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hace 3 horas

Un largo reinado para los acordeones

Durante los últimos cinco días de abril se da en Valledupar una combinación de folclor con artistas internacionales.

Las voces de Los Corraleros de Majagual retumban en los picós de la Plaza Alfonso López y se sienten a tres manzanas a la redonda. En el aeropuerto, los viajeros son recibidos con acordeón en vivo. Es jueves 25 en la noche y con el desfile de los Niños Piloneros se dio inicio al Festival de la Leyenda Vallenata, pero lo mejor aún está por venir, teniendo en cuenta que el presidente de la República no sólo anunció que vendría a inaugurar la fiesta, sino que insistió en que dormiría en una de las viviendas de interés social entregadas por su gobierno. La relación entre política y Festival Vallenato es de vieja data; y la entrega de las casas en medio del evento sólo confirma que las cosas siguen su curso natural.

Más aún, el Festival nació como consecuencia de una decisión política: fue la manera de seducir a Colombia para que viniera a descubrir una tierra que hasta 1966 no tenía mucho reconocimiento. El triunfo de sus fundadores: Alfonso López, Consuelo Araújo, Miriam Pupo y Rafael Escalona, es precisamente haber convertido esta ciudad, una capital joven y sin mucho qué ofrecer, en la meca de la que hoy es la música popular que identifica a nuestro país. Los vallenatos lo saben y por eso viven orgullosos, con decoración en las casas y eventos, este jolgorio de cuatro días sin estratos sociales, sin horarios ni limitaciones.

Las calles que conducen al centro de Valledupar están atiborradas de vendedores de sombreros, recuerdos, mochilas wayuus y todo tipo de artículos que se puedan ubicar sobre una tela en los andenes. Toda la normativa de abuso del espacio público tiene un paréntesis en estos días. Desde hace más de un mes, el compositor Gustavo Gutiérrez asiste diariamente a fiestas y colegios en donde se le rinde homenaje, por el reconocimiento que le hace la Fundación del Festival. No han empezado los concursos aún y ya parece que la ciudad fuera a explotar.

Día tras día, llegan tres aviones de LAN, cuando la ruta normal son sólo dos, y seis vuelos de Avianca, es decir, el doble del itinerario normal, sin mencionar la cantidad de vuelos chárter que aterrizan en el pequeño aeropuerto Alfonso López, que pareciera no dar abasto. Quien decida a última hora viajar a la capital del vallenato encontrará sin problemas un cupo, pero mientras en temporada baja un trayecto puede costar $120.000, este valor asciende a más de $500.000 entre el 26 y el 30 de abril. Pero la mayor afluencia es por vía terrestre. Según estudios de la Cámara de Comercio de Valledupar, un 95% del público del Festival llega a la terminal de transporte.

En la radio, desde las primeras semanas de abril, las emisoras presentan continuamente a los participantes que estarán buscando en la arena de los músicos una corona de rey vallenato. Las entrevistas de los concursantes alternan con baladas de Ricardo Arjona, rancheras de Juan Gabriel y los nuevos temas del renacido Carlos Vives, quien escogió el Festival para lanzar su más reciente producción, Corazón profundo.

Esta combinación de géneros musicales en la programación oficial de la fiesta folclórica más grande de Colombia es uno de los fenómenos interesantes de la misma. El público que asiste al Festival ya está acostumbrado a que artistas internacionales como Marc Anthony, Alejandro Fernández o Juanes alternen escenario con la expresión más rancia de folclor. Y, aunque esta combinación de industria y tradición es cuestionada por aquellos nostálgicos de las parrandas en los patios de las casas, es cierto que estamos en otro tiempo. “No hay manera de volver atrás —explica Rodolfo Molina, presidente de la Fundación Festival Vallenato—. La dinámica del Festival es que, además de ser un espacio para la tradición como lo pensaron los fundadores, también es la ocasión de las grandes estrellas, sin importar el género. Y ese es nuestro reto año tras año”.

Lo cierto es que no se trata de que lo foráneo desplace lo local, pues para los artistas de música vallenata los cinco días de Festival son obligados. Además de las funciones en el Parque de La Leyenda Vallenata —un escenario que una gran ciudad como Bogotá podría envidiar—, hay una gran variedad de actividades musicales, como las parrandas empresariales —una modalidad que se ha consolidado con la presencia de grandes marcas en el Festival— y la lista de eventos con nombres estrafalarios como el Tsunami Vallenato o la Lucha de Gladiadores, que ofrece carteles de lujo encabezados por Silvestre Dangond, Peter Manjarrés, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Martín Elías, entre otras fórmulas ganadoras, además de la competencia mundial de gallos, un evento al que asisten personas desde distintos países del Caribe.

Este año la apertura del Festival, el viernes pasado, además del tradicional Desfile de Piloneras, en el que participaron todas las mujeres de la ciudad, sin importar si pertenecen a un grupo de danzas o son el grupo de esposas de oficiales y suboficiales de la Décima Brigada, tiene un gran homenaje a uno de los compositores más queridos de la región.

Gustavo Gutiérrez, el padre del vallenato romántico, ha sentido que este es el mejor año de su vida, “este es el homenaje más importante que he recibido. No sólo porque es en el Festival, sino porque ha sido todo el año”. Silencioso y retraído, Gustavo reconoce que dejó de componer hace más de 10 años. “Es que ahora me salen muy tristes los cantos, muy nostálgicos, será porque estoy viejo. Por eso preferí retirarme cuando me querían escuchar todavía”, afirma sin asomos de melancolía, lo que hace pensar que no se trata realmente de vejez o de falta de inspiración, sino de nuevos intereses.

Ahora Gustavo se dedica a hacer presentaciones y a cantar como un baladista en eventos exclusivos en los que puede entregar rosas a las damas y cantarles al oído. “En Bogotá, la gente no paraba de ovacionar la presentación que hicimos en el teatro Julio Mario Santo Domingo. La gente cantó las canciones de principio a fin”. Es cierto, la música vallenata tiene en Gustavo no sólo a un poeta prolijo que ha hecho hermosas composiciones como Sin medir distancias, Camino largo, entre otras, sino a la primera generación revolucionaria del vallenato, cuando pasó de ser una música completamente campesina y folclórica a una composición más elaborada, no sólo en los contenidos, sino en las armonías.

Es por esto que Gustavo no pelea con los nuevos compositores, ni con quienes innovan desde la tradición. “Hubo quien escribió en una columna de El Espectador, hace muchos años, que mis cantos no eran vallenatos auténticos. Me criticaban como lo hacen hoy con los jóvenes”, concluye Gutiérrez.

Si alguien dice que el vallenato se está suicidando, muriendo y desapareciendo, es bueno que venga a un Festival, escuche las canciones inéditas; observe la manera como se desafían los concursantes de la piqueria; se pase una tarde con los niños que aspiran a ser reyes vallenatos infantiles y luego viva el fervor de la coronación el 30 de abril, como ha venido sucediendo cada año desde 1966. Sólo entonces podrá comprender por qué aquí a los ganadores no se les premia, sino que se les corona, para que tengan larga vida, como tienen las monarquías.

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