Una fecha oscura

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Nadie puede negar que el destino de Néstor Cáceres estuvo marcado por la fecha de su nacimiento –24 de diciembre de 1938–, una fecha que para algunos anunció la llegada de un segundo salvador y que para otros (entre quienes me cuento) no fue más que el inicio de la tragedia.

Parte de la infancia de Cáceres transcurrió en Maldonado, un departamento costero, al sur del Uruguay. Fue una infancia tranquila, sin mayores sobresaltos, si entendemos que la muerte de su madre y de su hermano menor, ocurridas con una diferencia de dos días, en el mismo hospital, en la Navidad de 1941, no lo afectaron. Mejor así.

A los tres años Cáceres ingresó al colegio y tres años después, sin que nadie lo previera, sin que la enfermedad diera alguna señal, su desempeño académico mermó. En esa época la relación con su padre, el rabioso periodista Ismael Cáceres, detractor del gobierno de Amézaga, entró en una zona borrascosa, una zona propicia para el sarcasmo y la violencia, una violencia concreta que distaba un poco (pero no mucho) de la violencia física administrada por su hermano Ismael Jr. (10 años, y futuro matemático de prestigio en el Río de la Plata) y por su hermana Liliana (9 años, y mejor conocida entre sus amigas como Lili o Lilianita). Dicen que estos antecedentes habrían acelerado su traslado a la casa de una tía, hermana de su madre, residente en Montevideo.

Así, durante los primeros años la vida de Cáceres fue al parecer una réplica de su estancia en Maldonado. Esta vez, sin embargo, no hubo muertes ni violencia ni humillación. Esta vez ni siquiera hubo tristeza, o si la hubo, fue pasajera, y por lo tanto no cuenta. Cáceres asistía en las mañanas a un colegio situado en el centro de la ciudad donde su tía impartía clases de francés. En las tardes regresaba a la casa (se tomaba un vaso de leche), hacía sus deberes (se tomaba un vaso de leche) y luego se largaba a jugar fútbol. De vez en cuando recibía una llamada de su padre; sus hermanos, en cambio, jamás se tomaron esa molestia.

El tiempo pasó y unos años más tarde, unos días antes de Navidad, mientras regresaban de un viaje a Tacuarembó, Cáceres le anunció a su tía que no volvería al cine: la oscuridad de la sala no le llamaba ya la atención.

“Y a misa tampoco”, dijo su tía.

“Tampoco”, dijo Cáceres, que a la semana siguiente cumpliría doce años. Esa tarde su tía se sentó en el borde de la cama, lo felicitó y le entregó un paquete. Cáceres lo abrió y salió a la calle a estrenar el regalo, el único regalo que solía recibir en esa fecha.

 En ese entonces ya era hincha de Peñarol. Por supuesto, Cáceres hacía poco había definido, al igual que muchos amigos del colegio, sus inclinaciones futbolísticas: un año atrás, en 1949, el equipo de la camiseta amarilla y negra se había consagrado campeón. A partir de ese momento los recortes de prensa inundaron las paredes de su cuarto; en el más llamativo –un recorte arrugado que ocupaba el antiguo lugar del crucifijo– aparecían Ghiggia y Juan Alberto Schiaffino: eran los héroes con los que a menudo soñaba. Aunque también tenía otros sueños. En uno de los más recurrentes Cáceres veía sobre la superficie del agua, tal vez sobre la superficie del Atlántico, el cadáver de su madre flotando boca arriba. En algún momento su madre desaparecía. Luego volvía a aparecer con el cadáver de su hermano menor, ligeramente envejecido, en la mano derecha. Desde la orilla, desde el punto donde Cáceres observaba la acción, la figura en el agua parecía un trofeo.

Con el tiempo el sueño desapareció. Por esos días su tía le dijo que se irían a vivir a Buenos Aires: Aldo De Sica, un antiguo amante del norte de Italia, que había emigrado al finalizar la Primera Guerra Mundial, le había hecho una oferta de trabajo. A su tía la deslumbraba tanto Buenos Aires como volver a ver a De Sica. Así que partieron unos días más tarde. En el puerto, en medio de la llovizna, De Sica los esperaba fumando. En la Argentina la crisis del fútbol, que había comenzado con la huelga de futbolistas en el 49, se había convertido en un problema de Estado, pero eso no impidió que Cáceres, gracias a los buenos oficios de De Sica, ingresara un par de meses después a Panteritas, un equipo de Belgrano que solía participar en torneos nacionales de segunda o tercera categoría.

En la primera temporada Cáceres solo recibió 22 goles. En la segunda la cifra se redujo a la mitad. En la tercera (6 goles en contra) ya era conocido como El Gigante de Maldonado. El entrenador, un brasilero de apellido Neves, amante de los mariscos y el tabaco rubio, había contemplado la posibilidad de presentarlo al club Huracán, donde tenía varios conocidos. A Cáceres no le parecía una mala idea, pero una noche, una noche sofocante de Navidad, mientras bajaba las escaleras de su casa, perdió el conocimiento.

Despertó en un hospital, en una habitación bien iluminada, con algunas costillas rotas y una rodilla inflamada. A su lado estaba su tía y De Sica, que fue el encargado de hablar con los médicos.

En un principio Neves lo descartó para los siguientes partidos, incluyendo la semifinal; luego supo que Néstor Cáceres no volvería a pisar una cancha de fútbol.

Luis Fernando Charry

Es periodista y escritor. Nació en Bogotá en 1976 y en la actualidad cumple funciones editoriales en Villegas Editores, casa en la que ha realizado publicaciones destacadas en Colombia y el exterior. De igual manera, es permanente colaborador de las revistas Cambio y Voz a voz.

La primera novela de su autoría fue Alford (Editorial Planeta, 2002), con la que despertó los mejores comentarios por parte de la crítica especializada. A este debut le siguió su libro Los niños suicidas (Villegas Editores, 2004) y una colección de cuentos titulada La furia de los elementos (Villegas Editores, 2006). 

Luis Fernando Charry también participó en los libros Ficciones urbanas: 11 escritores escriben sobre 11 ciudades (Planeta, 2004) y Palabra capital: Bogotá develada (Mondadori, 2007). Fue uno de los principales gestores de la Antología Calibre 39 (Villegas Editores, 2007), proyecto en el que reunió a un grupo de plumas  jóvenes que están comenzando un camino exitoso.

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