Una obra inconclusa

El montaje de ‘En caso de muerte’ es una beca de creación multidisciplinar 2013/2014, gran formato, otorgada por Idartes.

Mediante una pantalla ubicada en la parte de atrás del escenario, el montaje explora diversos recursos visuales. / Cortesía

En caso de muerte es una obra que explora el teatro musical a partir del texto homónimo de Juliana Reyes, bajo la dirección de Tino Fernández. El actor Ulises González —que comparte escena con Mónica Giraldo, Natalia Bedoya, José Miel, Carlos Alberto Pinzón y Carlos Aguilar— le da vida a Robert, un personaje público que decide suicidarse. Desde entonces su familia y amigos quedan en el centro de un huracán desatado por los medios de comunicación, que convierten la tragedia familiar en un circo mediático.

En tiempos donde todo es contado, donde la realidad se vuelve espectáculo y nos vemos inmersos en el manejo —muchas veces frívolo— de sucesos que se presentan como escándalos para atraer a las masas, ¿cómo se cuenta un duelo sobre el que aparentemente no hay nada que decir? Esa es la incógnita, el interrogante que la obra intenta resolver, poniéndolo en acción, poniéndolo en escena. Sólo queda el dolor, ese que se vive internamente, que inmoviliza y enmudece.

Es allí donde el drama musical pretende irrumpir en la intimidad, para contar lo inenarrable, para hacer divertida la tristeza, para darnos un descanso. Y de hecho nos lo da, pero no nos salva de la tristeza, ni del efecto punzante y catártico, a la vez que resulta del intento mismo por mostrar lo que no se puede mostrar y narrar lo inefable: nos salva, más bien, de lo melodramáticos que son los diálogos y algunas actuaciones. El chiste interviene para darle una pausa a ese melodrama injustificado, y a ratos incómodo.

En esta obra la frontera entre la tragedia y la comedia es definida, tal vez demasiado definida; el chiste rompe con todo, irrumpe de repente y se pasa abruptamente de lo uno a lo otro: pero lo dramático no alcanza a ser tragedia y lo chistoso no alcanza a ser comedia, o, en otras palabras, ni lo trágico ni lo cómico se presentan en toda su plenitud. El espectador tal vez sienta que pasea por la superficie de un espectáculo que sólo lleva a la risa de vez en cuando.

En caso de muerte intenta mirar la realidad de manera crítica y sarcástica, pero tampoco lo logra del todo: al trasfondo político y social que está detrás de la trama (que se aprovecha poco) le falta peso, le falta consistencia, y a las escenas (fragmentadas) les hace falta fluidez, hilarse entre sí, para encontrar una suerte de continuidad y cohesión. A la obra, en pocas palabras, le hace falta ser un todo en el que la música, el teatro y la danza realmente se fusionen, y en el que los tránsitos internos, de una situación a la otra, sean menos intempestivos y más coherentes.

Por otro lado, no sólo a la estructura, sino también a los diálogos y a la historia misma, les hacen falta trabajo. El guión le entrega todo “masticado”, “digerido” al espectador, no abre un espacio para el análisis, la reflexión, la duda. Sin embargo, mediante una pantalla ubicada en la parte de atrás del escenario, el montaje explora con diversos recursos visuales. Allí es donde la obra realmente propone algo. La foto que acompaña este texto muestra justamente una de las escenas más logradas de la representación, en la que un bailarín zapatea mientras se oye el sonido de una máquina de escribir que va tecleando una nota suicida al ritmo del tap.

Con respecto a la música, las composiciones no son tan buenas como las interpretaciones de la banda, pues las canciones parecen imitar a las de los musicales de Broadway. Lo mismo pasa con la danza, que a veces cae en lugares comunes y recrea movimientos cliché, institucionalizados por un teatro que no es el nuestro. Las voces de los personajes principales son excelentes, sobre todo la de Natalia Bedoya, en contraste con las del coro. Y la actuación de los extras, de los bailarines que acompañan a los protagonistas (“los saltamontes”, como los bautizó quien me acompañaba), son al principio asfixiantes, pero más adelante, graciosas, y son las que, como dije líneas arriba, le dan un viso cómico al melodrama, que es el resto.

Para resumir, la obra está cruda: tiene ideas interesantes, propuestas valiosas, que, sin embargo, aún están por desarrollar.

 

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