vivir en el mundo de la música sin haber aprendido del gran capítulo mexicano?

El interés permanente por otras culturas, incluida la cubana sobre la que escribió hace poco la columna “Hacia el fin de la locura”, ha llevado a Volpi no sólo a escribir una veintena de novelas, cuentos y ensayos, sino a ser miembro del Sistema Nacional de Creadores de México, a dirigir durante cuatro años el Canal 22 de la televisión pública de ese país y a dirigir el Festival Internacional Cervantino, para promover entre el público la música y la literatura como posibilidades espirituales de entender el mundo o recrearlo. ¿Cuánto ha influido la dictadura castrista en la música de la isla? Mucho.

Esa disciplina le permitió en 2013 trabajar en dos libros de ficción al tiempo que investigaba para escribir el prólogo al libro del gran chelista mexicano Carlos Prieto Dmitri Shostakovich, Genio y drama. Se centró en el compositor ruso (1906-1975) como enigma y “héroe trágico” a partir del “primer encontronazo con los perros de presa del sistema”, como califica el incidente que desató la furia del régimen soviético de Stalin contra la ópera Lady Macbeth. Para Volpi, las presiones y el miedo que vivió este hombre “resumen las tensiones y el espíritu de su época”. Con el libro vienen dos obras de Shostakovich interpretadas por Prieto: Sonata en re menor para violonchelo y piano, op. 40 y Concierto Nº 1 en mi bemol para violonchelo y orquesta. Prieto, que estudió en Rusia, fue amigo durante muchos años de Igor Stravinsky —otro de los grandes compositores del siglo XX y una de las grandes influencias admitidas por Leo Brouwer— y eso le interesó mucho a Volpi, como el hecho de que también haya conocido a Shostakovich.

La melomanía de Volpi le ayuda a mitigar la muerte y la corrupción que asolan a México. En el discurso inaugural del Festival Cervantino del año pasado explicó: “Pero si bien estas tendencias asesinas y excluyentes permanecen arraigadas en nosotros, también es cierto que, desde épocas inmemoriales, los seres humanos hemos buscado conjurarlas a través de ese conjunto de manifestaciones que solemos llamar ‘arte’. Todas las culturas comparten esta vocación por la danza y la poesía, el teatro y la música, como si supiéramos que son el único bálsamo frente a la barbarie. Por eso el arte no es un simple entretenimiento ni una mera forma de evadir el horror cotidiano, sino una fuerza que nos permite indagar en lo más profundo de nosotros con la esperanza de llegar a conocernos mejor. Si el arte no garantiza nuestra redención, al menos nos permite reconocer nuestras flaquezas y delirios, y transformarnos, por un instante, en otros: en los otros. En nuestros semejantes… La música, la danza, el teatro, el cine, las artes plásticas y la literatura como acicates para la reflexión sobre los problemas de nuestro tiempo, sí, pero también como un espacio para la solidaridad y la comunión”.

Sonido, ritmo, armonía, composición versus estridencias, frustración por falta de talento musical, todo desemboca en la escritura construida a partir del buen oído. En su más reciente novela, Memorial del engaño, un protagonista tiene propensión hacia la desgracia y afición por la música clásica. La Escena III es “sobre cómo desguazar un violín con una sierra eléctrica y ser comunista y anticomunista en una tarde”. La improvisación musical alienta su ficción cuando estudia la carrera de Brouwer o de la pianista venezolana Gabriela Montero. Seguramente Volpi le preguntará sobre esto, sus métodos creativos y el misterio de la invención de la melodía que tanto inquietaba al antropólogo Lévi-Strauss. 

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* Editor dominical de El Espectador.