Nació el 20 de febrero de 1967

Kurt Cobain: un niño cualquiera

Como homenaje al músico estadounidense, que el martes 20 de febrero cumpliría 51 años, revivimos este artículo publicado el 14 de abril de 2014.

Kurt Cobain a finales de los 80.EFE

Cuando Kurt Cobain se suicidó, hace veinte años, John Lennon llevaba menos de catorce años muerto. Los dos sucesos marcaban el final de dos épocas. Los disparos frente al edificio Dakota eran el punto final del sueño de los setenta, de ese mundo descrito en Imagine. El disparo en el invernadero de Seattle daba por terminados los tiempos del rock alternativo, una generación que había heredado el espíritu contestatario de sus predecesores, pero al mismo tiempo aprendido la lección de que la revuelta siempre terminaba en una derrota melancólica.

El aniversario de la muerte de Cobain ha vuelto a poner sobre la mesa un montón de falsas ideas y de mitos, tanto sobre su biografía como sobre el Cobain personaje. Quienes escucharon su música en los noventa y quienes ni siquiera habían nacido entonces pero lo han puesto en su panteón personal no dejaron de sorprenderse cuando el pasado febrero el ayuntamiento de Aberdeen anunció que cada año se celebraría el “Día de Kurt Cobain”. Si había algo de gratitud en el hecho de poner a la entrada del pueblo ese letrero que dice “Welcome to Aberdeen. Come as You Are”, la idea del Día Cobain, es una negación total de lo que Kurt pensaba del lugar donde nació, “un lugar donde sólo hay rednecks, armas y licor”.

A pesar de una ligera hiperactividad, tratada con ritalina, el hijo de Dan Cobain (un empleado de taller) y de Wendy (de soltera Fradenburg), una mesera de cafetería, no tendría una niñez más triste que la de la mayoría de niños de su generación en ese rincón decadente de los Estados Unidos.

Durante los años setenta, Kurt Donald Cobain se la llevó bien con su hermana menor, se destacó en la clase de artes y aprendió a tocar el tambor con una tía que en sus ratos libres se presentaba en los bares del pueblo. Las cosas cambiarían a los once años, cuando luego de la separación de sus padres (ese legendario divorcio del que hablaría años después en su canción Serve the Servants) comenzó la época de las mudanzas y la vida entre las casas de sus padres y el remolque, donde durante algunas temporadas lo recibían sus abuelos antes de enviarlo a donde algunos de sus tíos.

A los catorce años, Kurt recibió su primera guitarra como regalo de un tío, y al mismo tiempo que intentaba tocar las canciones de los Beatles que conocía, descubrió el punk gracias a un chico de nombre Matt Lukin. El 29 de marzo de 1983, viajó hasta Seattle para ver su primer concierto. Se presentaba Sammy Hagar, un ícono de esa música glam que luego él declararía aborrecer. Quizás por eso siempre que se lo preguntaron dijo que su primer concierto había sido uno de la banda hardcore Black Flag o de The Melvins, otro de los grupos “duros de la región”, en el que tocaba su amigo Matt.

Entre los ensayos de The Melvins, a los que asistía siempre, y sus vagabundeos por el pueblo, Kurt dio con un chico hijo de una peluquera croata de Aberdeen. Se llamaba Chris Novoselic y se ganaba la vida ayudando a descargar botes de pesca en Gray’s Harbor.

Chris compartía la doble admiración por el punk duro y las canciones melódicas de los Beatles y de Creedence Clearwater Revival. Mientras Kurt se ganaba la vida como botones de hotel y vigilante de hospital, los dos comenzaron a ensayar en el segundo piso del salón de belleza de la madre de Chris.

La banda, por la que desfilaron una docena de músicos, se llamaría The Sellouts, Skid Row, Fecal Matter y Ted, Ed & Fred, daría decenas de conciertos en bodegas y centros comunitarios y haría un especial en la estación local Radio K.A.O.S, antes de que Jonathan Poneman, uno de los directores de SubPop, la compañía que a pesar de un presupuesto ínfimo estaba poniendo a sonar en toda la Costa Oeste la música de Seattle, les dijera que quería producirles un sencillo.

Lo que sigue después es la historia conocida. El sencillo, un cover de la banda holandesa Shocking Blue, titulado Love Buzz, sería el punto de partida para Bleach, un álbum grabado con plata prestada por un tipo que pidió a cambio aparecer en los créditos como segundo guitarrista.

Si no hubiese existido Smells like Teen Spirit, esa canción maldita que Kurt se negaba a tocar al final de su vida, harto de que lo limitaran a ella, ni Nevermind, ni las giras de estadios, Bleach habría bastado para garantizarle a la banda un lugar en la historia de la música. O al menos entre los que creían en la música alternativa antes de que el término se pusiera de moda. Tal vez Kurt habría envejecido tocando en pequeños locales como su ídolo, Guy Picciotto, de la banda Fugazi, que rechazó siempre los llamados de las grandes disqueras con el argumento de que si firmaba nunca más podría terminar un concierto bajándose a tomar una cerveza tranquilamente con sus fans.

Tal vez habría sido mejor así, porque a Kurt no sólo no le gustaba la fama, sino que no podía con ella. Por eso nunca cambió su viejo auto ni tuvo más que un par de zapatos. Los Converse rotos que tenía puestos, eso se dice, pero puede ser una leyenda, el día de la llamada de Poneman.

Fue en octubre de 1988. Esa noche Cobain le escribió una breve carta a Dale Crover, el baterista de The Melvins que había tocado algunas veces la percusión para esa pareja de tipos raros que eran Cobain y Novoselic. La última línea de la carta decía: “Nuestro último y definitivo nombre es Nirvana”.

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