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hace 1 hora
Última entrega de 'Entrevistas con traductores colombianos'

Una charla con Juan Gabriel Vásquez sobre el arte de traducir

El autor de 'El ruido de las cosas al caer' y 'La forma de las ruinas' (Alfaguara) comparte su experiencia con el clásico inglés 'El corazón de las tinieblas', de Joseph Conrad.

Pixabay

Usted tiene una idea diferente a la de Umberto Eco, que decía que un texto traducido es una suerte de prótesis.

Entiendo lo de Eco: la traducción es una prótesis porque nos prolonga o subsana nuestras carencias. Llegamos mediante la traducción a lugares adonde de otra forma no llegaríamos, ¿no? Pero yo prefiero la idea musical de interpretación: el traductor tiene una partitura, el texto original, y la interpreta como mejor pueda, más adagio o más allegro. No todas las traducciones de Madame Bovary son iguales, como no son iguales todas las sonatas para piano de Beethoven: depende un poco de quién toque (También le puede interesar ¿Se puede vivir en Colombia de la traducción de novelas?).

 

¿Cuál es el objetivo del traductor?

El objetivo no es captar la belleza de las palabras originales, sino reproducirla en la lengua de destino, inventar una música análoga y unos ritmos análogos y una ficción análoga. Se trata de que se pierda lo menos posible. En prosa es posible a veces que no se pierda nada, o que lo que se pierda sea poco importante. Lo que uno hace, como me dijo una vez Javier Marías, es cabalgar sobre el texto: encontrar un uso de la lengua española que le permita montarse sobre el texto original e ir con su paso, a su ritmo, imitando sus efectos. La satisfacción del traductor es la misma que la del escritor: ocurre cuando uno mira la página y se dice: “Ya no sé cómo se puede hacer mejor”.
 

El traductor es un lector que abre una puerta hacia una dimensión desconocida, buscando descifrar el texto. Usted aterrizó al español El corazón de las tinieblas. ¿Cómo fue su experiencia con Conrad, África y el viaje interior que propone este texto?

 

Había leído tantas veces el libro, que pensé que traducirlo iba a ser como pasear por un parque conocido. No fue así: nadie lee tan bien como un traductor, ni siquiera el lector reincidente, y yo descubrí en los rincones secretos de El corazón de las tinieblas cosas que no había visto nunca. Siempre he dicho que la traducción es la mejor escuela de escritura: ver tan de cerca los procesos de Conrad, las decisiones estéticas que toma, la manera de construir una frase o una escena... Todo eso es impagable. Descubrí también que la traducción de mi admirado Sergio Pitol, eufónica y bella, comete de todas formas algunos errores, y espero haberlos subsanado de la mejor forma posible (También le puede interesar "Sueño con traducir la obra de J. D. Salinger": Juan Fernando Hincapié).

 
 

 

 

¿Usted, que también es ensayista, ha reflexionado sobre el arte de traducir?

Di una conferencia una vez frente a un grupo de traductores y la publicaron en Cromos. Se llama “El traidor traicionado”, pero no sé si la pueda encontrar fácilmente. Aparte de esto, escribí un ensayo sobre mi traducción de Hiroshima. El ensayo aparece en un libro mío, El arte de la distorsión. 

 

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Carlos Torres / Revista Cromos

Cultura

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