Escritores indígenas

Un reencuentro con la vida y la muerte

Lo que conocemos como escritura ha sido tomado por el pueblo indígena para consolidar sus pensamientos. Wiñay Mallki, que significa “una raíz que permanece en el tiempo”, es el nombre con el que Freddy Chicangana se ha identificado como poeta que escribe en quechua y en español.

Le dicen el “poeta indígena” porque nació en la comunidad yanacona del suroriente del Cauca y porque la gente cree que el único oficio de los indígenas es hacer artesanías. Pero no, él es más que artesanías, labrado y todo eso: “Nosotros podemos estar de igual a igual con cualquier hombre de letras de cualquier rincón del mundo”. Él es un poeta. Como lo fueron Neruda y Gonzalo Rojas, algunos de sus favoritos.

Sus primeros versos, escritos a los siete años, estuvieron dedicados a las estrellas y su padre, su mecenas, quien murió un año después al caer de un caballo. El dolor por la pérdida y ver a su madre al lado del fogón de hacer pan llorando, mientras sostenía a su hermano, lo hicieron refugiarse en el papel. En adelante escribiría sobre la vida, la tierra, la casa, el fuego, las montañas, los ríos y el viento. Todos esos lugares entre los que creció.

De sus recuerdos y vivencias surgió la palabra viva de su tradición. En cada letra ha reivindicado la historia y memoria de su pueblo, que por allá en la década de los 70 vio llegar al territorio grupos armados que les arrebataron el poco espacio que tenían para cultivar. Todos los miembros de la comunidad fueron arrinconados, vieron morir a su líder, hermanos, primos y amigos. La familia de Chicangana huyó y se salvó del terror que producía la muerte.

“Y desde la madre tierra hablo… / No hemos muerto, dijo una cabeza / Estamos en el silencio de las estrellas / En el cielo azul y las nubes rojizas / En el silencio de la noche / En la pluma que habla sobre el agua / En la cascada que golpea la piedra / Estamos como ayer / En lucha interminable”, escribió en su poema La cabeza.

Lo que conocemos como escritura ha sido tomado por el pueblo indígena para consolidar sus pensamientos. Wiñay Mallki, que significa “una raíz que permanece en el tiempo”, es el nombre con el que Freddy Chicangana se ha identificado como poeta que escribe en quechua y en español.

“La poesía es ese compromiso con la esencia de la vida. En la medida que nombramos el mundo, en la forma como creamos o recreamos imágenes, en la manera como nos acercamos a los posibles e imposibles, a los poderes que atan este universo, a las fuerzas que nos permiten volar y hacer volar, en fin, condensamos un destino común con la madre tierra: permanecer, trascender, despertar, tocar, inundar de belleza, brindar agua para refrescar el espíritu, ir a la médula humana para saber que somos sangre de la misma tierra, somos todo y nada, somos aquello que nos permite respirar mucho más hondo”.

Además de escribir para fortalecer la cultura yanacona, Chicangana trabaja por la reivindicación de su lengua original, el quechua, y la hoja de coca. Esta última, definida por él como “la santa que fue prostituida” por el narcotráfico, sana a los indígenas y los conecta con los espíritus de sus antepasados.

Cada una de sus letras guarda en su interior la memoria del origen de su comunidad, no a modo de nostalgia por el pasado, sino como una forma de relatar los elementos que están en cada espacio vivido, los sueños, los anhelos y la lucha de permanencia de su gente. Ha publicado Cantos de amor para ahuyentar la muerte, Yo Yanacona, Palabra y memoria y El colibrí de la noche desnuda y otros cantos del fuego. En cada texto está esa continua interrogación sobre nuestro paso por este mundo, sobre el mandato de los muertos frente a las adversidades con las que nos encontramos.

La poesía de Freddy Chicangana es un reencuentro con la vida y la muerte al lado de su comunidad. Es una forma de sentirse en calma frente a la barbarie e injusticia del mundo. Porque, como él mismo lo ha dicho, escribe para que su gente guarde en un baúl la memoria. Escribe para que los niños de cualquier cultura puedan vivir, soñar y construir, con ellos, el pueblo indígena. Escribe y canta para encontrarse consigo mismo en cualquier ciudad.

“Hago poesía porque en mí vive la serpiente del río Yanakuna y los pájaros de colores que a cada instante me tocan con su misterio, los cantos de los abuelos a la orilla del fuego y las preguntas que alguien me hace desde el corazón en cualquier rincón de esta tierra”.

 

últimas noticias