Una década viajada (Cuentos de mochila)

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No había caído en cuenta de que se acababa una década, me percaté de este final simbólico los últimos días de diciembre al leer en todos lados: “lo mejor de los últimos 10 años”.

Luego leí la contraparte: la RAE publicó que todos estaban mal, pues argumentó que es matemáticamente inexacto decir que la década terminó en 2019, dicen que termina y empieza en cada año que finaliza en 1. ¿A quién le importa tanta racionalidad?, a mí no, así que reflexioné. Pensé si la última década vivida, mis veinte, la edad cuando uno está convencido que puede devorarse el mundo y se lo devora si le da la gana, habían valido la pena o habían sido tan inexactos como las cuentas de nosotros los mortales.

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Abrí la carpeta de fotografías y encontré más de 8.000 en diez años. Esperé. Soy obsesivamente organizada, las carpetas están divididas en subcarpetas por años, meses y lugares. Fue fácil recapitular paso a paso. Supe entonces que exactamente hace 10 años agarré una mochila, una olla, tres latas de arvejas y me fui a viajar por primera vez. Primera vez sin papás, primera vez sin dinero, primera vez sin vacaciones compartidas. Tenía 22.   

Acampé ocho días, cociné con fuego, anduve descalza por la playa, por la sierra y en la tierra. No pensé en comenzar una década viajera, mejor me lo propuse. Corrí cada 1 de enero a las 12 en punto con una maleta esperando hacer real el agüero. Lo aprendí de mi tía, cuando tenía diez años me llevó de la mano corriendo a darle la vuelta a la manzana, salimos con su pequeña perra a la que le amarramos una maleta de Barbie al cuello.

Regresé de vacaciones. Seguí estudiando. Completé cinco años de diseño gráfico y dos años de medios audiovisuales. No recuerdo fechas de casi nada, mi mente se organiza según viajes. Esta década la he medido por lugares, mochilas, botas y aviones. Leí. Leí tantos libros de nómadas que me fasciné. Soñé, ahorré y volví a salir. La Guajira, el Atlántico colombiano, las palmas de cera en el Valle del Cocora, el hielo del Cocuy, después, el resto de Suramérica. Nos largamos con mi amor de aquel entonces hacia la Patagonia.

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Llegamos a Buenos Aires en invierno y sin dinero. Mucho mate con facturas. Era 2012, el último año de la Tierra como la conocemos. El fin del mundo estaba cerca, quería morir viajando. Rosario, Córdoba, Salta, Mendoza, Bariloche, la Patagonia. Si había llegado hasta el punto más austral poblado del planeta, podía llegar a cualquier lado. El mundo se achicó. Fui a Iguazú, el lugar que arruinó el resto del viaje. Lo arruinó porque no volví a ver nada igual. Jamás, jamás he llorado tanto en un lugar como lo hice en las Cataratas. ¿Por qué lloré?, porque me sentí grande, sentí una inmensa conexión con lo majestuoso, lo soberbio y lo sublime de la vida y de la naturaleza. Lloré porque también me sentí mínima, diminuta, insignificante ante el agua, ante la selva, ante el sonido, ante las chispas, ante el universo, ante la vida.

El mundo no se acabó, no hubo desastres naturales masivos, el fin era simbólico, interpretamos mal a los mayas. Seguí caminando. Aprendí a dormir en habitaciones compartidas, a hacer dedo, a vivir en la incertidumbre de no saber mañana qué. Resultó mejor que vivir bajo la ilusión de la aparente estabilidad, pues al dejar fluir todo fluye. Sin pedirlo llega, sin sufrirlo el universo da a manos llenas. Se trata de confianza.  

Machu Picchu, Cusco, Bolivia, las líneas de Nazca, desde muy pequeña quería sobrevolarlas. Leía con mi mamá un libro de enigmas históricos, naturales y paranormales, de allí la idea de conocerlas. Ahora sueño con el Palacio de los Vientos en Jaipur, ese sueño nació de otro libro que estaba en mi casa: Las Maravillas del Mundo. Nueve meses de viaje, los primeros nueve de la década. Regresé a casa, pero en realidad nunca volví, siempre tuve el alma, el corazón y las ganas en la carretera.

Planes, muchos planes que casi nunca terminan tal cual los armamos. En mi lista de deseos estaba escrito un mundial de fútbol. Pensé en Brasil, ¡tan cerca! Planeé el Amazonas, también tomar un avión y entrar por el sur desde Argentina. Nada de lo planeado sucedió. Rupturas, desamores y cambio de planes. Un marrano con monedas pintado con la bandera de Brasil fue repintado con la bandera de México. Nuevas ideas para la segunda mitad de la década: viajar sola. ¿Sola?

Histeria colectiva. “¿Sola?, ¿viajar sola por Centroamérica y México?, estás loca” me repitieron. Aun así, me fui. Amigos, muchos amigos de todas partes del mundo, amores de verano, llanto, risa, felicidad, tristeza, nostalgia, vida. Los mejores 14 meses de la década, pues aprendí tanto de mí, que me alegré con mi fuerza imparable y me asusté con mi debilidad.

Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, México. ¡México! El amor de mis amores: enigmático, folclórico y diverso. Mi mamá me alcanzó en Guatemala, mochilear con mamá, tía y amiga a bordo, un privilegio. Meses después volví a casa que ya no sentía como mía, ahora era la casa de mis papás, mi década también finalizaba y ad portas de los 30 esperaba tener mi propio terruño.

Dos años de sedentarismo a cambio de clases de ballet, un sueño al que no llamaré frustrado porque a pesar de no ser profesional, me vi como bailarina frente al espejo. También me aquieté para escribir, escribir y no parar de escribir. Publiqué mi primer libro, sin editoriales, a pulso, sin saber de marketing, sin contactos y gastando todos mis ahorros.

Dicen que hay tres cosas indispensables por hacer antes de morir: sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Me falta la tercera, iniciando la década me sostengo en que no quiero hacerlo, vamos a ver si en el 2029 la historia se transformó tanto como del 2010 al 2019. No tengo duda que así será. Con un hijo, con dos o con ninguno, quiero aprovechar cada año de vida para hacer y deshacer, tal cual este resumen de 10 años en 1700 palabras que se quedan cortas.

Me fui otra vez. 10 años diciendo adiós, la siguiente década quiero volver a despedirme una y otra vez. 2018 de nuevo al sur con mi nuevo amor y con una maleta llena de 100 libros para hacer una gira suramericana. ¿Una gira suramericana? Por supuesto, si no tengo editorial que distribuya mis libros en el continente, pues lo hago yo. Mi novio es arrebatado, fue idea de él, tiene fantasías que me parecen ridículas los primeros 10 minutos. Pienso, me burlo, argumento la imposibilidad de sus extravagancias y después me arriesgo con él. Ha sido un final de década de aparentes locuras, locuras que han finalizado en experiencias inolvidables.100 libros en la maleta, 100 libros vendidos.

Charlas, viajes, desiertos, dunas, montañas. Conocí lo que había quedado por fuera en el primer viaje y aún faltó, nunca se termina de conocer un país por completo. El plan era llegar de nuevo a la Patagonia y subir por Brasil, las Guayanas, Surinam y Venezuela. Es inútil hacer planes, no los hagan para el 2020 ni para la década, así no funciona la vida. Tengan propósitos y sean capaces de adaptarse cuando todo cambia sin preverlo. Recibí un email: “Nos gusta como escribes y queremos que hables acerca de Monterrey. Te queremos dar un pasaje de avión ida y vuelta desde Lima y 5 noches en un hotel 5 estrellas”. Grité de la emoción y sin dudarlo dije que sí (guardando la compostura frente a la aerolínea). El pequeño viaje se convirtió en un Road Trip.  Un mes en México con mi novio, mi hermano y dos amigos colombianos. Otra idea de última hora y arrebatada de él.

1000 kilómetros, desierto, Día de Muertos, peyote, Guanajuato, Acapulco, Teotihuacán. Nunca volvimos a Lima. Ya se cumplió un año de la estadía en México, ya soy residente mexicana. ¿Qué iba a saber yo al comenzar la década que todo esto pasaría?

Después de rememorar solo me queda algo por hacer: agradecer infinitamente. Agradezco por todo, todo incluye lo que me lastimó, lo que me frustró y lo que me hizo llorar porque de ello también aprendí, porque gracias a todo es que me he sentido viva.

Faltando dos días para terminar la década, hablé con mi papá y le dije en chiste que me regalara 6.000 dólares (“chicle y pega” dicen en México, a lo mejor un día me dice que sí). En esta ocasión mi sueño de semejante regalo no se cumplió. Se burló de mí. Le conté que los quería para conocer la Antártida y paró de reírse, me preguntó el por qué esa cantidad de dinero, “ese es el precio del crucero para llegar al continente blanco”, respondí. Luego le recordé que él siempre había soñado con conocer París y le pregunté: “pensaste que alguna vez te tomarías una foto frente a la Torre Eiffel como lo hiciste hace 2 años?”, me respondió que en épocas atrás pensaba que solo se quedaría en un sueño. “Pues así lo haré con la Antártida”, finalicé. Terminamos la conversación con el compromiso mutuo de ahorrar juntos para irnos solo los dos en ese crucero. ¿Por qué no?

Con el cambio de año no cambia la vida, pero si es un momento simbólico para rememorar, agradecer y proyectar. Sí, si pueden hacerlo, lo que sea que quieran hacer lo pueden hacer. No importa si se les pasó el año, la década o medio siglo con un sueño guardado que no logran cumplir. Conviértanlo en propósito, duerman con él, coman con él, mediten con él. No piensen en el sueño, mejor escríbanlo, siéntalo, llenen su casa de notas que les recuerden lo que quieren hacer y el para qué. Que los emocione empezar cada mañana sintiendo que pronto eso que parece una utopía se va a manifestar. No lo esperen, no obliguen a la vida a que les dé. Cuando menos lo estén pensando va a caer. ¡Feliz 2020, feliz nueva década, feliz vida para todos!

 

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