Un espacio para la memoria viva y muerta

Esta pieza, dirigida por Patricia Ariza y escrita como un homenaje a Santiago García, se presentará hasta el sábado 20 de abril.

La música de la obra se basa en nostálgicos acordes provenientes de un acordeón. / Cortesía
La música de la obra se basa en nostálgicos acordes provenientes de un acordeón. / Cortesía

Habría que tomarse una dosis de soma, esa droga contra la depresión de la que tanto habló el escritor británico Aldous Huxley en su libro Un mundo feliz, para lograr resistir una obra teatral que intenta recordar, a través de un cuerpo en supuesto “estado de fiesta”, a las víctimas del conflicto armado en Colombia.

La pieza se llama Soma Mnemosine, o El cuerpo de la memoria. Así lo tradujo Patricia Ariza, directora del performance —que también combina elementos audiovisuales— y que ahora se presenta en el Teatro La Candelaria, en el centro de Bogotá.

El mensaje central, según explica Ariza, hace referencia al reconocimiento del derecho que tienen esas víctimas a celebrar la vida. Y con alegría. Pero las miradas ocultas y tristes de los actores, el uso del acordeón como único instrumento musical, con melodías nostálgicas, y los escasos y dramáticos diálogos, varios de ellos tomados de lo que alguna vez dijo el cofundador (en 1966) y actual director del teatro, Santiago García, contradicen el mensaje.

García dijo: “Ustedes, los asesinos, los que ensuciaron este suelo, no pasarán”. Soma Mnemosine es eso: un importante simbolismo, aunque amorfo, que refleja en el cuerpo de los actores el dolor de los olvidados, incluida la misma directora de la obra, quien es, además, una de las sobrevivientes del genocidio contra la Unión Patriótica.

El mayor reto de esta obra, para Ariza, fue encontrar un lenguaje propio e integral. No se trata, por supuesto, de una puesta en escena única, sobre una tarima, con el público de frente, sentado, observando. Todo lo contrario. Es una obra que invita a la interacción, y el Teatro La Candelaria, una antiquísima casa de infraestructura colonial, permite hacerlo.

Una fuente en medio de aquella casa, que en un principio fue denominada La Casa de la Cultura, se convierte en uno de los escenarios. La gente se ubica donde mejor se sienta, rodeando y ocupando cada rincón. Y los seis actores que componen el grupo teatral comienzan su diálogo, apelando a recursos audiovisuales, como un pequeño radio de donde salen historias bastante cortas de una que otra víctima. Lo mismo sucede con el video. De repente, una imagen de Santiago García se ve reflejada en una de las paredes del teatro y repite frases que condenan las habituales atrocidades que se cometen en este país.

El cambio espacial que ocurre luego de varios minutos permite acercarse a otras representaciones: un baile con canto que conmueve, por ejemplo. La ruta, sin embargo, prontamente continúa por otros dos espacios más, con más acordeón, más videos, con relatos (en este caso, los de los protagonistas de la obra) y otras tantas actuaciones, si se quiere, violentas, para resaltar que de lo que aquí se está hablando es, sin duda, de la muerte.

Tal vez por eso el destino final del público es el clásico escenario de un teatro. La imagen de la muerte se convierte en una constante cada vez más necesaria de resaltar y, con ella, viene más llanto, menos historias y más simbolismos. Especialmente, los sonoros: ametralladoras, bombas y helicópteros retumban en el recinto, mientras los cuerpos caminan —algunos semidesnudos— frente al público.

Y para lograr toda esta puesta en escena, que hace parte de la ya conocida Trilogía del Cuerpo (completada por las obras Si el río hablara, dirigida por César Badillo, y Cuerpos gloriosos, a cargo de Rafael Giraldo), se necesitó de un año de investigación para recopilar las historias de personas que viven en Colombia y que han padecido las consecuencias de la guerra.

De lo que se trata, de acuerdo con Ariza, es de que el teatro “nos permita incursionar en los lenguajes más misteriosos para tratar la muerte. Y como el dolor puro no existe, hemos mezclado la música, la danza y la ironía para mitigar ese dolor. Finalmente, el teatro es un dolor ácido y placentero, como dice Santiago”.

El homenaje también es para el director del Teatro La Candelaria. Y eso lo recuerda Ariza al explicar que cuando él (Santiago García) entra en escena —sobre todo, al final de la obra— se concentran todas las líneas temáticas y argumentativas de Soma Mnemosine, una obra con diferentes formas de interpretación. No a muchos les queda fácil percibir esa “alegría corporal” con la que, en un principio, se habría concebido la esencia de la obra.

lorena.arboleda1@gmail.com

 

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