Una fiesta de tonos grises

Las galerías en Colombia celebran un “despertar” del arte plástico, pero éste parece seguir en una esfera lejana. Mirada a los cambios de los últimos tiempos.

En uno de los dibujos del artista mexicano Pablo Helguera hay dos arqueólogos que han excavado una fosa. Uno de ellos está arrodillado, con la vista perdida. El otro, metido hasta el cuello en el hoyo, tiene en su mano derecha una suerte de tablilla con jeroglíficos; en la otra sostiene una lupa y repara en los signos, para él desconocidos. Entonces dice a su compañero: “El texto es incomprensible: debe tratarse del catálogo de una exposición”.

El dibujo, que introduce el libro ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno, de Will Gompertz, podría ser una simple viñeta, pero en el fondo recoge una sensación general: el arte contemporáneo resulta para la mayoría un juego oscuro, que pocos entienden. No es vacío; es nada.

Esa misma sensación podría trasladarse al arte contemporáneo colombiano. Sin embargo, ¿qué tan cierta es? ¿Hasta dónde es un arte incomprensible? ¿Qué tanto es valioso y qué tanto es relleno? ¿Qué aparato hace que funcionen y se distribuyan las obras y qué mercado ha creado? ¿Existe un arte contemporáneo sólido? ¿Quién pone (y por qué) el precio a una obra de arte? ¿En qué está el arte plástico colombiano? Demasiadas preguntas. Habrá que ir por partes.

Una burbuja de entusiasmo

Cuando usted va a una exposición, sea de pinturas, instalaciones o esculturas, lo que ve es el producto final de una cadena extensa. Allí están incluidos el mercado, la academia, las galerías, los espacios independientes, las instituciones culturales y los artistas: todos hacen parte de ese mismo entramado que termina en la obra de arte que usted contempla. Cada uno de ellos se mueve a un mismo ritmo, pero, en ocasiones, en direcciones opuestas. En esa misma estructura se mueve el arte contemporáneo, se desplazan artistas como Doris Salcedo, Juan Fernando Herrán, Bernardo Ortiz, Mateo López, Miller Lagos, Rodrigo Echeverri, José Horacio Martínez, todos con una obra consolidada y reconocida.

Parece una cadena fuerte. En los últimos años, sin cifras exactas a la mano sobre las ventas en Colombia, galeristas nacionales y extranjeros dicen que el país se ha convertido en un foco esencial en el mercado del arte. Cristhie’s y Sotheby’s, por su parte, reportan cifras mayores a los US$5.000 millones en 2012, que se suman a los más de US$1.000 millones vendidos en China, un mercado emergente. Ferias como Artbo han potenciado y acercado el arte. El entusiasmo parece general: las galerías exponen y venden, sobre todo fuera del país, y el coleccionismo tiende a crecer. “En Colombia estamos en un momento muy oportuno —dice Luis Fernando Pradilla, director de la Galería El Museo, en Bogotá—. Hay muchas colecciones, mucha gente interesada en el arte. Cada colección ya tiene una identidad. También rompimos fronteras”. En su edición de octubre de 2011, la revista Diners realizó un especial sobre arte, el cual tituló “El arte se pone de moda”. Allí celebraba el “despertar” del arte y destacaba una serie de iniciativas, con el mismo entusiasmo de Pradilla. Sin embargo, ¿cuánto de eso está enraizado sólo en las ventas, más allá de la calidad de los productos que se presentan?

¿Arte de galería?

“Sucede algo en todo el mundo —dice el crítico de arte Eduardo Serrano—: los mismos artistas, con las mismas galerías y los mismos coleccionistas, aparecen en Artbo, en Arco, en Tokio, en Art Miami, en todas las ferias de arte. Están las mismas galerías y los mismos compradores. Es un negocio muy monopolizado”. La burbuja del arte contemporáneo —una de las muestras son las obras de Damien Hirst, que han alcanzado precios de hasta US$15 millones— también llegó a Colombia: por su altísimo valor las obras son asequibles para una minoría.

De modo que el arte, además de ser valorado y reconocido sólo por expertos que tienen el bagaje cultural necesario, está en las manos de unos pocos y alejado de la vida común por una cuestión económica e intelectual. “Muchos nos preguntamos entonces si las casas de subastas y críticos renombrados no están deliberadamente impulsando ‘artistas’ —escribía el economista Jorge Barrientos en Portafolio el año pasado—, magnificando sus obras e inflando artificialmente el precio de miles de obras sin ningún valor, constituyéndose en lo que los economistas llamamos fina especulación, no muy diferente de la estafa”.

Más allá de la especulación y la forma en que el mercado del arte promociona a los artistas, el espacio también se ha abierto gracias a un aumento en las maestrías y pregrados en las universidades dedicados al arte (entre ellos en las universidades Nacional, Jorge Tadeo Lozano y los Andes), a la creación de más espacios independientes (que se cristalizaron en la última década en Bogotá y Medellín) y a la entrada de artistas colombianos en colecciones extranjeras. La armonía no es completa, sin embargo, y el monopolio persiste. “Los artistas que venden en su casa jamás van a llegar a cotizarse —dice el director de la Galería El Museo—. Históricamente, es fácil verlo. Además, con las mismas galerías castigamos ese tipo de conductas, y el día que llevan un cuadro para que lo vendamos, pues no lo vendemos porque no han respetado el trabajo que tenemos”.

Un nuevo esqueleto

Entonces, si se abren más espacios en los que los artistas exponen de manera individual, ¿las galerías están en vía de extinción? Eduardo Serrano piensa que tanto los críticos como las galerías no tienen un papel esencial en el arte colombiano. “El arte ya no sucede en las galerías —dice—. Sucede en las ferias, en las calles, en los espacios alternativos”. Pradilla opina lo contrario: “El hecho de que el arte se pueda vender por internet no significa que las galerías tienden a desaparecer. Siguen teniendo gran importancia porque hay que ver una exposición en conjunto”. ¿En dónde queda, sin embargo, el concepto del arte, lo que es, en últimas, lo más valioso. “Es importante que pasen cosas, pero ¿qué pasa entre calidad y cantidad? —dice Érika Martínez, crítica e investigadora de arte—. Sin poner de nuevo al arte en el lugar de la contemplación, debería haber cosas que muevan”.

El arte contemporáneo colombiano tiene cientos de vertientes que juegan con el video, la instalación, el ensamble y la pintura en formas diferentes a las tradicionales. Categorizar o imponer tendencias es una empresa casi imposible. Esa diversidad habla de las intenciones de los artistas: buscar muchas vías a muy diferentes temas. Es un arte, dice Eduardo Serrano, cuya principal metamorfosis es que depende del texto para ser explicado. “El arte moderno apelaba a los sentidos. La palabra me gusta o no me gusta tenía sentido. Había un placer estético. Al arte contemporáneo lo que más le interesa es disparar el cerebro en cierta dirección, hacerte reflexionar sobre algo”. Sin embargo, ¿no es lo mismo que pretendía el arte moderno?

La lejanía frente al arte contemporáneo no es sólo una cuestión económica o de acceso: las ferias de arte tienen precios módicos y la mayoría de las galerías no cobran la entrada. El hecho que se suma a esta serie es la falta de educación artística. El porcentaje de lectura entre los colombianos aún no supera los dos libros al año y su interés por el arte desciende, como lo mostró la más reciente Encuesta sobre Consumo Cultural del DANE. Entonces los productos relacionados con la plástica son relegados por incomprensión, por desinterés. “Si no leen cuentos —pregunta Martínez—, ¿por qué van a leer crítica de arte?”.

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