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A 148 años del nacimiento de Marcel Proust

Una lectura amorosa de "En busca del tiempo perdido"

“Por una parte –y se trata de lo menos importante-, resulta que la aristocracia parece en este libro más acusada, proporcionalmente, de degeneración que las otras clases sociales. Aunque así fuera, no hay razón para el asombro”.

Marcel Proust, autor de "En busca del tiempo perdido", nacido el 10 de julio de 1871 e Neuilly-Auteuil-Passy, y fallecidoel 18 de noviembre de 1922 en París. Cortesía

Contrario a la afirmación de Proust, si hay algo que queda claro, - a lo largo y ancho de esas 5.000 páginas que componen en Busca del tiempo perdido-, es la elocuencia con que desmantela, ataca y precisa el esnobismo francés. 

Lo de Proust es un profundo registro de las condiciones del ser humano de todos los tiempos: la hipocresía y prepotencia de cada uno de los Guermantes; la insolencia del solapado Sr. De Charlus; el desespero de Swann por Odette; el antisemitismo que despierta el caso Dreyfus; la bohemia de los Verdurin; el oportunismo en la apreciación sobre el arte: las pinturas de Elstir funcionan como ejemplo. En suma: la fatuidad y oquedad que se ventea por esos salones de la haute société que Proust frecuenta. 

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A veces pareciera que Marcel Proust es un visitante, que mira, olfatea, toca, siente, gusta. Y por eso su crítica es diáfana y limpia, porque son las escenas, los encuentros, las fiestas, las que testifican per se.  Sus palabras son coherentes con su obra: “Sólo gracias al arte podemos salir de nosotros, saber lo que ve otro de este universo que no es el mismo que el nuestro y cuyos pasajes habían seguido siendo tan desconocidos para nosotros como los que puede haber en la Luna”.

No hay ostentosos juicios de valor, reproches desmesurados, ni filípicas ardientes. Hay un testimonio, una vida; un cúmulo de experiencias que hacen del lenguaje literario un instrumento.

Y hablo del lenguaje, puesto que en la obra de Proust es un elemento incondicional. La longitud de sus oraciones, sus largos incisos, sus imponentes acápites, sus continuas digresiones, hacen creer que se trata de un narrador denso. 

A mí me parece que es un autor en el sentido más puro de su significado. Un escritor que establece su propio ritmo, su propio tono, su propio aparato lingüístico. Uno no lee Por el camino de Swann, o La prisionera, o Sodoma y Gomorra, uno escucha a Proust, se hace amigo (o enemigo) de él; le pide que, por favor, avance, que no se detenga tanto en la casa de los Guermantes, que lo de Morel y Sr. De Charlus aburre; uno le pregunta por qué pasó tan ligera la muerte de Swann; uno desea conocer las novelas de Bergotte; a uno le parece ingenua y enternecedora esa indiferencia con que aborda a Gilberte; uno se salpica del llanto cuando la abuela de Marcel fallece; uno le quisiera preguntar si es verdad que deseaba que los siete libros fueran contenido en un solo párrafo; uno lamenta ignorar por qué tituló de manera tan vital la obra completa, y en cambio tan fríos cada uno de los siete volúmenes. Son tantas cosas: inútil sería resumirlo. 

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A lo que quiero llegar es que uno se encanta o se desencanta, se libera o se oprime, con aquel niño que se gasta páginas y páginas, porque su madre no sube a darle el beso de buenas noches. De ahí para allá, todo es un acuerdo tácito entre el lector y los seis volúmenes restantes.

Un acuerdo que editores como Eugéne Fasquelle, Humblot y, el más célebre de todos, André Gidé, advertían fatigoso. Derramar más de treinta páginas mientras el narrador se revuelca en la cama; detallar las andanzas y consideraciones de los miembros de la aristocracia; describir y describir catedrales. Esa totalidad parecía prescindible.

Lo que estos editores no sospecharon era en qué iba a terminar aquello: El tiempo recuperado lleva hasta los extremos un comportamiento que para entonces resultaba escandaloso: la posición de la elite francesa frente a la guerra con Alemania; el hotel de homosexuales en el que desfilaban personalidades tan puestas en su sitio, -y de tan envidiado prestigio social-, como el Sr. De Charlus, Saint-Loup y aquel sacerdote. Además, de las magdalenas y la concepción del tiempo meditada por la más espontánea intuición del narrador: “a decir verdad, el ser que entonces saboreaba en mí esa impresión lo hacía por lo que tenía en común en un día antiguo y en el presente, por lo que tenía de extratemporal, un ser que sólo aparecía cuando, en virtud de una de esas identidades entre el presente y el pasado, podría encontrarse en el único medio en el que podía vivir, gozar de las cosas, es decir, fuera del tiempo” (195).

La mirífica manera en que es descrito lo anodino, lo prosaico, lo obsceno, es la recompensa. Proust lo dice claro: “La verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura: esa vida que en cierto sentido vive a cada instante en todos los hombres tanto como el artista (…) pues el estilo para el escritor como el color para el pintor no es un asunto de técnica, sino de visión” (220).

Hay autores cuya fascinación es capturarlo todo: Proust se eleva a la cima al hacerlo. Pero hay que ser cuidadoso con la sustancia de esta pretensión; porque contrario a la sensación de inanidad que suscitan ciertas lecturas, la de Proust es un regocijo. Y quizá su poder de hipnotización estriba en que uno olvida que está leyendo, y cree que está escuchando. Adorno decía que los signos de puntuación son la música del lenguaje; hay que abocarse a En busca del tiempo perdido no para entenderlo, sino para sentirlo.

Con lo anterior no pretendo subrayar que se trata de una lectura ligera, fácil, o esas que el mercado se inventa para antes de ir a dormir. Todo lo contrario: Proust exige paciencia, reposo, lentitud, y, sobre todo, disposición. Más aún: un estado de voluntad que anula la rapidez emotiva y espectacular que imponen ciertos libros, cuyo afán es acorralar cuanto antes la atención del lector.

“A lo mejor algunas obras magistrales se escribieron entre bostezos”, intuye Marcel Proust en A la sombra de las muchachas en flor. Quizá también ciertas lecturas magistrales impliquen ciertos bostezos, entendiendo por ello la naturaleza ociosa y curiosa de los lectores más consumados; que leen por innata necesidad y sin otro interés alguno que serle fiel a su oficio.

El punto es que ya una vez adentro de ese universo, no hay manera de escapar y lo que continúa es goce. Un goce por esa manera tan decorosa de poner en palabras las honduras sentimentales más tenues: “Tal vez haya un símbolo y una verdad en el ínfimo lugar que ocupa en nuestra ansiedad aquella por quien la sentimos. Es que, en efecto, su propia persona tiene poco que ver, lo que tiene que ver casi totalmente es el proceso de emociones, angustias, que semejantes azares nos hicieron sentir en tiempos a propósito de ella y que la costumbre ha unido a ella”.

Los delirios y las obsesiones amorosas estremecen intensamente en la obra del francés. Y aunque en cada uno de los libros hay alusiones -Swann y Odette; Saint-Loup y Raquel, Marcel y Gilbertte-, es en La prisionera y en Albertine desaparece, donde el escritor hace de la perplejidad y los vaivenes que implica todo enamoramiento -esa simbiosis que comprime y libera tantas emociones-, un minucioso y lúcido análisis de la mentira más verdadera de todos los tiempos: el amor.

 “Sólo amamos aquello en lo que perseguimos algo inaccesible, amamos sólo lo que no poseemos, y muy pronto volvía yo a darme cuenta de que no poseía a Albertine”. Hay en Proust un espíritu schopenhaueriano con respecto a este tema: un pesimismo que va delatando que el amor por su amada es sufrimiento, es ansiedad, es desasosiego.

“En medio de la más completa ceguera la perspicacia subsiste en forma de predilección y ternura, de modo que no es adecuado hablar en materia de amor de mala elección, ya que, en cuanto la hay, sólo puede ser mala”. No hay optimismo que atenúe. 

Proust es seguro e inseguro, es difuso y claro, es victimario y mártir, es amado y desdeñado. (Aparte resulta que el verdadero amor de su vida haya sido su chofer, Alfred Agostinelli). Es, si me apresuran, el enamorado más sincero y lúcido de la literatura, porque es capaz de esculpirle forma a esas sensaciones que parecen indecibles, y que todos los que hemos caído en las trampas del amor hemos experimentado.

Al tratar los celos, por poner otro ejemplo, es capaz de verse a sí mismo a través de los otros y a los otros a través de sí mismo: Retroalimenta desde su propia experiencia el desespero de Swann por Odette a el suyo por Albertine. Y logra conclusiones como esta: “Los celos son unas de esas enfermedades intermitentes cuya causa es caprichosa, imperativa, siempre idéntica en el mismo enfermo, a veces enteramente distinto en otro (…). No hay celoso cuyos celos no admitan ciertas derogaciones”. 

Desde luego, hay apreciaciones en las que se difiere: “Si supiéramos analizar mejor nuestros amores, llegaríamos a ver que con frecuencia las mujeres solo nos gustan como contrapeso de hombres a quienes debemos disputarlas; suprimido dicho contrapeso, el encanto de la mujer decae”. Pero no es difícil reconocer que hay individuos cuyo caso es semejante.

En su tratado sobre el amor no hay conclusiones; hay muchas apreciaciones que difieren entre ellas, que se complementan por oposición, que se vuelven tajantes por angustia: el amor no es la mujer en sí, es la costumbre, llega a afirmar en el ocaso de su obra.

Con los buenos libros se discute, y al francés hay algo en concreto que refutarle: “Aceptamos la idea de que dentro de cien años nuestros libros habrán dejado de existir. La duración eterna está tan poco prometida a las obras como a los hombres”.  Proust estaba equivocado: el primer volumen de su obra se publicó en 1913. 

Sus últimos días de vida fueron tormentosos por el asma que padecía. No descansó hasta dejarnos un trabajo que, por más obstáculos que surjan -por más inmediatez e invenciones del mercado-, seguirá cautivando generaciones.

¿Cómo culminar esta glosa?, me pregunto ahora que vuelvo a repasar mis anotaciones y subrayados en cada uno de los libros. De verdad, son tantas las posibilidades: se puede abordar desde la memoria involuntaria, de que hablaba Walter Benjamín; desde la totalidad, insinuada por Adorno; desde la búsqueda de la verdad, como pretendía Deleuze; desde el rastreo biográfico, como hizo André Maurois.

Al final, me quedo con esto: “A la separación momentánea y sonriente no tardará en suceder la separación atroz y definitiva que hemos preparado sin saberlo”. Esa atrocidad es la que uno como lector siente una vez culmina en En busca del tiempo perdido; pues al leer a Proust la noción de la literatura se modifica para siempre.

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Jaír Villano / @VillanoJair

Cultura

Una lectura amorosa de "En busca del tiempo perdido"

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