Un león atemporal

La vasta producción del artista argentino se presenta en el Museo de Arte del Banco de la República con obras escogidas por la Fundación Augusto y León Ferrari, Arte y Acervo, dirigida por sus tres nietas, Julieta, Paloma y Maitén Zambrano Ferrari.

No debe quedar ningún medio al que León Ferrari mire de  soslayo. No debe haber material alguno que el artista no haya intentado utilizar. No debe haber soporte al que este maestro no haya tratado de intervenir. Lo ha tenido y lo tiene claro a sus 90 años. Las experiencias sobre las técnicas dan ideas de cómo decir de manera diferente las cosas. El arte no tiene límites. Experto en evitar los lugares comunes, la genialidad de este artista reposa, en parte, en esa capacidad infinita de reinventarse, en ese ser combativo que crea nuevas formas para que el mensaje cruce el puente. “Me parece que todo, absolutamente todo es materia prima para hacer arte: desde colores, arcillas, hasta el tiempo, las ideas, la basura, los tormentos, la política, la muerte, lo podrido, lo cursi, el estiércol”, sentencia el artista.

Ferrari le debe el sueño anhelado a muchos artistas que desean ser diferentes en cada proyecto. Escultura, video, cerámica, grabado, heliografía, libro de artista, performance, instalación, la lista es interminable. Sus temas sufren el mismo destino, van, vienen, se encuentran y se convierten en objeto artístico. La política, los regímenes de poder totalitarios, la violencia, la sexualidad, el cristianismo y la idea de sus infiernos en llamas, el anticlericalismo, la abstracción, el lenguaje, la obra de Ferrari encierra todo un universo que crece y no ha parado de expandirse. Su obra es una unidad en donde la línea sufre todas las modificaciones para convertirse en caligrafías enrevesadas, que adquiere volumen lírico con las esculturas abigarradas o que se transforma en manuscrito.

Un pájaro en una jaula defeca sobre una imagen de la Capilla Sixtina, un hornito microondas de juguete está lleno de figuras de plástico de santos, unas botellas de vidrio fueron llenadas con una variedad de cosas y muchos preservativos. Las imágenes son fuertes, pero logran sacar guiños de humor, para algunos y para otros funcionan como grandes oprobios. Ese tipo de obras pertenece a su producción más polémica y contestataria donde critica a Occidente por padecer una religión que le tiene aversión a la masturbación, donde el peor pecado luego del homicidio es hacer el amor, donde el infierno y el castigo han provocado los exterminios de judíos, brujas, herejes, vietnamitas, entre otros.

Todo ese material en el que el fin justifica los medios, el alambre, los papeles, las tintas de sus cuadros de escrituras anudadas, los juguetes en desuso a los que puebla con figuras de santos es conseguido por una de sus nietas, Maitén Zamorano Ferrari. Lo hace desde que tenía 15 años. Ahora tiene 30. Al lado de sus hermanas, Julieta y Paloma, son las encargadas de impulsar la obra de su abuelo y de resguardar ese legado por medio de la Fundación Augusto y León Ferrari, Arte y Acervo, que presiden. Sin intermediarios, Julieta, Paloma, Maitén Zamorano y León Ferrari deciden qué obras llevar a las exposiciones, y la del Museo de Arte del Banco de la República no es la excepción. No hay curaduría externa de por medio, no hay texto curatorial rimbombante que sólo  suelen entender unos pocos. Los textos que acompañan esta exposición son frases del mismo artista que con claridad y contundencia generan imágenes poderosas y pensamientos interesantes, como la obra misma. Son ellas las que en medio del montaje acuerdan en dónde va esa pequeña antesala del vasto trabajo de su abuelo si se compara con las más de 10.000 piezas que ha creado a lo largo de su carrera.

La mención de que el diario New York Times lo haya considerado uno de los cinco artistas más importantes vivos en el mundo es recurrente en publicaciones y artículos. En 2007 recibió el León de Oro en la 52ª Bienal de Arte de Venecia. Exhibió en el MoMA de Nueva York en 2009 junto a la brasileña Mira Schendel, obra que se presenta luego en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid. Sus validaciones como artista, los reconocimientos, son abundantes y estas son sólo algunas menciones. Pero nadie mejor para legitimarlo que sus nietas, quienes prácticamente nacieron y se criaron en su taller. Fue allí donde hicieron sus primeras líneas, donde sus manos supieron de la noción de creación y donde el arte se fundió con la vida, sin que una cosa existiera sin la otra. Julieta, Paloma y Maitén vibran hablando de la obra de su abuelo, de lo que ha significado crecer con ese lazo de sangre y que más que el padre de su madre es un íntimo amigo con el que comparten gustos e intereses. Su espíritu abierto y libre le permite con 90 años a cuestas disfrutar de un concierto de Laurie Anderson, pasar tres horas sentado escuchando a un grupo de punk y otro de electrónica. Se emociona con la música de Björk, con la clásica,  con la de Pink Floyd y también con el hip hop de Calle 13. “Le gusta todo, es supermoderno. Le gusta enterarse de cosas nuevas”,  confiesa Maitén, como si su abuelo no tuviera nueve décadas encima, como si su espíritu permaneciera en un espacio atemporal como su producción artística.

El eje curatorial (si se le quiere llamar así) de la exposición León Ferrari es abarcarlo todo, desde su pieza icónica de 1965, el Cristo crucificado sobre un bombardero estadounidense, sus botellas llamadas Homenaje al preservativo, la serie de Brailles, su Cuadro escrito, considerado como la obra que dio los primeros indicios de conceptualismo en Latinoamérica, su serie de Ideas para el infierno, entre otras. La intención, según sus nietas, es ofrecer miradas cruzadas, lejos de lo lineal y lo cronológico.

Otra de las características sorprendentes del trabajo de Ferrari es su atemporalidad. Maitén asegura que todo puede ser actual o tener 20 años. “A su vez que León conmueve, toca a todo tipo de personas, desde un chico de 15 años hasta un veterano. Una de las cosas más lindas que quizá vivimos nosotras es el hecho de que sus obras despiertan algo”, y Paloma agrega: “No importa si te gustan o no, ya no se trata de esa mirada dual porque de igual manera lograrán mover algo”.

Esta familia unida funciona como un clan. Hijos, nietos y bisnietos han sido influenciados por los gestos de sus dibujos y la intención humana de su arte. “¿Por dónde empezaste?”, recuerda Maitén haberle preguntado en su temprana infancia a su abuelo por esas esculturas en alambre imposibles e impresionantes como si se trataran de un jeroglífico. Paloma confiesa que nunca dejará de sorprenderse por su forma espontánea de crear, como si fuera un niño, agarra lo que encuentra en el camino y empieza a hacer. Y ese arte como experiencia de vida es lo que él comparte ahora con los más chicos de la tribu, sus bisnietos, con quienes hace piezas con calcomanías de hombre araña.

Sus nietas, autodidactas como el abuelo, están encargadas de cristalizar la obra de Ferrari y de mantener su intención. La herencia de este artista no se acabará nunca. Tiene toda una generación que cuida y respira su espíritu.

 

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