Un relámpago llamado Kennedy

En el Newseum, el museo del periodismo en Washington, una exposición sin precedentes rinde homenaje al presidente asesinado el 22 de noviembre de 1963.

La caravana de Kennedy pasa por el centro de Dallas el 22 de noviembre de 1963, momentos antes de los disparos contra el presidente. / Bettmann / Corbis

En el primer debate presidencial televisado de la historia, el 26 de septiembre de 1960, durante la campaña por la Presidencia de Estados Unidos, la imagen formidable de John Fitzgerald Kennedy venció a la de Richard Nixon. Entonces fue evidente que Kennedy, ese hombre de 43 años que se convertiría en el más joven en llegar a la Presidencia, sabía sobre el poder de la imagen en relación con la política. Su paso por la Casa Blanca ocupó las primeras planas, pero su asesinato marcaría un punto de inflexión en la historia del país norteamericano y el desarrollo de los medios de comunicación.

La imagen de la primera dama, Jacqueline Kennedy, una celebridad de proporciones hollywoodenses, contribuyó a que el presidente rompiera marcas de rating y ventas en los canales y periódicos que llevaban su imagen. Una estrategia política de la familia fue contratar, desde que Kennedy era senador, a Jacques Lowe como su fotógrafo personal. Lowe murió en mayo de 2001 y los negativos de más de 40.000 fotos que tomó de la vida íntima de los Kennedy y de sus hijos, Caroline y John, quedaron archivados en el World Trade Center. La mayoría se destruyó con los ataques terroristas del 9/11. De las 1.500 hojas de contactos que sobrevivieron, 170 imágenes fueron reconstruidas y ahora se pueden ver en la exposición Creating Camelot: The Kennedy Photography of Jacques Lowe, en el museo del periodismo, Newseum, de la capital estadounidense.

Cargados con el magnetismo mediático de la familia presidencial, los mil días de Kennedy en el poder se convirtieron en un momento mágico de la historia del país. Entre otros logros, convenció a los soviéticos de que retiraran sus misiles de Cuba y así solucionó por vía pacífica el momento más peligroso de la Guerra Fría; propuso al Congreso poner al hombre en la Luna a finales de los 60; fue hasta Berlín Occidental para declararse berlinés y criticar el “fracaso” del comunismo, y —tal vez su legado más importante— impulsó los derechos civiles en un país donde aún había segregación racial en autobuses, restaurantes, teatros, escuelas y empresas.

En la memoria de quienes vivieron la época está el 11 de junio de 1963, cuando Kennedy ordenó a la Guardia Nacional de Alabama presentarse en la Universidad de Alabama para exigir la admisión de dos afroamericanos a quienes se les bloqueaba la entrada al instituto. Esa noche, el presidente dio su histórico discurso sobre los derechos civiles. Ted Thompson, un afroamericano de 75 años que recorre los pasillos del Newseum, recuerda que tener un presidente tan joven después de Eisenhower, que llegó a sus sesentas en la Presidencia, rejuveneció a la sociedad. “Kennedy fue como un relámpago, un destello. Sus ideas nos hacían pensar que íbamos a cambiar el mundo. De hecho, muchas cosas cambiaron para nosotros. Un año después de su muerte se acabó con la injusticia racial, se aprobaron los derechos civiles por los que luchó. También se aprobó el Medicare. Pero su asesinato aún era inconcebible, un fracaso para toda la nación”, dice.

El 22 de noviembre de 1963, el fin del destello de Kennedy se convirtió en uno de los episodios más oscuros vividos en EE.UU. El presidente había ido a Texas para visitar el estado del vicepresidente, Lyndon B. Johnson, arreglar una disputa entre demócratas e impulsar su candidatura a la reelección en 1964. Después de dar un discurso en Forth Worth viajó con su esposa a Dallas. Estaba programado que hablaría en el Dallas Trade Mart a la hora del almuerzo, después de recorrer en una caravana la ciudad. Descapotaron la limusina presidencial porque era un día soleado y la multitud quería ver a su presidente.

Aunque en las calles sólo se veía júbilo, la ciudad albergaba grupos que rechazaban a Kennedy. Ese día, el Dallas Morning News publicó una página entera criticando su labor y acusándolo de tener tendencias procomunistas. Por la ciudad se difundieron panfletos con su foto que decían “Se busca por traición” y lo acusaban de ser contrario a la Constitución, de vender la soberanía nacional a las Naciones Unidas controladas por los comunistas y de invadir ilegalmente la soberanía de otro país (por la frustrada invasión a Bahía Cochinos, Cuba). En medio de la algarabía, la atmósfera política era tensa.

Merrinam Smith, reportero de la agencia United Press International, iba en la caravana presidencial, en un carro con otros tres periodistas. Fue el primero en dar la noticia: “Tres balas fueron disparadas contra la caravana de los Kennedy hoy, en el centro de Dallas”, decía el boletín que emitió por el único teléfono instalado en el auto. Desde entonces, cientos de reportes inundaron los teletipos. Algunos aseguraban que el muerto era el gobernador de Texas; otros, que era un agente del Servicio Secreto. Mientras tanto, la limusina llegó hasta el Parkland Memorial Hospital, donde minutos después se confirmó el fallecimiento del jefe de Estado.

Sentada en una banca del Newseum y absorta en las fotos del expresidente está Margie Willis, una anciana dedicada a estudiar la historia presidencial, que tenía 18 años ese viernes en que Kennedy recibió un disparo mortal en la cabeza. “Todos los estadounidenses recordamos ese día. Yo estaba en el colegio, en Los Ángeles, y suspendieron las clases. Nos enviaron a la casa, nos explicaron que le habían disparado al presidente. Por la calle le decíamos a la gente que encendiera el radio y la televisión, que Kennedy había recibido un disparo, pero preferían no creer y seguir sus rutinas. Cuando se confirmó la noticia, empezaron días de mucha confusión, que cambiaron para siempre las normas de seguridad para los funcionarios del Estado y la forma de cubrir noticias”.

Frank Stanton, el presidente de CBS, ordenó que sus redes de radio y televisión llevaran sólo la noticia del asesinato, sin cortes comerciales ni programación ordinaria, hasta que Kennedy fuera enterrado el lunes 25 de noviembre. Las cadenas ABC y NBS hicieron prácticamente lo mismo. Por primera vez se cubría una noticia durante las 24 horas del día. Fueron cuatro días en que se transmitió la muerte de Kennedy, la captura del supuesto asesino, el juramento de Lyndon B. Johnson como nuevo jefe de Estado, el asesinato del supuesto asesino y el funeral del presidente fallecido.

En medio de semejante despliegue mediático, el único que grabó con precisión el momento en que Kennedy recibió el disparo no fue un periodista sino un ruso llamado Abraham Zapruder, con una cámara Bell and Howell de 8 milímetros (exhibida en el Newseum), cuando nadie hablaba de periodismo ciudadano. Su filmación es una de las más vistas del planeta y fue clave para la investigación y el registro de los hechos.

Una hora y 20 minutos después del asesinato, Lee Harvey Oswald fue capturado en el Teatro Texas. Según testigos, le había disparado al presidente desde el sexto piso del Depósito de Libros Escolares de Texas. El 24 de noviembre los reporteros se reunieron en los cuarteles de la Policía de Dallas para transmitir el traslado de Oswald a una cárcel federal. Entre la multitud estaba Jack Ruby, dueño de un club nocturno de la ciudad. Cuando apareció Oswald esposado y escoltado por la policía, Ruby le disparó y el asesinato fue transmitido en vivo por NBC. El Newseum muestra por primera vez los objetos que portaba Oswald al ser capturado: en su billetera llevaba una foto de su hija, June Oswald, la identificación de Marine entre 1956 y 1959, su carné de operador de radares en Japón, una foto de su esposa rusa, Marina, y una identificación como miembro de un grupo procomunista llamado Fair Play for Cuba.

El mismo día en que Jackie Kennedy encendía la llama que sigue viva en el cementerio de Arlington, Virginia, durante el funeral de Estado de su marido, Oswald fue sepultado en el cementerio de Forth Worth. A falta de empleados disponibles o dispuestos, algunos reporteros terminaron cargando el ataúd del supuesto asesino. Aunque la Comisión Warren luego reiteró que Oswald era el autor del homicidio, 50 años después siguen surgiendo teorías de todo tipo. Para muchos estadounidenses, la muerte de Kennedy es simplemente inexplicable.

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@DanielSalgar1