Una mirada íntima a ‘Pecado’ de Laura Restrepo

La antropóloga Rubi Duarte Rincón reseña la más reciente novela de la escritora colombiana radicada en Cataluña. Una obra que ha causado revuelo entre los espíritus más pudorosos y conservadores.

En la obra de Restrepo todo está ligado de alguna manera a la pintura al óleo ‘El jardín de las delicias’, que hoy descansa en el Museo del Prado. Cristian Garavito - El Espectador

Valiéndose del famoso tríptico de ‘El jardín de las delicias’, pintado por el pintor holandés Hieronymus Bosch, comúnmente conocido como ‘el Bosco’, entre 1510 y 1515, Laura Restrepo se adentra en un tema que sin diferenciar creencias religiosas, épocas, posiciones sociales o sexo afecta a la humanidad: el mal.

Restrepo ha nombrado a su nueva novela ‘Pecado’, publicada por la editorial Alfaguara. La obra resulta en un compendio de relatos que si se leen por si solos parecieran historias sin conexión, pero que en realidad están ligadas al tema central de esa polémica pintura.

Desde el comienzo del texto la autora siembra un interrogante, y en el desarrollo de cada una de las historias va dejando implícitamente pequeños dilemas morales que ayudarán al lector a construir una respuesta. Ella anuncia como es el asunto de los excesos y las faltas a las virtudes: “El castigo es la otra cara del pecado; su reproducción exacta pero invertida. Por otro lado, placer y pecado son equivalentes. Ergo, ¿placer y castigo son intercambiables?”.

Según la Real Academia de Lengua Española el pecado es definido como: Una transgresión consciente de un precepto religioso; cosa que se aparta de lo recto y lo justo, o que falta a lo que es debido; exceso o defecto en cualquier aspecto.

Cualquiera de estas definiciones se ven reflejadas en cada uno de los capítulos de ‘Pecado’, todos son claros ejemplos de violaciones a la moral: asesinatos, hurtos, envidias, egolatrías, deseos sexuales prohibidos.

 

 

 

 

Laura Restrepo inicia su narración de los males escapados de la Caja de Pandora con Irina; una joven obsesionada con Felipe Segundo y con las obras del holandés Hieronyms Bosch conocido como el Bosco (obsesión que también poseía el monarca español). La joven visita el palacio donde alguna vez habitó Felipe Segundo y mientras recorre sus pasillos, siente recorrer las arrogancias y las culpas de quien fue el líder de un reinado de exploración y expansión territorial más allá de los océanos Atlántico y Pacífico. Pero contrario a los sentimientos de antipatía que comúnmente despierta Felipe Segundo apodado como El prudente, Irina se compadece de él, sueña que debe llevarlo a algún lugar, no sabe a dónde, pero carga en brazos a su fantasma, por lo que llevarlo a ese sitio, el que se sea que es, se convierte en una tarea inexorable.

En la obra de Restrepo todo está ligado de alguna manera a la pintura al óleo ‘El jardín de las delicias’, que hoy descansa en el Museo del Prado; ese cuadro que a ojos de muchos es un alboroto de personajes reales e imaginarios realizando actividades pueriles y mundanas, es el punto de encuentro y de partida, el comienzo y el fin, de cualquier transgresión a la moralidad. Así lo entendió Felipe Segundo, así lo entiende Irina, por eso se obsesiona con la pintura y pasa horas contemplando cada una de las aberraciones allí representadas, la transición de la pureza que es corrompida y da paso al castigo y le inspira reflexiones que anota en un pequeño cuaderno.

Y de a poco, la autora va tentando al lector a conocer no solo la historia de Irina, sino de los otros muchos personajes que, aunque no comparten una misma espacialidad ni temporalidad, sí están conectados por el pecado, por ser pecadores, por ser perfectos candidatos para personificar alguna escena de las ilustradas en el tríptico del Bosco.

En el panel del paraíso, están Dios, Adán y Eva, en el paisaje se observa la fuente de la vida, el árbol del bien y el mal y una serie de animales como alegorías de las virtudes y los defectos.

En el panel mundano, el decoro de los personajes empieza a verse trastocado por una cabalgata de deseos incontrolables, por una acumulación de absurdos, todo tipo de placeres son cumplidos en este punto.

Finalmente, en el panel del infierno todos los excesos son castigados y aparecen personajes siniestros que dan cumplimiento a las condenas de los pecadores, no importa el pecado, todos deben ser reprendidos con sus propios placeres. Y es este último panel es el que más genera confusión porque al parecer la culpa es tratada con aquello que la generó: el pecado.

De igual manera sucede con las historias de Restrepo, cada pecador encuentra alivio en su propio pecado, le es necesario.

En otra parte de la trama se encuentra Diana, una de tres hermanas arrogantes que han construido su paraíso al lado de un pueblo amenazado por la miseria y la violencia; ajenas a esta situación, ellas, sus hijos y su madre, veranean sin preocupaciones, poniendo la distancia acostumbrada entre el amo y el sirviente. Sin embargo, Diana rompe esta barrera para entrar en pecado, acto que desencadena solo fatalidades: lo que ayer era paraíso, hoy es infierno.

Arcángel es otro de los protagonistas de ‘Pecado’, su nombre parece sátira y contradicción, y se transforma conforme se transforma su personalidad. Además, su historia deja en el lector el sin sabor de no poder juzgarle, parecen claros sus crímenes, pero son humanas sus razones: ¿A quién juzgar? ¿Es él el único culpable de sus actos?

Sentimientos parecidos se despiertan en el lector cuando conoce la historia de ‘La Viuda’, un verdugo que termina entregándose en sacrificio, que reta a Dios para salvar a quien ya estaba condenado. Aberración o comprensión, son las impresiones que causa el relato de Emma: ¿Cómo condenarla cuando explica que sus actos fueron necesarios y no planeados? Tal vez, resulte más fácil sancionar el actuar de un viejo empresario, al que el mínimo esfuerzo le correspondió siempre el triunfo, pero que en la cumbre de su éxito se entrega al pecado; no obstante, cuestionarlo no resulta tan sencillo pues el miedo que lo impulsa, es un miedo que probablemente comparte el lector, pareciera más efectivo condenar al narrador de su historia, un morboso que sueña con la vida que no vivió, pero es probable que este sentimiento también haya tocado alguna vez a quien lee.

Todo el tiempo la autora pone en entredicho las culpas de los pecadores, sus actos son horribles, pero los muestra tan humanos, tan cercanos a quien está leyendo, que el ejercicio de condenar a los protagonistas de sus historias, es también un juicio propio. Siempre se ve en el otro al pecador, nunca en uno mismo, pero Laura Restrepo logra que el temor de reafirmarse a sí mismo culpable, se entremezcle con el de sus personajes. Porque quien lee también ha pecado, porque quien lee también ha encontrado alivio en su falta, porque reprobar las historias de su jardín, es un poco caer en la altivez de su personaje el Siríaco, nos recuerda que todos los seres humanos son aprendices de Dios.

Así, el zafarrancho provocado por las criaturillas del cuadro del Bosco, no resulta tan lejano, tan incomprensible y escandaloso, parece más cercano y más entendible de lo creído. Porque esos seres no solamente están en una pintura, sino están en las noticias, en el vecino, en el trabajo, en la propia casa, en uno mismo; condenarlos o indultarnos es a su vez un asunto personal. Entonces, Irina sigue cargando al pesado fantasma del rey, que poco a poco se va aligerando entre sus brazos, cree saber por un momento hacia donde llevarlo, pero luego descubre que estaba equivocada: cuando se cierra el jardín todo es uno al mismo tiempo: placer y castigo ¿o no?

 

*Antropóloga, Universidad Nacional de Colombia

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