Una cartografía muy personal

La exposición “Jardín”, a la vista en Casa Cano desde el jueves 4 de junio, es una reflexión en torno a la desaparición de los recursos naturales que ostentaba el paisaje urbano de épocas pasadas.

Cortesía

Pocos artistas han interpretado la nostalgia de la naturaleza incontaminada, que solía caracterizar a la sabana de Bogotá, como Masayo Andrade. Su exposición Jardín, a la vista en Casa Cano desde el jueves 4 de junio, es una reflexión en torno a la desaparición de los recursos naturales que ostentaba el paisaje urbano de épocas pasadas. Sin embargo, su sensibilidad artística recupera para nuestro deleite algunos de aquellos elementos del esplendor andino.

Si bien durante su permanencia en Chile exploró argumentos abstractos en sus propuestas tridimensionales, a su regreso a Colombia encontró que la ciudad de Bogotá se había transformado en una gigantesca megalópolis, que arrasó a su paso con sus más emblemáticos tesoros naturales, entonces decidió que era hora de visualizar estos fenómenos con un trabajo más cercano a la recuperación del paisaje, es decir, hacer un homenaje a los jardines y bosques que recordaba de su juventud.

Su exposición actual es una cartografía personal de líneas sinuosas que identifican nuestra abrupta naturaleza, así como la frondosa personalidad de las selvas o las ramificaciones de esos árboles cuyos troncos, ramas y hojas tejen el follaje de nuestros bosques. En una de sus obras observamos que un vidrio roto impide el pleno disfrute de un conjunto de árboles: metáfora que sin duda alude tanto a la fragilidad del equilibrio ecológico, como a la violencia que representa el vandalismo. En otra, un entramado de barrotes obstaculiza la visión de un paisaje de perfiles ondulados, para sugerir el acelerado ocultamiento de la naturaleza en las grandes ciudades.

Para Masayo es importante el trabajo manual, sentir y manipular los materiales hasta lograr las formas que se ha propuesto. Por eso sus obras están hechas con materiales tan disímiles como el concreto, la madera, la piedra, la lámina de hierro o el papel. Es también una artista minuciosa que planifica sus obras con el cuidado que un orfebre dedica a sus filigranas. No es casual encontrar en su taller una serie de maquetas, fotos, planos o dibujos preliminares de donde van saliendo, poco a poco, los trabajos que expresan sus sentimientos.

El agua como sinónimo de vida cobra un inusitado interés en sus esculturas. Son las aguas de los ríos y quebradas que riegan nuestro territorio, un homenaje y, quizás, una advertencia a los depredadores de la naturaleza para que se abstengan de seguir deforestando las montañas andinas que erosionan las cabeceras donde se origina este precioso líquido. La grieta tallada de un río que serpentea sobre una superficie rocosa es el mejor tributo de esta artista que se ha propuesto, a través de composiciones poéticas, condensar sus aspiraciones por un mundo donde se admiren y respeten las ineludibles leyes de la naturaleza.

Temas relacionados

 

últimas noticias

Por donde el tren pasó