Un recuerdo de Borges

El próximo martes se cumplen 30 años de la muerte de Jorge Luis Borges, quien para los críticos es un escritor fundamental dentro de la literatura.

Un día del año 1976 que me dirigía de regreso de la Universidad Nacional donde cursaba mis estudios de filosofía al apartamento en el que vivía con mi padre y mi hermano en el centro de Bogotá encontré parado al frente de la entrada de la Biblioteca Nacional a Jorge Luis Borges conversando con el poeta, ensayista y el crítico literario colombiano Juan Gustavo Cobo Borda a quien había conocido un tiempo atrás en un reunión social a la que me había invitado su novia que era compañera mía de estudios. Al verlo de cerca quedé paralizado y perplejo; no podía creer que me encontraba frente a una de las leyendas vivas de la literatura universal hasta el punto que no me atreví a acercarme a saludar a Cobo Borda y de esa manera lograr que me lo presentara. Parálisis emocional que por supuesto siempre he lamentado pero que, sin embargo, me permitió contemplarlo durante unos instantes. Y ahí descubrí que había disfrazado su grandeza, como siempre lo solía hacer, de la máscara y los ropajes de un hombre común y corriente, anónimo e intrascendente que departía afable y alegremente en la calle con uno de sus pares. Y al percibirlo así me esforcé en seguida por adivinar la que decía, por escuchar desde la distancia sus palabras inaudibles con las que me revelara el sentido profundo de algunas de las extraordinarias ficciones que había escrito y que en esos años juveniles apenas comenzaba a leer. Pero no pude escucharlas porque no solo me separaba de él unos metros de distancia sino también porque a los pocos minutos ingresaron al edificio de la Biblioteca.

Un tiempo más tarde después de haber leído la gran mayoría de sus relatos y algunos de sus ensayos y poemas me pregunté con cierto asombro cómo podía un hombre como él que había perdido la vista a la edad de 55 años sentirse pleno y satisfecho con la vida como lo expresaba su rostro en ese momento fugaz que lo vi. Y esta pregunta no tardé mucho tiempo en contestarla: era un hombre satisfecho con su existencia porque esa pérdida sentida como grave y dolorosa por la inmensa mayoría de los seres humanos que la sufrían no era para él tal porque no le había impedido seguir viendo todas las cosas del mundo. Pues Jorge Luis Borges era un hombre que no solo veía el mundo usando su órgano natural de la vista, usando sus ojos, sino sobre todo leyendo las letras con las que estaban compuestos la enorme cantidad de libros que había leído y que después de quedar ciego le siguieron leyendo su madre Leonor Acevedo y su esposa María Kodama; para él leer era abrirse la posibilidad única de ver el mundo o algo esencial del mundo. Pero además a través de las letras de los libros podía ver el mundo mejor, más extensa y profundamente, que los que disponen de esa facultad natural de ver y que no leen libros o que leen muy poco porque lo llevan o transportan más allá del limitado y reducido espacio real sobre el que opera el órgano de la vista. Borges vio y percibió como nadie este poder de las letras escritas que superan con creces la capacidad de la mirada natural de los hombres.

Visión o comprensión de lo escrito que plasmó en su gran relato del Aleph. Como se sabe el aleph es la primera letra del alfabeto judío que indica el murmullo pre-lingüístico de Dios; Dios anuncia o revela su presencia a los hombres a través de este sonido primordial. Revelación que completará después narrando a algunos miembros del pueblo judío las características esenciales que lo identifican, la manera como creó a los hombres, algunas acciones más importantes que ha realizado y los mandatos morales que deben obedecer para que los escribieran en un texto. Por eso Dios tiene el poder de ver la totalidad del mundo en un instante porque precisamente se identifica con la letra escrita, porque en su ser esencial es la escritura. Es gracias a la letra escrita que ES como toda la infinita variedad de las cosas del mundo se le presentan a sus ojos o su mirada. La esfera de cristal tornasolada que encuentra Carlos Argentino Daneri en el sótano oscuro de una casa de Buenos Aires en su relato del Aleph que publicó en 1945 es, entonces, la forma que adquiere el aleph, es decir, la forma que toman las letras de la escritura para permitirle a él y todos los que las vean ver en ese instante la totalidad del mundo.

Todos los hombres, entonces, que acceden a las letras de los textos escritos, todos los que leen los incontables libros que existen, o por lo menos una parte de ellos, pueden ver como Raneri la inagotable variedad de cosas, seres y sucesos del mundo; y como él sumidos en la oscuridad de ese sótano pueden llegar ser como Dios al adquirir esta extraordinaria y “sobrenatural” capacidad de verlo todo con claridad. Pues en el fondo solo los que no pueden ver con sus ojos por la ceguera que los afecta o por la oscuridad que los rodea pueden leer bien con atención y penetración las letras de los textos para ver con claridad las infinitas cosas del mundo que se presentan en ellas.

De ahí que Borges siempre estuvo profundamente convencido que el lugar perfecto en donde él y todos los demás hombres pueden ver o comenzar a ver como Dios la totalidad del mundo es el lugar donde se encuentran reunidos todos los libros del mundo: la biblioteca. Las letras incontables que forman los libros son el espejo en donde se reflejan todas las infinitas cosas del universo que se les muestran a todos los que las leen. Por eso aquella tarde de un día ya lejano de 1976 que lo vi al frente de la Biblioteca Nacional en Bogotá su rostro expresaba la inmensa satisfacción que le deparaba el saber que iba a entrar una vez más a un lugar en donde podría contemplar de nuevo el mundo.

 

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