Una épica para nuestra soledad

Recuerdo el 16 de julio de 1984. Era etapa 17 del Tour de Francia, el mítico Alpe D’Huez. El televisor ochentero de carcasa naranja traía en directo noticias del viejo mundo: Lucho Herrera, el “Jardinerito” de Fusagasugá cruzaba la meta de una de las etapas más complejas de la carrera más importante del mundo.

Luis Alberto Herrera. 16 de julio de 1984. Etapa 17 del Tour de Francia. El mítico Alpe D’Huez. Tour de Francia. Cortesía

Eran los días en los que la Vuelta a Colombia terminaba en El Campín y salir a recibir a los campeones era el mejor plan de un domingo al año. Pocos meses antes, el 30 de abril había sido asesinado el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla y con él empezarían a morir los mejores líderes de una generación. No había marcha atrás en la búsqueda de un porvenir adverso y de infortunios  Era, de alguna forma, el talante del país que entre la euforia y rabia, la victoria y la derrota y la épica y la tragedia redactaba cada día las páginas de un destino contradictorio y atribulado. 

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La tragedia de nuestra nación viene de la guerra que nos ha pintado de sangre los rostros y las almas y con tinta indeleble ha tatuado en la memoria los nombres de tantos muertos y desaparecidos. Por otro lado los poetas y juglares han cohesionado una identidad a través de esos versos memorables que todo colombiano recita o canta después de un aguardiente y así ha trazado una lírica digna y verdadera, y, gran parte de nuestra épica proviene, más allá de nuestra parábola de la soledad y la fábula de algunas certezas, de estas breves euforias y entusiasmos que han permitido sostener ilusiones y sueños a lo largo del tiempo. 

Desde aquella etapa de Alpe D’Huez el sueño del tour ha sido persistente, insistente y resistente. Los nombres cambiaron y la imagen de Lucho llegando un año después a la meta en Saint Etienne con el rostro bañado en sangre nos recordaba siempre que sería más difícil para nosotros. “No ha sido fácil” diría Pablo Milanés en su canción: “Yo, vine creciendo y me forjé cual mi generación distinta a la de ayer…” o “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos” nos recordaría Pablo Neruda. Los nombres y algunas nomenclaturas fueron sustituidos y relevados por otros y, sin embargo a pesar de todo, de lo difícil, de lo imposible que pareció muchas veces, las emociones permanecieron intactas. Ya no somos los mismos, es cierto, pero esa emoción me devuelve por un instante a ese niño que era en 1984 y a esa alegría frente al televisor de carcasa naranja. Ver a Egan Bernal 35 años después cruzar la meta y llegar vestido de amarillo a Los Campos Elíseos ratifica que valió la pena la espera y el cumpliminto de esa cita anual del mes de julio. Valió la pena compartir la dicha cuando Nairo Quintana, Santiago Botero, Fabio Parra, Fernando Gaviria, Oliverio Rincón, Nelson Rodríguez, Chepe González, Félix Cárdenas, Mauricio Soler, Jarlinson Pantano y Rigoberto Urán también cruzaron la meta con las manos en alto y la mirada limpia al cielo. 

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Hoy volví a ser ese niño. Pasó el tiempo y el destino de la nación sigue siendo el mismo: trágico. Los 200 años de independencia nos sorprende con líderes sociales asesinados y una paz engavetada por el gobierno de turno. No hay nada que celebrar por los 200 años pero la euforia por la épica del país justifica haber llegado hasta acá, por la travesía del héroe que hace 35 años nos despertó la ilusión y cuya meta cruzó un joven de 22 años. Egan Bernal es el nombre de Colombia hoy, el nombre de quien culminó, por fin, el viaje de sus antecesores y nos devolvió esa infancia para siempre. Hoy su mirada y sus lágrimas son las de todos, los que celebramos la épica en un año en el que no queremos festejar nada más, porque en este país de sueños postergados, de ilusiones aplazadas, de victorias inconclusas, hoy, uno de los nuestros llegó a la meta, sacudió desde allí los corazones y 200 años después de la tragedia nos recordó como nuestro inmortal García Márquez que es posible “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”. 

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Federico Díaz-Granados

Cultura

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