Un francés obsesionado con Colombia ganó el Goncourt

No se conoce aquí la historia del escritor y navegante Patrice Franceschi, pero la Amazonia colombiana marcó su vida y la obra ahora exaltada con uno de los premios literarios más prestigiosos.

El escritor y explorador Patrice Franceschi (adelante), el también autor francés Gerard Chaliand (centro) y José Juan, un miembro de la tribu india yuhup, durante la travesía por el río colombiano Jotavella, el 10 de noviembre de 2004. / AFP

“El último aventurero”, llamó a Patrice Franceschi el crítico de libros del periódico Le Figaro, Bruno Corty. Recomendó la lectura de Antes de la recta final, su libro número 25, otro ejemplo en el que utiliza con destreza la vida vertiginosa que lleva para crear historias entre la realidad y la ficción. Su talento narrativo fue exaltado la semana pasada por el jurado del prestigioso Premio Goncourt de Literatura en la modalidad de nouvelle, novela corta, por Primera persona del singular. Se lo concedieron justo cuando su libro 27, Morir por Kobani, sobre la causa de los cristianos kurdos en Siria, es muy bien recibido en Francia.
Por su fuerza literaria y, sobre todo, por sus hazañas como antropólogo, cineasta, aviador, paracaidista, navegante y presidente de la Sociedad Nacional de Exploradores, Franceschi representa para los franceses el espíritu expedicionario que instituyó el gran Jacques Cousteau. Franceschi, hoy de 60 años de edad, fue el primero en dar la vuelta al mundo en avión ultraliviano y ha liderado expediciones en defensa de las culturas indígenas y del medio ambiente a través de los cinco continentes.

De eso dan cuenta documentales patrocinados por National Geographic, diez películas rodadas por él mismo y un archivo fotográfico de sus viajes clasificados por la agencia Getty Images. Aunque no ha sido traducido al español, varios de sus libros y sus expediciones incluyeron al Amazonas colombiano en travesías comparables a las que hicieron Cousteau, el norteamericano Richard Evans Schultes y su alumno canadiense Wade Davis, o el británico Roger Casement, el legendario naturalista que escogió Mario Vargas Llosa como personaje central de la novela El sueño del celta (Alfaguara 2010).

El propio Franceschi, dichoso por el Goncourt —no el famoso Goncourt para los novelistas de largo aliento sino el de la categoría de relato corto—, remite a quien quiere saber de su vida a la página web la-boudeuse.org, blog sobre sus viajes, elaborado a partir de cartas, testimonios y diarios de a bordo. Sin duda Cousteau fue uno de sus referentes, pero además de esa visión del planeta como tesoro de biodiversidad también le interesa como materia prima multicultural para un escritor. Entonces señala como gran inspirador al conde Louis-Antoine de Bougainville, mítico explorador francés de los océanos en el siglo XVIII desde la fragata Sulky.

Con ese nombre bautizó en 2003 su goleta de tres mástiles y 13 velas, una embarcación construida en Holanda en 1916, que participó en la Segunda Guerra Mundial, que fue el buque escuela de la Armada de Suecia y que él restauró para sus viajes interoceánicos con la bandera francesa en alto y buena parte de su biblioteca en el salón principal. Un homenaje a los grandes navegantes pero apoyado en tecnología de última generación, incluidos radares y sondas. Se aseguró de no fracasar como en 2001, cuando se le hundió su primera Sulky, un junco chino, frente a la isla de Malta.

A bordo exige una mezcla de osadía y cultura, que eran los requisitos de Bougainville para los admitidos como compañeros de viaje, entre quienes figuraban escritores, filósofos, pintores y fotógrafos. Igual hace Franceschi y todos participan en los oficios de la navegación y del ocio de las tertulias. “Apetito por el descubrimiento”, escribe sobre las virtudes de sus andanzas.

¿Más influencias? Leer a Joseph Conrad al derecho y al revés, sin menospreciar a Rimbaud, Monfreid, Kessel, Gary, Hemingway y Malraux, para convencerse de que su vida debía ser vagabundear, navegar y escribir. Nacido en el puerto de Toulón, en 1974 su padre, que navegaba entre Europa y África, y su madre, enfermera, le pidieron elegir una profesión y respondió: “Aventurero escritor”. Abandonó la carrera de medicina en Bobigny, porque “no era capaz de encerrarme siete años”, y, mochila al hombro, atravesó el Atlántico atraído primero por la Guyana Francesa y luego por Brasil y Colombia, a donde vino ese mismo año, no a conocer ciudades y ciudadanos sino selvas e indígenas. Quería comprobar todo lo que había leído en su “biblioteca verde” sobre el majestuoso río Amazonas y desde allí navegó en canoa hasta el Apaporis, donde sintió haber conocido el verdadero corazón del planeta junto a los indios yuhups y makunas, en el caserío Macuje, nómadas con los que aparece en la portada de uno de sus primeros libros enfrentando el caudaloso río Jotavella.

Cuenta que ese viaje le dio la fuerza física y espiritual que necesitaba para arriesgarse a conocer el resto del mundo en no menos de veinte expediciones tras el rastro de historias como la de los pigmeos del Congo, los papúas de Nueva Guinea, el tigre de Tasmania.

A Colombia regresó a finales de 2004 en su goleta para una gira mundial de tres años dedicada a los “pueblos de agua”, respaldada por la Unesco. Zarpó el 27 de julio de Bastia, Córcega, sur de Francia, y en noviembre llegó al “exultante” Amazonas colombiano. El capitán, con el ya famoso uniforme marinero blanco con rayas negras horizontales, remó de nuevo tres días en piragua desde Vila Bittencourt, frontera con Brasil, para reencontrarse con sus 60 amigos en Macuje. Fue la primera de las doce misiones que se fijó desde América del Sur y luego por el Pacífico, a través de la isla de Pascua y la Polinesia, hasta Asia y África. Ya no eran una tribu desconocida y nómada. “Actualmente son sedentarios y tienen un pie en la era moderna”. Esa transformación la documentó durante un mes y la denunció a la agencia AFP como un peligro para la supervivencia de la comunidad.

Encontró unas 15 chozas junto al río que serpentea en medio del infierno verde. “Siguen cultivando coca para mambear y animar las noches de fiesta, y sólo cuentan con viejos fusiles de un tiro para cazar tapires, monos, tatúes, caimanes y pecaríes, que constituyen parte de su alimentación”.

Los indios habían establecido vínculos con el mundo exterior, primero a través de un puesto de salud con medicamentos de primeros auxilios y luego con una radio de onda larga con la que se comunicaban con el pueblo de La Pedrera, a 250 kilómetros de distancia. Unos pocos habían aprendido a leer y escribir y lograron que les construyeran una escuela. Sin embargo, el maestro que les iban a mandar desde Bogotá nunca llegó.

En 2009 el gobierno francés consideró que Franceschi tiene los méritos suficientes para ser el Bougainville del siglo XXI y le encomendó la Misión Tierra-Océano, una travesía por mares y ríos a bordo del buque ahora rebautizado La Boudeuse. La tripulación de 28 personas fue declarada en misión oficial por el ministro de Ecología y Desarrollo Sostenible, Jean-Louis Borloo, y los secretarios de Estado Dominique Bussereau y Nathalie Kosciusko-Morizet. Francia buscó de este modo hacer un llamado internacional para preservar el planeta para las generaciones futuras a partir de la protección del medio ambiente y la biodiversidad, la lucha contra el cambio climático, el desarrollo sostenible y el dominio de la energía. A la cruzada se sumaron el canal France Télévisions, la agencia de noticias France Presse y la editorial Gallimard, que publicó un libro conmemorativo.

Con esa misma metodología, al estilo del polaco Ryszard Kapuscinski para entender África a partir de sus guerras contra la colonización europea, conociendo, investigando, conviviendo con los más pobres y marginados, aprendiendo, denunciando, fue a Afganistán llevando ayuda humanitaria, acampando seis meses con la resistencia, condenando invasiones rusas y estadounidenses, escribiendo Ellos eligieron la libertad; recorrió el gran río africano con una caravana de contrabandistas y publicó el libro ¿Quién se bebió el agua del Nilo?; llegó a Bosnia, Somalia, Sudán, Camboya, Mauritania, etc.

En videos y fotos muestra cicatrices, muchas en los pies. Las llama “los recuerdos de la carne”, marcas de lugares como el Amazonas donde “niguas y moscas nos devoraron. Nos quedamos sin comida. Pensé que estaba muerto, pero la selva enseña la superación y la humildad”. Más que física, su aventura constante se volvió psicológica, razón por la que hizo una maestría en filosofía. Cita a Tocqueville para condenar la “tiranía suave de las democracias”.

Durante más de tres décadas ha contagiado a Francia con sus sensaciones nómadas, vividas y contadas para “transmutar el mundo”. Anota en la bitácora: “El explorador busca conocimiento a través de la aventura, el aventurero busca superar los límites de la existencia”. Hoy goza de buena salud, pero la vejez lo hace pensar en el final. Él lo define como un punto de equilibrio entre la trascendencia del yo y el bien común, entre la ciencia y la existencia.

Así algunos desprevenidos lo consideren un “loquito multifacético”, los jurados del Premio Goncourt reunidos, como pide la tradición, un martes en el segundo piso del restaurante Drouant de la calle Gaillon, segundo distrito de París, estuvieron de acuerdo en que la obra literaria de Franceschi es meritoria. Otra autoridad, el nobel de Literatura francés de 2008, J.M.G. Le Clézio, uno de sus autores de cabecera, lo acompañó hace diez años en un viaje por el Pacífico, pero le dijo a El Espectador que no conoce mucho al aventurero ni al escritor. Franceschi, con varios acreedores por tanto viaje, con su buque exhibido en un muelle del río Sena, al pie de la Gran Biblioteca François Mitterrand y con su sextante en la mano, dice que ni haber sido declarado caballero de la Legión de Honor ni los premios literarios lo obsesionan tanto como ser consecuente hasta la muerte con su mayor orgullo: “ser libre”.

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