Un tinto con Martín Caparrós

Cronista y novelista, le debe parte de su vocación a Julio Cortázar, por quien aprendió la complejidad de escribir.

Martín Caparrós en la Fiesta del Libro de Medellín, durante una de sus charlas. / Cortesía Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Una enfermera con aires de vampiresa y delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica, se acercó a un jovencito tirado en una cama, lo acarició un poco, apuntó bien, e inyectó... desde entonces lleva la escritura en la sangre. Fue un deslumbramiento. No cesa de contar historias...

Martín Caparrós viste de negro. A lo largo de un evento académico (VII Fiesta del Libro de Medellín), se enrosca el bigote, muerde un cuerito en su dedo índice, estira las piernas, quita lanas de su pantalón; no mira a los panelistas. Es un alumno aburrido en clase, que ansía oír la campana para salir a jugar.

Hora del recreo. Nos encontramos en una cafetería. Martín Caparrós me pasa su café: “No lo he probado, te lo prometo”. Se arrepiente, “mejor traigo el tuyo”, y llega con otra taza humeante.

Comienzan las historias. Martín narrador abre la boca y desde ese instante no aparta su mirada del interlocutor: “Lamento decepcionarte: yo aprendí a leer y a escribir antes de entrar a la escuela. La maestra Emilita no sabía qué hacer conmigo, dónde ponerme. En esa época debía ser especialmente insoportable. Todavía lo soy”.

¿Se equivoca?

El cronista cursó la primaria en un colegio público y laico, donde solían estudiar los hijos de profesionales de clase media. Conservando las ideas de Domingo Sarmiento, quien modificó la escuela pública argentina en el siglo XIX, todos iban a clase con el mismo “guardapolvos” (delantal) para evitar que algún niño pareciera tener o ser más que otro.

En bachillerato pasó al Colegio Nacional de Buenos Aires, también público: “Una porquería que tenemos en Argentina; es el más tradicional, con más de doscientos años. Se supone que formaba cierta élite cultural, hasta nos hacían poner corbata”. Sus egresados, reconocidos por ser “petulantes y excluyentes”, hablan de “el Colegio”, sin epítetos, como si fuera el único.

Hace un par de semanas se reunió la promoción del año 1973, la de Martín, quien no asistió, menos mal, “se hubiera deprimido mucho”. Es mejor recorrer el mundo buscando historias. Y contándolas.

Muy fuertes los padres literarios en Argentina. ¿A cuál de ellos se acercó primero?

De los grandes argentinos yo sospecho que al primero que leí fue a Cortázar. Yo lo leía fuera del curso del colegio; pero cuando tenía trece años, estaba en el tercer año (de secundaria), una profesora nos hizo leer un cuento de Cortázar, La señorita Cora, y nos hizo trabajar mucho sobre él. Fue una de mis primeras aproximaciones a la complejidad de la literatura. Desde muy chico leía muchas aventuras: a Julio Verne y Emilio Salgari, al Che Guevara, ¿que me parecían una gran aventura, sus historias de la guerra revolucionaria? Y aunque leer era lo que más me importaba en la vida, creo que era sólo una manera de escuchar historias.

¿Entonces tenía claro que su destino era narrar?

Si nos ponemos totalmente revisionistas, lo primero que hice como escritor, cuando tenía siete años, fue escribir poemas. En Argentina celebramos fiestas escolares; en esos días te daban poemas para recitar, de San Martín o quien fuera. Un día dije: yo puedo escribir poemas como estos y recitarlos en las fiestas patrias. Me acuerdo que escribí uno el Día de la Madre (declama muy rápidamente, con sonrisa amplia, sostenida): “Mamita, mamita, / vida nos has dado, / y de ello al lado / cariño y amor...”. Escribir, escribir siempre. Leía con avidez. Ese cuento de Cortázar me hizo entender que la literatura era otra cosa, que no era sólo una aventura, sino que había un nivel de complejidad, de estructura, de prosa, de ritmos, de usos del lenguaje, que era un salto extraordinario con respecto a todo eso que yo estaba leyendo. Fue un deslumbramiento para mí.

¿Y cuándo se lo tomó en serio?

Cuando dejé de escribir poemas a la mamá y escribí desgarros adolescentes, toda la oscuridad del mundo, de las chicas que no te hacían el caso que querrías. Hasta los 16 o 17 años pensé que iba a escribir poesía, como corresponde, como todo el mundo. Probablemente lo primero que escribí un poco más profesionalmente fue periodismo, porque empecé a los dieciséis. Sin embargo, te voy a hacer un reproche que no te mereces: me presentas como cronista y yo escribí diez o doce novelas. Yo siempre me pienso como novelista, como escritor que escribe novelas y un poco de no ficción, y algo he hecho mal porque me siguen presentando como cronista. Y no eres tú solamente.

Cierro el cajón del cronista, abro el del novelista. ¿Cómo construye una ficción?

Cada vez sé menos la respuesta a esa pregunta. La última novela es un caso especial, raro. Comí es falsamente autobiográfica. La anterior, Los living, fue muy curiosa: la premisa era empezar a escribir sin saber a dónde iba, muy voluntariamente. Siempre me importa la estructura de la novela, intento tenerla muy clara; con Los living fue distinto: tenía un personaje, quería contar su biografía y ver a dónde me llevaba todo esto, y la pasé muy bien, creando una lógica que me permitiera avanzar por un camino más o menos coherente, sin saber qué iba a pasar mañana. No hay nada de nada de memoria o parecido a algo que me haya pasado alguna vez en la vida, no tiene nada que ver conmigo. Me dio mucho placer esta creación de historias.

Oye, ¿estoy hablando mucho?

Estamos en recreo.

(Risas) Me había olvidado de esto, de cuando escribí mis tres primeras novelas: No velas a tus muertos, Ansay, o los infortunios de la gloria y La noche anterior. Cuando terminé la tercera novela yo debía tener veintitantos años y me acuerdo de un día en que dije: qué lástima de este muchacho (este muchacho era yo), tiene buena prosa, redacta bien, y se le ocurren más o menos cositas, ¡pero no se le ocurre una historia ni porque le peguen! Tenía la sensación de que estaba demasiado ligado a mi biografía, a lo que había vivido o leído, y me parecía un déficit duro. Ahí empecé a tratar de paliar esas cuestiones, a través de una novela con grandes propósitos, La historia, una novela que escribí durante diez años, el único libro mío que me parece que vale la pena. Y que nadie ha leído, por supuesto.

Hablamos de su proceso de escritura, de viajes extraños, historias, historias. Cuénteme una historia que lo acompañe siempre: la de su bigote.

Ahora se ha hecho más compleja la historia de mi bigote. Lo tengo desde siempre.

¿Desde los cinco años...?

A los cuatro y medio: ¡por eso la señorita Emilia no sabía qué hacer conmigo! Pero ella también tenía su bigote... no te creas. Desde que me empezó a crecer, me dejé cosas en la cara. En febrero del año ochenta me hice este bigote retorcido, ya cumplió sus 33 años, ¡Dios mío! Yo tenía una barba, vivía en España, estaba exiliado en esa época (abandonó su país por presiones de la dictadura de Jorge Videla), y mi madre me invitaba a encontrarme con ella y con mis hermanos fuera de la Argentina. Nos encontraríamos en Yucatán, en Mérida, México. En un pueblo fui a un barbero porque me quería afeitar; tenía la silla en la calle. Le dije sáqueme esta barba y deje sólo el bigote, estaba rodeado de chicos que habían ido a ver cómo afeitaban al “güero” ahí en plena calle, y me dejó la cara limpia con este bigote. No sé por qué se me había ocurrido que quería un bigote retorcido, y me lo empecé a retorcer. Unos días después me fui a la casa de unas amigas en Nueva York, mi primera vez allí, era una ciudad bastante bruta, violenta y marginal, que después cambió. Era un lugar común que todo el mundo te dijera: es un lugar terrible, te puedes caer muerto y van a seguir caminando sobre ti. Fui con esa idea y lo que veía la confirmaba, hasta que un día llegué a unas calles donde encontré bastante gente que tenía un bigote como el mío, pelo corto parecido al mío y me miraban con simpatía y me sonreían. ¡Hum!, bueno, había encontrado mi lugar en esa ciudad. Llegué a casa en la noche y les conté a mis amigas, me preguntaron qué pasó y empezaron a sonreír. ¿Dónde estabas, Martín? En Bleeker Street y Christopher Street. ¡Ah, el barrio gay!, dijeron ellas. Y yo no era tan gay, qué sé yo. Entonces decidí que me lo iba a dejar, y lo hice durante muchos años. Me lo afeité una vez en los noventa para una película en que tuve que actuar de cura. Un día antes de la grabación, estando en Ushuaia, Tierra del Fuego, en La Patagonia, nos enteramos de que los curas no llevan bigote; un obispo que conozco me explicó que cuidarse el bigote, a diferencia de la barba, es visto por la Iglesia como un signo de coquetería. Al verme, me quedé un poco shockeado, tanto que no me lo afeité en los veintidós años siguientes. En noviembre pasado trabajé en una película, Quién mató a Mariano Ferreira, una especie de no ficción en la que el protagonista era un periodista. Mi parte de ficción era quedarme con la investigación de otro: ¡yo no quería que Caparrós se llevara la investigación de otro periodista! Pensé que la única forma de “descaparrosizarme” era quitándome el bigote. Quedé casi cinco meses sin bigote: era una revancha mía: ¡ser más fuerte que mi bigote, no podía ser su esclavo! Al final, débil como soy, lo volví a dejar crecer, más chiquito. Quiero creer que voy a poder contra él, que un día me voy a afeitar y nunca más tendré bigote.

Un detalle, tal vez insignificante pero bastante divertido, es que al final de este encuentro se oía en la cafetería la canción YMCA, de la icónica agrupación Village People.

La señorita Cora, cuento del libro Todos los fuegos el fuego, publicado por Julio Cortázar en 1966, es la enfermera joven y linda, con una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada, que tal vez sigue hablando al oído de Martín Caparrós cada vez que cuenta una historia.
Nuestra charla toma la forma de un juego (bajo el efecto multiplicador de relatos que surge con sólo evocar a Julio Cortázar). Faltó más tinto, y sobre todo más tinta, para continuar con la conversación.