Crónica de una paz en cuarentena (Relatos y reflexiones)

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La euforia de una paz posible que le permitiera a la “Colombia Invisible” conectarse finalmente con la “Colombia Visible” se ha ido chocando con la realidad. ¿Podrá ser la pandemia, cuando pase, la oportunidad esperada para hacer realidad esa esperanza?

Hubo un tiempo en donde el rumor de la paz había crecido de tal manera, que había logrado opacar el ruido ensordecedor de la muerte y se escuchaba estrepitosamente como nunca antes lo había hecho, corriendo de boca en boca por las veredas de la Colombia Invisible. Una sufrida tierra en donde se daban por ciertos todos los chismes y rumores como verdades irrefutables.

La fatiga de una guerra sin rumbo había removido las conciencias del poder en el Palacio de Nariño, donde los convencidos manifestaban enfáticamente que el cosmopolitismo bogotano no podía entrar en el siglo veintiuno observando impasible el sufrimiento de esa otra patria lejana de selvas y montañas. Aquella geografía del horror, que la mayoría de compatriotas no sabían ubicar a lo largo y ancho de un mapa ensangrentado y menos aún conocían, se había convertido para entonces en un lastre tan pesado, que corría la Colombia Visible el riesgo de convertirse también en un fantasma.

Habían tenido que pasar por aquel entonces décadas de muertes, impunidades y olvidos en esa otra parte de la patria colombiana para que los enemigos eternos, hijos orgullosos de esa tierra devastada por ellos mismos, dejasen sus fusiles en el armerillo del silencio y se sentasen a construir conjuntamente la memoria definitiva del conflicto armado más largo y sangriento que había conocido América Latina. Y se pusieron entonces hacer la tarea de la paz, con dedicación, con responsabilidad y bajo el olor del tabaco de verdad y el sabor del ron cubano.

Cuando unos y otros empezaron a echar cuentas y a pedírselas, en jornadas maratonianas, cayeron en cuenta que era tan grande la destrucción humana de aquella guerra, que no iba a ser fácil ponerse de acuerdo sobre la herencia envenenada de odio y resentimiento que entre todos habían legado a su patria. Pero, a sabiendas que el sendero que transitaban estaba sembrado de minas, persistieron estoicamente en su anhelado deseo de entenderse, arropados por el aliento de millones de victimas exhaustas de dolor y miedo.

Mientras tanto, una parte de la patria, aquella que se sentía revisada y cuestionada frente a la cuenta de cobro de la barbarie, lanzaba mensajes y mensajeros anunciando que la Colombia Visible no estaba en venta y que el futuro había que seguir construyéndolo como el pasado: con plomo venteao.

Después de más de un lustro de noches, desvelos y complicidades inimaginables la guerra se rindió, ante el asombro de una Humanidad ávida de buenas noticias y llegaron mandamases desde confines lejanos apoyando aquella hazaña para la posteridad. Fue en la Ciudad Heroica de Cartagena de Indias, acostumbrada a ser protagonista de gestas imborrables, donde los cazas de combate celebraron con estrépito ensordecedor el día de su jubilación, pintando los cielos de las ciénagas caribeñas con los colores de una bandera que por fin parecía ser de todos, festejando la Nueva Colombia recién parida.

Y se le dio la voz al pueblo, para que por una vez en su vida pudiese decidir sobre algo verdaderamente importante. Y se celebró con júbilo por muchos, que la Colombia Invisible fuese condenada nuevamente por la Colombia Visible al ostracismo de la cadena perpetua. Nunca nadie podrá explicar con palabras lo que sucedió aquella tarde. Y aunque posteriormente, se pudo hacer un remiendo al traje a medida de la paz, que por años se había diseñado con tanto esfuerzo, los arreglos quedaron marcados en la memoria de un pueblo que se mostró ante los ojos del mundo atormentado y prisionero entre su pasado y su futuro.

El fin formal de la guerra solo fue el inicio de la construcción de la paz social en la Colombia Invisible, la cual se había acostumbrado a vivir bajo el yugo del negocio de la violencia por demasiados años. La paz entonces se miraba como algo indescifrable, laberíntico, irresoluble, imposible. Pero con el tiempo, se entendió que era en el fondo algo mucho más sencillo de lo que se había imaginado.

La Paz Territorial, que así se llamó en un ejercicio de gran honestidad histórica, no era otra cosa que ofrecerles a los Herederos de la Desigualdad una vida digna. Había que transformar la cultura de las impunidades de toda la vida, en un proyecto de normalidad donde se fuese labrando un campo sano, alejado de las presiones de las mafias de todo signo que lo habían enfermado y destruido por tantos años, regándolo con sangre inocente. Una normalidad decorada con pupitres nuevos, dispensarios médicos, agua limpia y caminos transitables para llegar al trabajo con el que ganarse el pan de cada día. Ellos también querían ser parte de aquella tierra, donde la realidad y la ficción eran la vida misma.

Algunos, tanto de un lado como de otro, entendieron que esa fórmula de la paz era demasiado compleja de resolver para sus intereses inconfesables y costosa para sus bolsillos y decidieron abandonar la idea de que todo era posible. Unos retomaron los antiguos discursos trasnochados de la República de Marquetalia, abriendo nuevas sucursales del terror. Otros, confundieron las responsabilidades del Estado con las del Gobierno de turno y las pasaron todas ellas por el tamiz del Partido. Y todos juntos, olvidaron las responsabilidades contraídas con esa Nueva Colombia, las cuales fueron puestas en cuarentena.

Y aunque el proceso tuvo avances muy importantes, porque la energía de la paz es poderosa y mucha gente recuperó la verdad y una media sonrisa perdida por años de llanto y mentiras, siempre pendió sobre el proceso de paz en esa Colombia Invisible la sensación que todo era insuficiente, que la vida seguía valiendo muy poco en esa parte de la patria y que el esfuerzo realizado era siempre mucho menor, que el camino que quedaba por recorrer. Mientras tanto, los recicladores de la violencia y del odio se afanaban y avanzaban sin pausa en el desarrollo de una nueva realidad, que en el fondo era la misma de siempre. La nada. El miedo. La desesperanza. La muerte. El pasado.

Por aquellos años, la paz se enfrentó a la llegada de una pandemia de origen lejano y desconocido. Y en esa Colombia Invisible nadie supo si las mascarillas eran para protegerse del virus, para que no los confundiesen con los privilegiados o para no oler la pobreza que se avecinaba, y con ella, quién sabe que más fantasmas del ayer.

Gracias a Dios, la pandemia remitió lentamente, las máscaras y caretas desaparecieron y la paz siguió luchando por muchos años hasta salir de su cuarentena e inundó las conciencias y la vida en una tierra hermosa como pocas. Por fin solo Colombia, sin apellidos, sin ataduras, estrenando la verdadera normalidad para sus hijos. Cien años después. Amén.

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