Una carta desde y hacia una cárcel

La colombiana Juana Anzellini relata su experiencia en la exposición “Nueva sensorialidad 2015”, en Alemania.

Me siento. Un té negro humeante a la derecha de mi pantalla, principios del otoño. El cielo azul claro augura un frío que lentamente empieza a templar con el paso de los días. Condiciones inmejorables para recordar escribiendo.

¿Empezar por el centro e irse por las ramas? ¿Abordar mis reacciones con respecto a las peripecias de los refugiados en la frontera sur del país? ¿Abordar el tema desde la historia del arte? ¿Rememorar la noche en el bar cuando me enteré de todo? Decido empezar escribiendo un poco sobre el ritmo de lo ocurrido en los últimos meses. Uno nunca deja de aprender.

La rutina de los últimos tiempos ha sido feroz: ando sumergida en un flujo constante y brutal de productividad y acción que poca paz me deja al final del día. Los momentos de recogimiento han sido escasos. Me he concentrado sobre todo en la acción y he tenido escasas ventanas de reflexión. Ya vendrán esos tiempos: el invierno siempre es largo.

La vida me cambió desde que me vine a vivir a Alemania. Ya estoy a punto de terminar la maestría que vine a hacer y he experimentado toda una gama de rachas emocionales: desasosiego, aislamiento, libertad, dicha, frío, aburrimiento, incertidumbre, esplendor. En este caso quiero concentrarme en uno de esos episodios en los que se mezclan el esplendor y la tragedia.

Todo empieza en un espacio, un antiguo centro de reclusión en una ciudad al este de Alemania (Magdeburgo). Terminé un día de primavera deambulando por ese lugar, con miras a exponer una serie de pinturas en una de las celdas que estaban asignadas para que 250 artistas escenificaran su obra, en el marco de lo que sería un festival de arte durante el verano. Recorrí este complejo de edificios rodeados de concertina, rejas, grafitis de los presos, cerrojos, paredes azules y muy gruesas; una puerta tras otra, tras otra… Supe también que esta cárcel fue cerrada en 2013 y que desde entonces no pasaba nada allí. Aún se sentía esa energía trágica de confinamiento y reclusión.

Me fue asignada la celda número 222: un espacio de nueve metros cuadrados con dos camastros metálicos contra las paredes y una pequeña mesa en el centro. En una de las esquinas, un baño mínimo y todo impregnado de un penetrante olor a sudor seco y cuarto vacío. Las condiciones estaban dadas. Era preciso medir, registrar y habitar el espacio para proyectar el montaje.

Mis planes para colonizar el espacio se perfilaron desde el momento en que vi el espacio físico de la celda: quería aprovechar el ángulo de las paredes, hacer un montaje limpio, pero al mismo tiempo apretado. Quería poner mis pinturas muy cerca una de la otra, casi tocándose, y así generar una sensación de coerción. Decidí pintar dos de las paredes de gris, para acentuar esa idea de confinamiento que me asaltó, así como para acentuar sus colores. Quería un montaje apretado, con poco aire. Y eso fue lo que conseguí.

La pintura es para mí una fuerza que se despliega en el espacio y genera una resistencia visual y espacial. Lo que pasa “afuera” del formato de la pintura tiene una incidencia similar a aquello que sucede “adentro”. Las diversas experiencias del observador también constituyen la obra como si fueran capas. En esta celda podía poner en juego todas estas concepciones. Escenario ideal.

La serie de siete pinturas que mostré en el marco de esta exposición toma como referentes a personajes que, dominados por accesos de ira, se convierten en vehículos simbólicos que expresan un concepto expandido de la ceguera (mental). Acá están representados una serie de políticos (parlamentarios elegantes y encorbatados de diferentes naciones: México, Turquía, Ucrania, Colombia, Corea del Sur, Bolivia, Italia, etc.) que ejercen funciones de representación política a nivel gubernamental y se ven de repente discutiendo no con argumentos, sino con puñetazos, cachetadas y rasguños.

El día de la multitudinaria inauguración tuve la oportunidad de ver una buena parte de los centenares de exposiciones que había por descubrir en cada una de las celdas. La gama de propuestas era muy amplia, así como la edad de los artistas participantes: artes plásticas, conciertos in situ, grafitis, video-instalaciones, propuestas interactivas, fotografía, performances, conferencias, talleres.

Con un programa constante durante todo el verano, la exposición siguió su curso sin mayores sobresaltos, hasta mediados de agosto, cuando recibí un correo en el que me invitaban a una recepción con los sponsors del evento. Me monté en el tren y recorrí los 400 km que distan entre la cárcel y mi casa, con una sensación de expectativa y furor. Luego, de un momento a otro, estaba subida en una tarima, con el corazón galopando, un ramo de flores en la mano, un reconocimiento y una sonrisa ineludible en la cara.

Mis pinturas apretándose contra la esquina gris de la celda fueron favorecidas por un jurado y yo escribo esta carta recordando y viviendo nuevamente, desde la palabra, la perplejidad y el aturdimiento que me inundaron ese día.

Y así sigo adelante.

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