Por un mundo de razones

El pasado 26 de junio el abogado e investigador social Mauricio García Villegas pronunció estas palabras en la Escuela Normal Superior de Cachan, Francia, al recibir el doctorado honoris causa.

Ilustración: Zuleta

Cuando me dijeron que iba a recibir un doctorado honoris causa, mi alegría fue tan grande como mi sorpresa. Nunca pensé merecer semejante honor, menos aun de parte de una institución tan prestigiosa como la Escuela Normal Supérieur de Cachan, por la cual siempre he tenido una gran admiración. Por eso, el primer sentimiento que me embarga en estos momentos es el de una inmensa gratitud por esta escuela y por el l´Institut des Sciences Sociales du Politique.

En casi todas las distinciones hay una dosis más o menos grande de injusticia. No lo digo por falsa modestia, sino porque en esta, como en casi toda distinción, se olvida a otros que habrían merecido un reconocimiento igual o incluso mayor. Estoy convencido de que muchos en América Latina podrían estar ocupando el lugar que yo ocupo ahora. Por eso, para compensar esta injusticia inevitable, quiero recibir este título a nombre de aquellos colegas, intelectuales e investigadores latinoamericanos que durante las últimas tres décadas no sólo han hecho importantes esfuerzos por entender la realidad social, jurídica y política de mi continente, sino que me han ayudado a entender mejor esta realidad.

I

La América Latina que hoy conocemos fue engendrada en una colisión brutal de dos civilizaciones. “El encuentro entre los españoles y los pueblos indígenas –dice Todorov– fue el más dramático de los choques culturales que ha vivido la historia de la humanidad”. Al llegar a tierras americanas, los ibéricos se toparon con un mundo completamente nuevo, que no comprendían y que juzgaban bajo sus férreos parámetros mentales. Ni qué decir de lo sorpresivo que todo esto fue para los nativos. Cuando Moctezuma, el jefe Azteca, decidió salir al encuentro de Hernán Cortés, en 1519, no estaba seguro de si se iba a encontrar con un dios o con un invasor. Cuando ambos hombres se miraron por primera vez, dos mundos extraños se encontraron.

La historia de nuestros países empezó con esa mirada. Los españoles conquistaron rápidamente casi todo el continente e impusieron su visión del mundo a los indígenas que sobrevivieron a sus armas. Pero su poder nunca fue tan grande como para eliminar la manera como estos desventurados veían el mundo. En México, por ejemplo, los españoles destruyeron las pirámides aztecas y sobre sus restos construyeron iglesias imponentes, como queriendo aplastar el pasado, pero la visión del mundo que tenían los indígenas se coló por entre las hendijas de los ritos católicos. Así se amalgamaron las miradas, dando lugar a una particular fábrica de la vida social; un mundo sincrético que incluso hoy, 500 años después, sigue tan atado a la España clásica como al México Azteca. Por eso dice Octavio Paz que en América Latina “las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aún las más antiguas manan sangre todavía”.

La historia de América Latina es el recuento de esa imposible síntesis entre la España de Carlos V y la América de Moctezuma, entre los ideales del presente católico y las necesidades del pasado indígena. Una sicosis disociativa entre los postulados del alma y las necesidades de la vida.

Los conquistadores no hicieron mayor esfuerzo por superar esa condición esquizofrénica, pues ellos mismos venían de una sociedad que cultivaba el abismo entre lo ideal y lo posible; que exaltaba lo glorioso en detrimento de lo banal y que prefería los ideales más nobles en detrimento de los ideales alcanzables.

La mejor representación de esa manera de ver el mundo está en Don Quijote de la Mancha, quien cambió la realidad de la vida ordinaria por la realidad épica de sus libros de caballería. Para él las cosas siempre estuvieron mejor en su mente: “Más vale buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga”, dice Don Quijote. La fascinación que los latinoamericanos sentimos por caudillos y mercaderes de paraísos que pregonan ideales gloriosos y empresas sobrehumanas es también el fruto de la herencia que nos dejaron los españoles del Siglo de Oro. Entre las tribulaciones imaginarias del Quijote y el realismo mágico de Gabriel García Márquez transcurren 400 años de una misma cultura quimérica.

En América Latina nos preocupamos más por preservar la integridad de nuestros ideales que por plasmar esos ideales en hechos concretos. No hemos aprendido a dejar de soñar despiertos. Nuestros sistemas normativos, morales y políticos nos consuelan. Nos ayudan a soportar la imperfección del mundo y a ver la miseria de nuestras sociedades como si ésta fuera un mal menor y pasajero. Como dice el mexicano Agustín Basave, “En nuestra realidad mental, lo ideal está hecho para hablarse o escribirse y lo real para vivirse.” En el culto de la dicotomía entre lo ideal y lo real los latinoamericanos resultamos siendo más platónicos que Platón y más paulistas que San Pablo.

II

En América Latina las normas jurídicas son algo así como el recipiente idealista, o platónico, de nuestra condición mental. Los abogados y los legisladores latinoamericanos se han especializado en construir, como dijo Simón Bolívar, repúblicas imaginarias en donde la perfección política es la regla. Se dice que cuando Víctor Hugo leyó algunos apartes de la constitución colombiana dijo que esas eran “leyes para ángeles, no para hombres”. El menosprecio por lo real ha dado lugar a un idealismo jurídico que cree que basta con legislar para cambiar la realidad social.

De otra parte, en reacción contra este idealismo, algunos críticos del poder político, apoyados en una visión materialista de la realidad social, han reducido el derecho, los ideales y los sueños a una mascarada engañosa cuyo único propósito es afinar la dominación política de las élites.

Ambas posiciones son, a mi juicio, demasiado tajantes. La primera dice algo así como “si logramos algo, logramos todo” mientras que la segunda dice “si no logramos todo, no logramos nada”. En mi opinión, deberíamos alejarnos de estos dos extremos artificiosos y asumir la tensión entre lo ideal y lo fáctico como algo complejo, inherente a nuestra realidad social e incluso, en ocasiones, como algo necesario. Sólo así podremos empezar a reducir el abismo que separa las palabras de las cosas.

En síntesis, antes de ver esta esquizofrenia entre lo ideal y lo posible como un mal o como una fatalidad, deberíamos entender cómo funciona. Quizás lo primero es aceptar que el derecho es sobre todo en América Latina, un arma de doble filo. Más que una norma de obligatorio e inmediato cumplimiento, el derecho es un recurso, una caja de herramientas que hace posible que retórica democrática y dominación de clase convivan. Sin esa doble cara la mediación entre lo ideal y lo posible dejaría de existir y ambos polos aparecerían de manera brutal, descarnada, ante los ojos de los gobernados. Esta doble cara representa el sitio en el cual la renovación y la estabilidad pactan. Sin la existencia del derecho el ímpetu de cambio se convertiría en arrebato revolucionario, o el deseo de conservación aparecería como afán de opresión.

III

Desde el descubrimiento de América los occidentales hemos vivido con la ilusión de ser los protagonistas de un proceso civilizatorio que no se detiene. Esta ilusión se ha ido desvaneciendo durante las últimas décadas, sobre todo en Europa. Esto se debe, en parte, a que las inconsistencias y los pecados de Occidente son hoy más visibles que nunca y, en parte, a una especie de colonización paralela, esta vez de Europa Occidental por parte del Sur y del Este del mundo, con todo lo bueno y lo malo que eso puede tener. No sólo lo digo por la inmigración masiva que hoy ocurre en este continente, lo cual me parece, en principio, algo positivo, sino por otros fenómenos latinoamericanos menos deseables, como el aumento de la informalidad, la pérdida de capacidad regulatoria del Estado, el crecimiento de los índices de desigualdad y de violencia, etc.

Todo esto ocurre en medio de un gran desorden internacional, propiciado en buena parte por los países desarrollados a través de una globalización económica que ha ido reduciendo la capacidad de maniobra económica de los Estados, empoderando a las corporaciones y debilitando el sistema jurídico internacional. Tal desorden ha ido creando desafíos colosales para el mundo actual, como el calentamiento global, la dispersión de armas nucleares, el descontrol de los grandes capitales internacionales, la pérdida de grandes porciones de la flora y fauna planetarias, el regreso de las guerras de religión, el caos humanitario ocasionado por las migraciones masivas, etc. Tales desafíos son, en términos generales, problemas de regulación. Hace algunos años, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Yale, Jeffrey Sachs dijo que los grandes problemas del mundo actual eran déficits jurídicos. Creo que Sachs tiene razón. Yo diría incluso que esos problemas son problemas de ilegalidad, similares a los que han afectado a América Latina durante siglos. Fernando Escalante, un intelectual mexicano, dijo alguna vez que en América Latina la regla era conseguir gobernabilidad a cambio de ilegalidad. Tal vez esta sentencia sea cada vez más aplicable a Europa, a los Estados Unidos, y al sistema internacional de naciones.

Por eso creo que la esquizofrenia también se está apoderando de Europa y de los Estados Unidos. Aquí, como en América Latina, la brecha entre los ideales plasmados en el derecho y las realidades políticas y sociales, es cada vez más grande.

La organización mundial que hoy tenemos es anacrónica. El modelo westfaliano de naciones fue concebido para imponer orden en un mundo amenazado por los enemigos y las guerras internacionales. Pero el mundo de hoy es menos un mundo de enemigos (aunque los hay) que un mundo de riesgos y de peligros, sobre todo el peligro de la autodestrucción por causa del agotamiento de la naturaleza. La mayor amenaza que hoy enfrenta la humanidad es ella misma, sus propios actos. Si hace un siglo las naciones necesitaban ejércitos para la defensa de su territorio, hoy necesitan acuerdos políticos y nuevas reglas de convivencia que aseguren la vida de sus generaciones futuras. La lógica actual de protección del interés nacional por parte de cada uno de los países es un modelo paradójicamente suicida en donde cada cual, siendo egoísta, termina labrando su propia tumba.

Hay que reinventar el poder político y las reglas del orden internacional. Estoy convencido de que eso sólo se puede lograr si recuperamos los viejos ideales del cosmopolitismo que fueron propuestos por los estoicos en la Grecia clásica. Quizás no tengamos que ir tan lejos. Basta con acudir a los ideales de la Ilustración, que son una forma de cosmopolitismo, y tomar en serio, de una vez por todas, el valor de la dignidad humana; un valor que está por encima no sólo de las razas, los credos y las condiciones sociales, sino también de las patrias, los pasaportes y las fronteras. Durante muchos siglos el cosmopolitismo no pasó de ser un pensamiento humanista fundado en razones éticas. Hoy, lo sigue siendo, con la diferencia de que a esas razones éticas se le han sumado una larga serie de razones prácticas relacionadas con la sostenibilidad del planeta.

Pero mi adhesión al cosmopolitismo no es sólo intelectual y política. También es un sentimiento, una emoción. Nací y crecí entre Manizales y Medellín, dos ciudades incrustadas en las montañas de los Andes colombianos. Quizás de allí y del resto de América Latina, más que de Colombia, viene lo que tengo de identidad nacional. Pero con el paso de los años y los viajes esa identidad se ha vuelto más difusa y más porosa. Hoy siento que mi patria es un collage de emociones compuesto de cosas tan diversas como el frío tropical de la cordillera de Los Andes, los ensayos de Montaigne, el Long Lost Lake en Minnesota, una charla con cualquiera de mis amigos, el Edicto de Nantes de Henri IV, el río Arma, los caminos de la Chartreuse, el café Tortoni en Buenos Aires, la Memorial Library en Madison-Wisconsin, el olor de la lavanda en la Drome, un sueño en francés, el páramo de Chingaza, La plaza de la constitución en ciudad de México, la quinta sinfonía de Tchaikovsy, los árboles de Mazingira, el Mistral que sopla en Taulignant, el Segundo Tratado del Gobierno Civil de Locke, la iglesia del Sablon en Bruselas, las aguas tibias del mar Caribe, el número 1 de la avenida Thermidor, en Waterloo, un atardecer en el Vercors y miles de cosas más que han ido haciendo de mí lo que hoy en día soy.

Como ustedes ven, una parte muy importante de mi país difuso está aquí, en Francia, e incluso en este mismo auditorio. Por eso, para terminar, quiero expresar mi infinita gratitud, no sólo a los colegas franceses y latinoamericanos que mencioné al inicio, sino a esta escuela, a los amigos que hoy me acompañan y a la tradición intelectual de este país que es una parte esencial de mi patria difusa.

***

Mauricio García Villegas
 
Manizales  1959. Su vida académica ha estado dedicada al estudio de las instituciones jurídicas y la aplicación de ellas en el mundo real. Abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, doctor en ciencia política de la Universidad Católica de Louvain-La-Neuve (Bélgica), con estudios post-doctorales en la Universidad de Wisconsin-Madison (USA). 
 
Se ha desempeñado como Magistrado auxiliar de la Corte Constitucional y como Director del CIJUS (Centro de Investigaciones Sociojurídicas de la Universidad de los Andes). Actualmente es profesor de la Facultad de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia e investigador asociado del Institute for Legal Studies de la Universidad de Wisconsin-Madison.
 
Esta preparación dio como resultado la confección de obras fundamentales para el entendimiento de la aplicación del derecho en Colombia, entre ellas se destacan "La eficacia simbólica del derecho", "Mayorías sin democracia", "Normas de papel". Su último libro, publicado el pasado 26 de junio, día en que recibió el doctorado honoris causa por parte de la Escuela Normal Superior de Francia, se titula "Los poderes del derecho. Análisis comparado de estudios sociopolíticos del derecho", que trata el tema del poder del derecho en Colombia, Estados Unidos y Francia.
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