Una forma de vida

Uno de los autores más reconocidos del Caribe retrata al “escritor que se la jugó toda por su escritura”.

El cine fue una de sus obsesiones creativas. Aquí en una de sus participaciones en el Festival de Cartagena. / Archivo particular

Era marzo y el Festival de Cine de Cartagena, el de más años de América Latina, había anunciado en su programación la venida de María Félix. En la delegación mexicana venía también un joven escritor colombiano.

Él había llegado a la tierra de los aztecas el mismo día que Ernest Hemingway se metió el cañón de su escopeta en la boca y acabó con sus pensamientos. Empezaba a residenciarse en el Distrito Federal después de chamuscar raíces en peregrinajes por el mundo. Ahora realizaba una de sus obsesiones creativas: el cine. Traían una película de la cual había sido guionista y en ella desempeñaban un breve papel Luis Buñuel como cura, y el escritor como portero de una sala de cine.

Por ese entonces sus libros publicados eran cuatro: tres novelas y uno de cuentos. Y de otra obsesión, el periodismo, dejaba un reportaje leído con fervor, sobre un marinero náufrago.

De su narrativa se habían ocupado Hernando Téllez, Francisco Posada, Ernesto Volkening y Álvaro Mutis. Téllez con su buen gusto de lector perspicaz. Posada desde la perspectiva materialista del arte. Volkening con un elemento que señalaba la diferencia: el desembrujamiento del trópico. Mutis mostrando una dimensión metafísica: la desesperanza.

Por esos años los críticos de la literatura se empecinaban en clamar por otro artilugio ausente en la narrativa: la ciudad. Para ellos la omnipresencia de la naturaleza, en especial la selva, el abuso de un exotismo de tarjeta postal y las construcciones elementales de los personajes, seres de opciones unidimensionales, fundamentaban la exigencia.

En 1965 Borges estuvo en Cartagena de Indias y habló en la universidad. Uno de los estudiantes le preguntó por La vorágine. Mirando el ruido de los murciélagos en el techo del paraninfo, su ceguera estaba avanzada, respondió: Buena, che, pero lástima, al final todo se lo traga la selva. Un momento así muestra la dimensión del riesgo del escritor.

Los periodistas que escaparon de la seducción de las actrices fueron a entrevistarlo. Mantenían cierto colegaje de buena ley y no le hablaron de cine, Tiempo de morir, sino que se interesaron por su producción novelística.

Esa vez García Márquez dijo que estaba escribiendo una saga con tantas generaciones y nombres iguales, donde pasaba de todo, que se disponía a poner un árbol genealógico para facilitarle la vida al lector. A los pocos años se publicó Cien años de soledad, la novela que como él mismo dijo se vendía como salchichas y se convirtió en una de las claves de interpretación de nuestra América.

Los Aurelianos y los Arcadios representan en esa novela de guerras civiles dos rostros de lo que somos. Los solitarios empecinados, hacedores de pescaditos de oro y traductores de manuscritos, y los fabuladores desmesurados, soñadores de proyectos que nunca se realizan.

Por supuesto los libros, las novelas, que se vuelven, por misterios inexplicables, símbolos e imagen de un país, pasan momentos de balanceo en el abismo mientras se consolida, otra vez, una lectura virtuosa.

Mientras los críticos e intérpretes, al igual que los del Quijote, avanzan en sus disputas sobre el gallo capó, los lectores tenemos una responsabilidad. Esta surge del peligro de expropiación de sentido que pueden sufrir novelas así. De esa manera la belleza revulsiva que encierra la literatura es banalizada y se esconde su poder transformador de la vida.

Este proceso es facilitado por quienes no leen las novelas y se contentan con la creencia de conocerlas por tanto oír acciones y episodios de ellas. En general, lo extraordinario se fija en el recuerdo con su sola mención.

La lectura que privilegia la magia y lo fantástico, que desdeña la tremenda revelación de la realidad allí agazapada, ha generado un problema. Hoy, cuando se trata de analizar un hecho condenable, desde el robo de bienes públicos hasta crímenes contra la vida, se incurre en la ligereza de explicar que estas ocurrencias, inadmisibles, son propias de Macondo, o una muestra más del realismo mágico.

Esas interpretaciones impiden la reflexión sobre el mal y al situar lo espantoso en el territorio de lo cultural inhiben la sanción ética, el rechazo, y parecen llamar a la conformidad. Exculpación anticipada de malhechores y de conductas.

Quizás aquí tenemos los lectores un propósito de lealtad con ese escritor que se la jugó toda por su escritura.

Después de Cien años de soledad, desde la mañana en Buenos Aires cuando vio detrás de la vidriera del café a una señora con la canasta del mercado y entre los tallos de apio salía la edición de la novela con la tapa del galeón, todo era previsible. Los grandes tirajes, el Premio Nobel, las tribulaciones de la fama y ese texto, hondo autorretrato donde reitera que lo único que es él, es uno de los hijos del telegrafista de Aracataca.

¡Buen viaje Gabriel! 

* Novelista y cuentista cartagenero, autor de ‘La ceiba de la memoria’, finalista del Premio Rómulo Gallegos y ganadora del premio José María Arguedas, en los premios Casa de las Américas de Narrativa.