El cisne: libros y espacios

Un poema debe entenderse

Apenas en 1987, con la publicación de “Luz de lluvia” (1986), Joan Margarit sintió que iniciaba “su poesía”: tenía cuarenta y ocho años.

Joan Margarit, un defensor a ultranza de la poesía. / Cortesía

Resulta que a veces los poetas se adhieren, más bien se instalan, y entonces, empiezan a aparecer en todas partes. Hace unos meses en el Club de Lectura Internacional Medellín-Barcelona leímos a un poeta, a Joan Margarit; el libro se llamaba Amar es dónde. Los participantes en Colombia pidieron escuchar algunos poemas leídos en catalán y asimismo, aquí en Barcelona, pidieron oír con acento colombiano, paisa exactamente, los versos de Margarit en castellano. No mucho después, en el Ateneo Barcelonés, uno de los lugares con más paz y luz en pleno centro de la ciudad, estaba puesto como novedad un libro llamado Un mal poema ensucia el mundo (Arpa editores, 2016), de Joan Margarit. Se podía leer en la biblioteca, pero no pedir prestado todavía, era una novedad y había lista de espera. Tres turnos-meses después lo recibí. Había alcanzado a ojear el prólogo y algunas de las primeras páginas, que fueron suficientes para tener paciencia.

Ahí estaba otra vez el poeta catalán, pero ahora en prosa, en ensayos, cartas o conferencias. Un compilado de sabiduría, de dignidad, de pasión y verdades dolorosas en un solo tomo que reunía los prólogos de sus libros escritos entre 1988 y 2014. Margarit, nacido en Sanahüja, Lleida, en 1938, es también arquitecto, ahora profesor jubilado de cálculo y estructuras de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona. Le han otorgado, entre otros, el Premio Nacional de Poesía (2008) y el Premio Nacional de Crítica (1984, 2008) en España.

Escribió su primer poema a los 16 años, de amor a una compañera de colegio, en Santa Cruz de Tenerife, a donde se fue a vivir su familia en 1954. Cuenta que sus inicios en la poesía fueron complicados a causa de su bilingüismo, pues en casa hablaban catalán, en ese entonces a escondidas por prohibiciones de la dictadura, y afuera, en la calle y en los colegios, castellano, idioma de la literatura y la política. Más tarde, cuando comenzó a estudiar arquitectura, viajaba hasta Barcelona en barco, en trayectos que podían durar cinco o hasta diez días. A partir de 1961 se quedó a vivir en Barcelona, donde trabajaba como arquitecto lejos del ambiente literario. Durante este período escribió lo que pudo, pero solo en 1987, con la publicación de Luz de lluvia (1986), sintió que iniciaba “su poesía”: tenía cuarenta y ocho años.

¿Cómo su prosa puede llegar tan hondo?, ¿qué hicieron-qué harán, entonces sus poemas? Margarit cuenta que aprendió de su hija Joana, quien sufría una discapacidad, que sólo el afecto generaba más afecto y que siempre creyó que tras la muerte de él y de su esposa, la hija quedaría desamparada, pero que fueron ellos dos los que quedaron en ese estado; ahora, en el Cementerio de Montjüic, tiene dos hijas enterradas. Anna, quien falleció a los pocos días de nacer, y Joana, quien vivió treinta años: “Amar es un lugar/ Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos / Y también el lugar donde queda la vida”.

Su trayectoria poética la describe como “una suma de equivocaciones, sentimientos heridos, entusiasmos tardíos y trabajos forzados”. Cuenta que comenzó mal como poeta, con el error de la autodidáctica, cuando pensaba que la poesía era solo decir algo sin ningún tipo de técnica. Años más tarde, después de leer a los clásicos, de equivocarse, de publicar un libro del que ahora se arrepiente, descubrió que “los poemas deben surgir de la vida del poeta, pero que, perteneciendo a su vida, también sean parte de la de los demás, que el lector se reconozca en ellos”. Afirma que la exactitud de las palabras que se escogen, trae consigo el poder de consolación de la poesía. Para él, escribir un poema es una forma de amar.

¿Para qué sirve la poesía? ¿Para qué le sirve al poeta escribirla y al lector leerla?, se pregunta. Para Margarit esto es un solo bloque: poeta-poema-lector, sin uno no existe el otro. Compara al poema con una partitura que puede ser interpretada de diversas formas, y al lector no con quien va al concierto sino con el propio intérprete de estas notas. El lector posee instrumentos para hacerlo: su vida, sus sueños, miedos, frustraciones; esto convertiría al poema en un elemento en constante cambio y adaptación. Según Margarit, la poesía sirve para introducir en la soledad de las personas algún cambio que proporcione un mayor orden interior frente al desorden de la vida. Y algo esencial: un poema debe entenderse.

Quien se ha acercado al poema con su formación y conocimientos mas no con su vida, no ha comenzado todavía a leerlo, porque el poema se manifiesta cuando establece una relación con el lector. Es cierto que a veces el desorden de la vida se enfrenta con entretenimiento banal, alcohol, compras, redes sociales. Y más cierto aún es que de éstos se sale igual, quizás peor que antes. Entonces uno lee a Margarit y se le ordena el interior, tal como él afirma. Por eso ahora, con el poeta instalado, adherido, se espera poder verlo en persona, oírlo hablar y mientras tanto seguir leyendo sus poemas.

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