Una lectura para cuando muera el tirano (extractos literarios)

"El gran Burundún-Burundá ha muerto", escrito por Jorge Zalamea Borda, es la sátira más deliciosa de la historia de la literatura colombiana. Es una obra que pone en evidencia las tensiones políticas de una determinada época de la historia política del país, pero que aplica para tiempos convulsos. Tintas contra el expresidente Laureano Gómez, pero pueden ser contra otro. Contra otros.

Eduardo Zalamea Borda murió a los 55 años.Archivo

Necesitaba una chispa: la produjo. Necesitaba una vena abierta: la abrió. Sabía que bastaría el cabrillear de la llama y el dulce y espeso olor de la sangre, para que la horda no necesitara el aliciente de sus órdenes. Bajo los cráneos estrechos y en las empedernidas entrañas de los hombres sin imaginación ni palabra, se desentumecería la antigua bestia: de sus fauces babosas surgiría otra vez el bramido en que el terror se convierte en cólera y de nuevo el colmillo y la zarpa encontrarían el camino de la sangre.

Para que la obra fuese constante y perdurable, para que la violencia no se cansase ni se mellase el odio, contaba con el miedo que engendra el crimen en el criminal y en sus cómplices. Sabía por experiencia propia que no hay mejor abono para la crueldad que la cobardía; que cuanto mayor fuese el miedo por el propio crimen, tanto más grande sería la saña empleada en exterminar a cualquier posible justiciero; que el río desangre vertida establecería una frontera infranqueable para los hombres de la paz y la justicia.  Lo invitamos a leer: Así veía Eduardo Zalamea Borda al fútbol colombiano

No temía que desfalleciesen los ejecutores, pues el vicio de la crueldad no conoce la saciedad ni el hastío; temía que vacilasen los capitanes, los que ordenan el incendio y la muerte desde sus oficinas, sin chamuscarse los cabellos ni recibir en el rostro las salpicaduras de un cráneo que estalla o de un vientre que se desgarra y vacía. Para curarles de sus posibles vacilaciones, bastaba que supiesen que la paz sería su condena y la justicia su muerte. Bastaba que tuviesen la certidumbre de que los propios criminales a su mando serían sus verdugos en cuanto intentasen dar la orden de cesar el exterminio.

Que fuese Burundún el primero en percatarse que la miseria humana, la angustia que le acompaña y la rebeldía que le sigue, tiene su fundación en la palabra articulada, fue memorable hazaña de su inteligencia. Que convenciese a gran parte de sus gobernados de que en la madurez residía la única posibilidad de vegetar perdurando, fue flor de su talento político e inmarcesible realización de su Ministerio de la Propaganda. Pero donde dio su total medida, donde llevó su propio estilo a la maestría, fue en la tarea de recrear los instrumentos de represión contra los lenguaraces.

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¿A quién ofende la palabra? A los incapaces de fervor, a los que carecen de imaginación, a los que jamás hablaron a sí mismos, a los que nunca administraron a las cosas el sacramento del bautismo, a los que ignoran la comparación, a los que pegan a las bestias y los niños cuando no entienden sus miradas, a los que no quieren ganar fama, a los que temerían confesarse, a los que siempre esperan la delación o la denuncia, a los que no tienen caridad, a los imponentes, a los que no saben qué hacer con la libertad, a los temerosos de la justicia, a los que no pueden trascender de la sensación a la emoción, a los que nada tienen que decir a un árbol, a un cántaro o a una abeja; a los que fastidia el silbo de un pájaro, a los que cuando levantan el rostro a la noche no sienten sobre su piel el picotear de las estrellas, a los que no escuchan las historias apasionadas que narran los leños en la chimenea, a los que se taponan los oídos para no oír los relatos de viaje del viento, a los que no tienen Dios, ni amada, ni amigo, ni hijo, ni siquiera una bestia que les pida con inundados ojos la caricia de una palabra. A esos tales recurrió Burundún para organizar sus fuerzas punitivas.

(...)

Pero como a la ira ciega de los estólidos, hay que ponerla una carnada suculenta, un estremecido cebo vivo. A los incapaces de crear, les autorizó el exterminio; a los que no podrían emular, les impartió autoridad; a los impotentes en la amorosa conquista, les bendijo la violación; a los que tenían manchas en su origen, les permitió que abozalarán a los limpios; a los fracasados, les deparó la fría venganza contra los cabales. Y necesitaba Burundún jefes - siquiera fuese de nombre y apenas sobre el papel - para estas tropas de asalto, jefes políticos y militares y eclesiásticos y hasta intelectuales. Hurgando en el viejo seco de las infamias y en la ancha alforja de las malicias, dio abasto a todo"

 

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Eduardo Zalamea Borda

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