Un nominado de paz

Más de 2.500 adhesiones y 180 instituciones apoyan su postulación al Premio Nobel por su iniciativa ‘tender puentes’ que, a través de la música, promueve la paz en las naciones en conflicto.

Esa fue una tarde excepcional. El invierno porteño vestía de un profundo blanco el cielo. La gente, en multitud, se agolpaba en la 9 de Julio, frente al Obelisco, a la espera de la música. No importaba el frío; al fin y al cabo, un piano, gratuitamente, encendería sus almas.

Cuando la Orquesta Típica El Porvenir hizo su aparición, el público, congelado, se puso de pie.

De repente se empezó a oír la versión sinfónica de Gallo Ciego. Los intérpretes no eran grandes músicos. Se trataba de un grupo de jóvenes mayores de 13 años y menores de 20, todos de extracción humilde, provenientes de zonas vulnerables, amantes devotos del tango, de la música.

Ellos, en un sentido homenaje, hicieron la antesala para la gran función del día. Ahora el turno era para otros jóvenes, su inspiración, los integrantes de una orquesta dirigida por Daniel Barenboim: la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente.

Esa tarde, con la obertura de Leonore III y la Quinta Sinfonía de Beethoven, el pianista y sus pupilos estremecieron a casi diez mil personas.

Una amalgama ejemplar

Cuando la filosofía es llevada a la praxis y se conjuga con un arte, generalmente sucede algo maravilloso. Y algo maravilloso ocurrió cuando el filósofo Edward Said materializó una idea junto al director judío Daniel Barenboim.

Era 1999. Weimar acababa de ser nombrada capital cultural de Europa. Allí, Daniel Barenboim fue invitado a dar un concierto. En ese momento se percató de que podía aprovechar la oportunidad para consolidar su sueño. Entonces, junto a Said, audicionaron a un grupo de jóvenes árabes, palestinos e israelíes.

Las razones eran sencillas: crear un semillero multicultural que sintiera fervor por la música, decantar el pasado violento de los muchachos a través de los sonidos y demostrar la posibilidad de unión entre los pueblos enemigos.

Días después se creó el primer taller formativo. Allí, los jóvenes seleccionados fueron instruidos por Barenboim, quien dedicó siete horas diarias durante tres semanas para hacer de los chicos verdaderos miembros de una orquesta.

Al final de los ensayos, Said —el denunciante de los “persistentes y sutiles prejuicios eurocéntricos contra los pueblos árabes-islámicos y su cultura”— acompañaba a los jóvenes en tertulias nocturnas. Diría él mismo, narrando su experiencia: “Hablábamos de música, literatura, historia y, por supuesto, política”.

Barenboim y Said fueron maestros, pero también hicieron las veces de padres de estos chicos. Se familiarizaron tanto con cada uno que pudieron conocer sus orígenes, sus anhelos y sus miedos.

Una vez formado el primer grupo, la orquesta comenzó giras por distintos países, incluso pasaron por territorios de alta tensión bélica, como Imjingak, situada en una zona desmilitarizada entre las dos Coreas. Un mensaje siempre los acompañaba: servir como ejemplo de convivencia intercultural.

A partir de 2002 el grupo fue adoptado por el Gobierno de Andalucía. Desde entonces, Sevilla se convirtió en su sede.

Gracias a su labor, Barenboim y Said recibieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2002. El talento juvenil también fue premiado: la Asociación de Artistas Japoneses le concedió a la orquesta el Premio Imperial. Más adelante fueron ganadores de un Emmy Internacional por su DVD Knowledge is the beginning.

Ejemplo de convivencia

Desde la muerte de Edward Said, en septiembre de 2003, Daniel Barenboim ha llevado solo la batuta de la orquesta.

Para él, la música es y seguirá siendo una muestra de la convivencia pacífica entre los pueblos del mundo. Y lo dice con conocimiento de causa. A pesar de haber nacido en Argentina, se trasladó, junto a su familia judía de origen ruso, a Israel. Ya consciente de su pasión por el piano, más adelante se mudó a Austria, donde estudió su carrera musical. Ha vivido en Francia, Alemania y España y, a raíz de sus viajes y de las distintas fronteras raciales que vio en cada país, decidió fomentar el diálogo intercultural, especialmente entre árabes y judíos.

Diría en una ocasión en Buenos Aires: “Esta orquesta pregona un mensaje: tenemos que acostumbrarnos a vivir juntos. Ese maldito conflicto no es ni militar ni político. Es un conflicto humano de los dos pueblos que están profundamente convencidos de tener derecho de vivir en el mismo pequeño pedazo de tierra. Es muy difícil resolverlo”.

Hace unos días fue postulado por la Academia Argentina de Letras para el Premio Nobel de la Paz por su labor conciliadora en Medio Oriente.

Su respuesta a la postulación fue inmediata; desde Seúl el pianista de 69 años contestó: “Prefiero no comentar nada sobre eso. O uno gana el premio, y entonces tiene que meditar muy bien qué decir, o uno no lo gana... y entonces conviene estar callado”.

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