Un museo gitano en Bucarest

Este espacio de 2.000 metros cuadrados es el primero en su estilo que no se limita a la etnografía. En un país marcado por las discriminaciones, los rom de Rumania exponen su historia y su arte contemporáneo lejos del exotismo y los prejuicios.

Para llegar al Museo de la Cultura Rom hay que bajar en la parada Museo de la Cultura Rom. El detalle, que parecería banal en cualquier otra ciudad, tiene una importancia vital en Bucarest. “No sólo porque la gente tiene la impresión de que es lejísimos del centro sino porque esa era una manera de que reconocieran que existimos”, explica Adrian Schiop. El novelista, junto con el antropólogo Cristain Necula y el profesor Vintila Mihailescu, forma parte del equipo que hace cinco años comenzó a escribir el proyecto del museo.

Obtener que la RATB, que administra las redes de transporte de Bucarest, autorizara el nombre para la nueva parada de la ruta 162 en el barrio de Giule?ti, no fue un problema mayor. “Fuimos a hablar con ellos y lo aceptaron así no más”, dice Schiop. Lo complicado era lograr que se aceptara que podía existir un museo de las culturas roms en un país que todavía no acaba de aceptar que los roms pueden tener una cultura.

“¿Un museo? Yo estoy proponiendo un proyecto de ley para que se prohíba el uso del término rom que ellos inventaron para que piensen que son rumanos, cuando no lo son. Por eso hay que volver a llamarlos tigani”, dice Bogdan Diaconu, líder del partido ultranacionalista Rumania Unida, frente a una imagen de su ídolo, Vlad Tepes. Como nigger en Estados Unidos o indio en Colombia, la palabra puede tener una connotación muy negativa, y la opinión de Diaconu está lejos de ser aislada. En Rumania, como en otros países de Europa, aún es común la escena en la que un taxista o conductor de bus se niega a transportar gitanos. Cuando se anunció el proyecto del museo surgieron voces de indignación e incluso circuló el rumor de que tras él se encontraba la mano del filántropo húngaro-estadounidense George Soros, quien buscaría desestabilizar la identidad rumana.

La oposición, sin embargo, no vino de los habitantes de Giule?ti, que es, junto con Ferentari, uno de los dos barrios con mayor población gitana en Bucarest, y el más pobre de los dos. “Al principio decían que con ese museo esto se iba a llenar de tugurios, pero la pobreza ya existía aquí. No son los gitanos los que la trajeron”, dice Maria, una vecina en un parque mal mantenido junto a un conjunto de bloques en Giule?ti. “Pero eso no ha pasado. Al contrario, todo lo que han dicho del museo ha servido para que la gente al menos se entere de que este barrio existe”.

Con un costo de 400.000 euros, financiados por la Comisión Europea, y una superficie de 2.000 metros cuadrados, el edificio ya estaba prefabricado cuando, luego de varias solicitudes sin respuesta hechas por Necula y la asociación Romano ButiQ a otras alcaldías locales, el vicealcalde del Distrito 6 de Bucarest, Gabriel Petrea, firmó la autorización para que fuera instalado en Giule?ti, donde el director de la organización no gubernamental KNCO, Khalid Inayeh, podía cederles un terreno.

El cuerpo central de la edificación reproduce la forma de una rueda de carreta. Aunque la desaparición de los oficios tradicionales, como la fabricación y reparación de ollas, la herrería y la venta itinerante, ha llevado a la mayoría de los gitanos europeos a la sedentarización, la rueda sigue siendo un elemento ligado a la identidad de las comunidades. No por nada está en el centro de la bandera creada por los roms rumanos en 1933 y adoptada como oficial en el primer congreso mundial de la etnia en Londres en 1971.

“El museo tiene una boutique en la que vendemos productos tradicionales, pero la idea de lo que exponemos es alejarnos de los clichés”, explica Schiop, quien admite también que la dimensión política tiene su peso. La primera exposición, aún cuando faltaba mucho para la inauguración oficial, se llamó Los roms para Rumania y tuvo por subtítulo Una pequeña muestra de los 400 años de aportes de los roms a la cultura rumana. En la distribución actual, las primeras salas están dedicadas a Nicolae Gheorghe, un filósofo y sociólogo nacido en una familia de músicos gitanos que ha sido llamado el “Martin Luther King de los roms” y que desde los años setenta, en plena dictadura, hasta su muerte en 2013 luchó por los derechos de la comunidad. En el museo está instalada una reconstrucción de la oficina de Gheorghe con sus muebles originales y varios retratos del personaje alrededor.

Aunque ya existen en Europa dos museos dedicados a los roms, el Romske Kultury en la República Checa y el Muzej Romske Kulture en Serbia, el de Bucarest es el primero que se aleja de la perspectiva puramente documental y etnográfica. “Así como es importante para que quienes no son gitanos descubran la historia y tradiciones de un grupo que está en Europa desde hace mil años y que no puede seguir siendo considerado como de recién llegados, el museo es importante para la autoestima de los roms, que deben dejar de considerar que la marginalización es una condición aceptable”, dice Schiop.

Por eso, otro de los ejes del museo es la colección permanente de obras de artistas roms contemporáneos que nada tienen que ver con la visión romántica y exótica de la vida gitana. En una de ellas se le da vuelta a la idea de la “gitana sensual”, agregando al retrato de una mujer desnuda la inscripción “She is not pop art”; en otra, la figura de la Madre Patria rumana deja de ser blanca para convertirse en una mujer rom. El cuadro desató la furia de los sectores conservadores de Bucarest.

“Así de difícil les quedaba aceptar que los roms también somos parte de este país”, explica George Mihai Vasilescu, autor de las dos obras. Cuando en junio de 2014 expuso en el Museo de la Vida Campesina Rumana una serie de retratos de intérpretes de manele, un género musical propio de los gitanos de las grandes ciudades de Rumania, medios como el periódico religioso Cuvântul Ortodox (La palabra ortodoxa) lideraron una agresiva campaña en su contra en la que participaron también varios columnistas del diario nacional Adevarul y que terminó con amenazas de agresión en la bandeja de entrada del correo electrónico del director de la institución. Lo acusaban de humillar al país al admitir que los retratos de gitanos fueran considerados representativos de la cultura nacional.

Otra de las obras de Vasilescu que hace parte de la colección del Museo es una instalación en la que se representan siluetas humanas con espejos en el lugar donde va el rostro, de manera que el espectador que las mira de frente termina por hacer parte de ellas. La obra evoca el porrajmos, el holocausto gitano llevado a cabo por los nazis, y, como en el caso de la Shoah, con la complicidad de la mayoría de los gobierno europeos. Cerca de 500.000 roms fueron asesinados en los campos de concentración, 36.000 de ellos originarios de Rumania, un país donde hasta 1856 fue legal que los señores feudales poseyeran y comerciaran esclavos gitanos.

Schiop admite que, aunque el gran objetivo es atraer a quienes desconocen la cultura rom y, aún mejor, a quienes una visita al museo podría llevarlos a deshacerse de sus prejuicios, la mayoría de quienes vienen entre semana son personas que ya tienen conocimientos previos o al menos un cierto interés sin prejuicios por las manifestaciones de la cultura rom. La situación es diferente cuando se realizan eventos especiales y los asistentes pueden llegar a ser varios centenares.

“Durante la inauguración, por ejemplo. Aunque mucha gente venía con la idea de encontrar música popular y bailes exóticos, todos estaban muy satisfechos de descubrir manifestaciones modernas de la cultura rom”.

El museo es además la sede de una biblioteca y un centro de estudios y cuenta con espacios en los que se realizan talleres con miembros de la comunidad de Giule?ti. Mihaela Dragan, quien se ocupa de uno de los grupos de teatro que allí se reúnen, dice que se busca que la creación no se limite al trabajo manual y sirva como una manera de expresar la problemática de las comunidades roms, así como sus reivindicaciones y derechos.

Mientras la colección permanente continúa creciendo, aún hay espacio en el museo para exponer las creaciones que salen de estos talleres. “Hay que admitir que esto es aún un work in progress”, dice Schiop. “Tanto así que la estructura fue imaginada para poder desmontarse. Así como los campamentos de los gitanos”.

Ahora, sin embargo, la parada de la ruta 162 está bien marcada y, a pesar de que el pasado 10 de diciembre un incendio cuyas causas no han sido determinadas destruyó cerca de cuarenta metros cuadrados de las bodegas de la institución, los creadores del Museo de la Cultura Rom confían en que aquí podrán quedarse.

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