Escritores indígenas

Un venado en el zapato

A través de sus entretejidos de historias, Estercilia Simanca Pushaina revisa, cuestiona y redimensiona las voces íntimas de mujeres, hombres y niños, así como las relaciones de poder entre los wayuus y de éstos con los arijunas (mestizos, árabes, europeos, etc).

Bajo las famélicas sombras de los trupillos, las acarreadoras de agua reciben pequeños abrazos de sombra para no dejarse morder por el sol, ka´i. A lo lejos de las semidesérticas pampas no sólo viene precipitándose Juyá, el hipermasculino lluvia, sino los vientos alisios que trajeron a los arijunas (los que tiran dolor) a la tierra que los wayuus llaman Woumain. En el horizonte también se observan delgados puntos móviles distorsionados por el aire caliente. Unas horas más tarde los espejismos cobran forma en los migrantes que vienen con sus rebaños desde la Alta Guajira. Los wayuus vienen caminando en busca del agua que devolverá los hilarantes colores al rostro de Mma, la tierra; afirman en su bella lengua que el agua infundirá nueva vida tanto a los chivos como a las personas. Todos bebemos del mismo pozo. Entre estos caminantes están llegando a la Baja Guajira los antepasados de Estercilia Simanca del clan Pushaina. Mamá Victoria, su bisabuela, lleva en su nombre el final con agua limpia tras un largo camino recorrido con los pies descalzos.

Los wayuus, al contar sus historias, usualmente buscan algún tipo de parentesco con las personas a quienes les narran. Para Simanca, los narradores de su lado paterno afrodescendiente del Magdalena buscan extender interminablemente las historias, como ella misma, cuando al escribir un nuevo relato deja que resurjan personajes e historias ya escritas para que puedan seguir contándose. Para la autora de origen afro-wayuu, escribir es una responsabilidad colectiva con su gente, al tiempo que anhela que su literatura sea para todo el mundo y se transforme en tradición oral. En su blog afirma que los personajes a los que les da su voz “mantienen una lucha contra el Estado”. La escritura literaria de Simanca Pushaina es especialmente incómoda para los políticos que buscan cazar votos, así como para las empresas extractivistas que succionan el agua, el carbón y otras tantas fuerzas elementales de Woumain, una dama muy elegante con dientes en la vagina, como Worunka, la primera mujer wayuu.

En su cuento más célebre, Manifiesta no saber firmar (2004), Coleima Pushaina, uno de sus numerosos personajes femeninos, deja ver mediante sus ironías, contradicciones e historias, los intereses de los políticos regionales, así como otras formas de colonización naturalizadas por siglos de explotación, como el de las “madrinas” que se llevan a las niñas a trabajar a sus casas con la excusa de quererlas educar. En una historia que no es macondiana, como destaca Estercilia, también conocida como Teeya, se destapa un problema tan antiguo como delicado: el de la colonial imposición indignante y burlesca de nombres. Tal ha sido un acto nominal violento que marcó la mal llamada “conquista” desde el primer momento en que los europeos comenzaron a renombrar, como si nada, un continente en el cual a su llegada ya se habían desarrollado miles de lenguas y culturas muy diversas entre sí.

Manifiesta no saber firmar surgió en realidad del rótulo con que los registradores cedulaban a los wayuus presumiendo la supuesta superioridad de “la escritura” glotocéntrica, a la vez que los tildaban de ignorantes o analfabetas. Entonces se les daba a muchos la misma fecha de nacimiento, 31 de diciembre, un momento liminal sintomático de no estar ni aquí ni allá, es decir, de estar en las márgenes o fuera de la historia. Con todo, gracias en parte al impacto social del cuento y del documental basado en el mismo (Nacimos el 31 de diciembre), así como de las denuncias jurídicas de Simanca, algunos nombres impuestos que aparecen en Manifiesta, como Cosita Rica, Alka-Selkser, Monrrinson Knudsen y Raspahierro, han comenzado a ser reemplazados por los propios wayuus. En una época en que se cuestionan los compromisos sociales de la literatura, el cuento de Simanca ha llegado a generar un proceso en el cual el Estado se ve obligado a respetar por ley los nombres, pertenencias y soberanías lingüísticas de los miembros de los pueblos indígenas, así como a facilitar el cambio de los nombres abusados.

En Jamü (Hambre), el más reciente cuento de la autora, un niño de siete años que ha muerto como consecuencia de la desnutrición, la enfermedad y el descuido en la atención hospitalaria, habla en primera persona contando lo que le pasó y lo que habría sido su vida si hubiera seguido viviendo. Debido a las inaceptables muertes de miles de niños wayuus en los últimos años, como resultado de situaciones semejantes, el relato de Simanca Pushaina reabre nuevas preguntas sobre las soberanías alimentarias y los proyectos intervencionistas, al tiempo que se suma a un creciente proceso social de reparación y prevención, más aún cuando también se trata de enfrentar las secuelas de la colonización desarticulante de los pueblos indígenas en territorios de gran interés para las empresas multinacionales y para ciertos sectores políticos enriquecidos con la corrupción y el desfalco. Es importante destacar que la voz narrativa de Simanca no es indigenista o idealizante de lo indígena, como tampoco lo fue la de uno de sus predecesores, el narrador wayuu Antonio Joaquín López, quien en la década de los cincuenta publicó en Venezuela Los dolores de una raza, una novela en donde también revisa autocríticamente tanto a su sociedad como a las sociedades arijunas (no wayuu) a propósito de ciertas guerras interclaniles y la posterior venta de prisioneros de guerra en la frontera colombo-venezolana.

Jamü es un niño que hubiera querido comer al menos la bienestarina provista por el Estado. Pero se robaron esos bultos negados, al igual que la plata de las regalías. Como otros niños con aseguranzas de cornelina amarradas con hilo rojo en sus muñecas, tras morir, Jamü fue inyectado con formol y enterrado sin registro con el (anti)nombre de N.N. Su destino trágico, que es la realidad de muchos, se intensifica, dado que sin sus huesitos no se ha podido llevar a cabo su segundo entierro. Este cuento de Simanca está escrito con la rabia e impotencia que da ver no sólo la muerte de los niños sino la corrupción descarada de los funcionarios.

La ironía, la observación íntima y un gran sentido del humor caracterizan otros cuentos de Simanca. Por ejemplo, Jimaai, otro de sus cuentos y personajes masculinos, es un adolescente que vive en la frontera y que sueña llevar un bulto de maíz a su mamá y un costoso presente a su futura esposa, Iiwa-Kashí, quien pasa por el rito de paso de niña a mujer en El encierro de una pequeña doncella. Como Iiwa-Kasí, Estercilia Simanca posee voz de Irama o Venado, la palabra clave del título de la novela que se encuentra escribiendo. Los wayuus denominan Irama a las mujeres coquetas, rebeldes y contestatarias. En su cuento Bultito llorón, ¡cara de indio!, la protagonista es una mujer que de joven fue obligada a casarse con un hombre anciano. Ella rechaza a su hijo, su bultito llorón, quien cuando crece niega sus orígenes maternos, finge llevar apellidos europeos y se delata por su rostro.

En ¿De dónde son la princesas?, la diseñadora textil wayuu retoma narrativamente su visión sobre el destino de las niñas que son casadas con ancianos por decisión de sus familias. Con todo, no se trata de una crítica a la tradición de la dote, que en últimas respaldará a la mujer si es abandonada. La protagonista del relato es articulada con ironía en contraposición a las princesitas de los cuentos de hadas. Ella prefiere huir del encierro hacia las dunas del desierto antes de ser entregada como su hermana, Sumaiwa, a un cacique de sesenta años que compara con un dragón ante la imposibilidad de que tal sapo se convierta en un príncipe. Contrario es el caso de la protagonista de su cuento Julamia, a quien ningún hombre ha pedido en matrimonio y quien se compara con otras chicas que pasaron por el encierro, como Mireya, quien quería escaparse “y pintarse los labios todas las tardes color pichiguel”. Se ha pensado que Simanca es una autora fácilmente clasificable como feminista debido a sus revisiones narrativas de los roles tradicionales de la mujer. Con todo, la propia autora lo ha desmentido. Y en Soy Venado, su novela en creación, ha escrito que “ellas no se levantan, sólo saben que mientras duermen sus hombres (padres y hermanos) contrabandean para que a ellas nadie les robe los sueños”.

Rukarria Epinayú es la contundente voz monológica de Daño emergente, lucro cesante, un título que proviene del mundo jurídico en que se desempeña Simanca. Mushaisa, el burro con que Rukarria transportaba carbón para sobrevivir, es atropellado por el interminable tren del Cerrejón, que pasa por encima de algunos cementerios, además de obstruir las rutas de pastoreo y contaminar las escasas fuentes de agua. Tras el atropello, los funcionarios responden diciendo que había un letrero que decía muy clarito en wayuunaiki: “No entregues tu cabeza a la muerte, por el tren”. Pero ella manifestaba no saber firmar… y por tanto tampoco sabía leer, como el abuelo con cuya historia inicia el cuento Manifiesta, a quien su pequeña nieta enseñaba a firmar con letra de palito y quien decía que estaba muy viejo para hablar con el papel o escribir. O para que el papel hablara con él o leer.

A través de sus entretejidos de historias, Estercilia Simanca Pushaina revisa, cuestiona y redimensiona las voces íntimas de mujeres, hombres y niños, así como las relaciones de poder entre los wayuus y de éstos con los arijunas (mestizos, árabes, europeos, etc.). Como ha dicho sobre sí: “Yo soy una Pulowi de Uuchimüin. No me seducen los cantos de seres mitológicos, sino los míos propios”. Al autoidentificarse con las míticas Pulowi wayuu del sur (Uuchimüin) y a la vez desidentificarse de las sirenas griegas, la autora wayuu se afirma en su propia voz e invención. En tal sentido, su obra narrativa choca con las expectativas estereotipantes sobre el mundo indígena y se conecta con el actual trabajo artístico de otras mujeres que, como ella, nacieron en contextos de tradiciones ancestrales, como la artista visual iraní Shirin Neshat, la fotógrafa marroquí Lalla Essaydi, la poeta mapuche Adriana Paredes Pinda y la cineasta indo-canadiense Deepa Mehta. Las lecturas más prevenidas podrían señalar a estas artistas de transgresoras y modernizantes. Con todo, sus miradas críticas, desexotizantes, paradójicas y rehumanizantes nos resultan muy necesarias en un mundo en que persisten racismos y muros separadores de personas a uno y otro lado de tantas fronteras tan arbitrarias.

 

últimas noticias

El otro niño Jesús

El arte del Caribe en cuestión