¿Un Vallenato de cuantas Páginas?

Muchos desapercibidos repiten, con un cierto sonsonete de estribillo, que Cien años de soledad, es, como en alguna ocasión dijera su autor, un vallenato de cuatrocientas y tantas páginas, afirmación aceptada y reputada escolásticamente (como un artículo de fe) por el público lector, o juzgada, de seguro, como apenas una salida repentista, entusiasta y folklórica del fabulador “cataqueño”.

Gabriel García Marquéz admiraba el vallenato y lo apreciaba por su esencia mítica y poética.El Espectador

Sin embargo, ese decir de García Márquez que parece una simpleza, una inexactitud y una ligereza lingüístico-definidora de su obra magna, demanda una buena escafandra reflexiva  para bucear en procura de los sentidos que parecen estar sumergidos en el agua de la ambigüedad enunciante del novelista.

En tal dirección, se nos ocurre que esa declaración del escribiente nobel es más una reivindicación de la cultura en general y no del género musical mal denominado por costumbre “vallenato”, expresión musical del Caribe colombiano  convertida hoy en una farsa y en una estafa comercial, muy distinta a la que GGM,  admiraba y apreciaba por su esencia mítica y poética, como se lee por ejemplo en dos Jirafas de marzo de 1950 en El Heraldo de Barranquilla (Abelito Villa, Escalona & Cía, tomo I, pp.. 167-8) y Rafael Escalona, ibidem, pp. 178,9), en las que espejea su admiración por los emblemáticos compositores e intérpretes vocales e instrumentales del mismo, a quienes mantuvo siempre al pie del corazón, en especial al último, calificado por él, así no estemos absolutamente de acuerdo, como el “intelectual del vallenato”, el “más popular en su propia tierra y uno de los mejores fuera de ella”.

Lo cierto es que a muchos lectores de Cien años… no deja de causarles gracia, extrañeza y confusión la comentada ocurrencia de GGM, que les ha ocasionado un batiburrillo mental porque, a ellos, cortos de un vuelo imaginativo que no trasmonta lo literal o meramente denotativo, no les puede caber en la cabeza que una novela monumental se pueda asemejar a una canción escrita y cantada con fondo de caja, guacharaca y acordeón.

Pero, entonces, ¿es posible pensar que hay algo de serio en el testimonio garciamarquiano que motivan esta nota y su decir ? Sin decir ni sí ni no, vámonos, mejor, de fiesta  con el verbo para ver qué resulta al final de esta parranda palabrera. Empecemos recordando que el mexicano Carlos Fuentes descubrió en Cien años... una tensión entre utopía (la fundación de Macondo), epopeya (la corrupción de la utopía por la fiebre del banano) y mito (fuente obligada, lo mismo que las leyendas, para saber a ciencia cierta lo ocurrido en Macondo después que fue arrasado por el ventarrón bíblico). (La nueva novela latinoamericana, 1969).

Tal aporte es clave para fijarnos en el hecho sustancial de que una de las escrituras que se ingenia GGM para contar en su novela máxima la historia “real”, no “oficial” de Colombia y de América Latina se asienta, precisamente, en los mitos y leyendas que  rondan por la orilla de la retórica mentirosa tradicional, de gusto goloso y pecaminoso de muchos de nuestros historiadores. Es como si García Márquez hubiera sabido que Arnold Toynbbee recomendaba hacer dos lecturas de la Ilíada (lo cual implica, obviamente, que en ella hay dos escrituras. A M.  A.): la de la historia para encontrar los mitos y las leyendas, y la de éstos para descubrir la verdadera historia de Grecia y del arrasamiento de Troya, por parte de la aristocracia guerrera griega que protagonizó el saqueo y la matanza, justificándola  con el cuentecito chimbo del rapto de Helena.

Y si nos empolvamos los pies en el sendero que nos guía  a la música “vallenata”, para trenzarlo con el anterior en algún recodo, acompañémonos del mismo García Márquez, un verdadero saboreador magdalenense de estos aires del entonces llamado Magdalena Grande (Guajira, Magdalena y Cesar), cuyos máximos exponentes fueron, entre otros, Escalona, Abel Antonio Villa (Abelito), Francisco (Pacho) Rada (el “inventado” Francisco el hombre), Alejandro Durán (el Papa Negro del acordeón, según Jaime Mejía Duque), Luis Enrique Martinez (El pollo vallenato), Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales, y otros escogidos y selectos exponentes raizales y ancestrales de la misma.

De ellos así se expresa nuestro ocasional y providencial Lazarillo en la  Jirafa Abelito Villa & Escalona, mencionada aquí: “Quien  haya tratado de cerca a los juglares del Magdalena—que son muchos después de Enrique Martínez, Miguel Canales, Emiliano Zuleta—podría salirme de fiador en la afirmación de que no hay una letra en los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero poeta. Exactamente como los juglares de la mejor época medieval” (Ob.cit., p.168).

Con estas dos premisas hasta aquí propuestas creo que podemos referirnos, un tanto, a la  relación Cien años…--música vallenata, como sigue:

Cien años…o la Mitificación y la Poetización de la Inmanencia

No hay en nuestro país un género musical como el llamado “vallenato”, pero el de  corte visceral, que esté más cerca de nuestro ser en sí  heideggeriano, esto es, que se enraíce con sustancia poética y mítica en el verdadero ser que somos, en nuestro real ser en sí, en nuestra identidad inmanente (imaginario, hábitos, costumbres y tendencias a reaccionar de determinadas maneras), razón por la cual, éste, el que es un efluvio espiritual, estético, de los compositores e intérpretes clásicos, desplazó, en épocas pasadas, otros géneros musicales propios, lo que perdura en la actualidad, desalojo que irónicamente y por un efecto de bumerang padece el “vallenato” de antaño, hoy esquineado un tanto por las tendencias “nuevaoleras” de una juventud despojada, por lo imperioso de la falsa moda modernizante y del afán de lucro, del sentido de la raigambre social del tradicional.

Sucede igual con Cien años…,pues, repitiendo a Picasso, para quien “el arte es una gran mentira que nos dice la verdad”, conviene destacar que antes de esta novela no se había tallado en el país, a cincel literario, un monumental espejo mítico-poético (ficcional, ficticio) que nos reflejara con asombrosa subjetividad “objetiva”,  como cédula de identidad de nuestra inmanencia de colombianos y de latinoamericanos ciegos y sordos, casi que títeres, en una realidad histórico-social interpretada y vivida falazmente, gracias a los malabarismos retóricos de los  historiadores oficiales que le impusieron a la juventud de ayer y a la viejetud de ahora, con algunas excepciones, una miope y astigmatizada visión de lo que éramos y somos todavía .

Es decir que Cien años nos permitió desplumar el cisne de nuestra impostada y engolillada inmanencia, para reconstruir el real ser en sí que somos y recuperar, parodiando a Orlando Fals Borda, lo que pudiéramos denominarse la historia doble de nuestra inmanencia, los verdaderos rasgos definitorios de nuestra personalidad histórica y humana, tal le ocurre a los españoles que deben y tienen que remitirse al Quijote para saber que existen. Es que tanto en el Quijote como en  Cien años…, así como en el llamado “vallenato” (en el raizal, en el  vernáculo, insistimos, en el de los “maestros”), no hay una sola instancia narrativa expresada con demiurgia mítico-poética que no hubiera sido estimulada por algún hecho cierto ocurrido en la vida de Cervantes y de García Márquez. Eso, por un lado.

Historia, Mito y Poesía

Por el otro, Ángel María Garibay K., dice en su libro sobre Mitología griega que “…llamaré  mitología a la relación de historias referentes a muchos hechos y personas que salen de los ámbitos de la historia y entran en la esfera de la creación poética” (Editorial Porrúa, 2000). Y esto es también lo que ocurre en 100 años…, en donde, GGM envasó, mitificados y poetizados, los hechos y acontecimientos históricos acaecidos en Latinoamérica, incluyéndonos, relacionados con nuestra historia primera de conquistas y colonizaciones extranjeras a la brava, y con la segunda, favorecida por la cómplice permisividad obsequiosa de los nacionales, con sus secuelas de brutalidad, exterminios, saqueos y abusos permanentes (porque la cosa no ha parado), viéndose precisado a refundar el mito cosmogónico en su novela, para hacer inteligible la “real” historia que nos pertenece, partiendo  de la creación mítica de Macondo (del mundo).

Por su parte, en los llamados “vallenatos”, en especial en los que estimaba sobremanera GGM, acontece el mismo fenómeno presente en Cien años, porque los autores al “componer” sus canciones no hacían otra cosa que narrar mediante textos poéticos y míticos los acontecimientos cotidianos de la región (personajes, costumbres, sucesos, etcétera) de donde eran oriundos, como se percibe con propiedad y diafanidad en las narraciones cantadas de Escalona y en la de otros celebrados compositores contemporáneos suyos.

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