Una peregrina con sueños de mar

La primera película de Andrés Burgos, 'Sofía y el terco', cuenta con las actuaciones de la actriz española Carmen Maura y de Gustavo Angarita.

“El mar es de celofán. De papel celofán, como el que envolvía un regalo que le dieron 40 años atrás. O por lo menos de un material más parecido”. Así es el océano de los sueños de Sofía, construido con cartón, con papel regalo y con burbujas de jabón. Así comienza Sofía y el terco, el libro que Andrés Burgos escribió y que, jugando a hacerlo guión, se topó con productoras y terminó cifrado en película.

Su ópera prima cuenta la historia de una mujer de 75 años que no conoce el mar y emprende un periplo para llegar a él. Su vida es una serie de sucesos cotidianos, repetitivos, previsibles, como si el reloj estuviera cuadrado paralelamente con sus actos anodinos. El viaje que su esposo, “el terco”, interpretado por Gustavo Angarita, le ha prometido siempre parece postergarse.

Burgos fue el guionista de la telenovela Hasta que la plata nos separe, en la que uno de los personajes, que era del sur de Bogotá, no conocía el mar. Apenas salió al aire la escena donde el hombre por fin veía el mar, la abuela de su esposa lo llamó conmovida porque ella también lo había conocido ya entrada en años. Ese episodio lo hizo tener en cuenta ese sentimiento humano de enfrentarse por primera vez a un horizonte de agua y fue lo que detonó la historia de Sofía y el terco. Burgos recuerda esos paseos familiares de infancia en los que se adentraba por carreteras ancladas en el siglo pasado, por los que subían y bajaban montañas a través de paisajes encantadores, para llegar al mar. “Es nuestra peregrinación nacional. Eso era algo que yo quería contar y resumir en la película, incluso más que el recorrido geográfico, quería revivir esa sensación, esa ansiedad de los días previos que tenemos las personas del interior ante un viaje al mar”.

Bogotá, La Calera, Apulo, Anapoima y las playas de Santa Marta fueron los escenarios del rodaje, pero en la película no se especifica ningún lugar, ningún pueblo va con nombre, porque la intención era incluir los paradigmas colombianos: tierra fría, templada y caliente, que suponen ese recorrido común de cualquier colombiano del interior para llegar a las olas.

Lo curioso del personaje de Sofía, interpretado por Carmen Maura, es que sin ser muda, no habla y no dice ningún parlamento durante toda la película. Según Burgos, ese código narrativo se debe a que más que la lucha de Sofía por conocer el mar, más que emprender ese viaje, se trata de su deseo por ser escuchada y ser tenida en cuenta. En una entrevista pasada publicada en este diario, la actriz confesó antes de comenzar el rodaje: “No me había pasado nunca, y menos siendo la protagonista, pero está escrito de tal manera que te parece que el personaje habla. No sé qué tan difícil será porque no lo he hecho nunca, pero tengo mucha confianza en Andrés”. En efecto, es único y raro encontrar un protagónico que no hable y que no caiga en el error de gestualizar en exceso o de utilizar el lenguaje de los mudos. Maura logra con poco y a través de su mirada transmitir un personaje que no tiene diálogos.

La experiencia para Burgos de contar con una actriz de tal trayectoria, con más de 100 películas en su carrera, no fue intimidante, porque Maura llegó dispuesta a no alterar las dimensiones de la película. “Las puede alterar en presencia escénica, en prensa y resonancia, pero ella vino a esta especie de reunión de apartamento pequeño. Entró en esos códigos y lo hizo perfecto. Para mí fue como si me trajeran a Messi al equipo”, cuenta el director.

La apuesta estética de la película es interesante, de colores matizados, con una horizontalidad marcada y de imágenes poéticas minimalistas. “Queríamos una película de planos tranquilos, muy horizontal, que las cosas sucedieran dentro del cuadro, que la quietud y el silencio narraran, que los diálogos fueran austeros, que sólo se tuviera lo que se tenía que decir sin necesidad de rellenos”, advierte Burgos. Los colores van cambiando a través del viaje, de la bruma del clima frío, se pasa al verde y a la luz más intensos para marcar esa transición entre la quietud y la rigidez de la vida de Sofía y la soltura que le va dando el recorrido hacia el mar.

Sin embargo, las herramientas que utiliza para hablar de la emancipación, como el baile que suelta las caderas o el cigarrillo de marihuana que abre la mente de la protagonista, caen en lugares comunes y evidentes. Para un espectador más prevenido, los personajes carecen de tercera dimensión.

A pesar de ello, para el director, la película le agrega a la cinematografía un carácter colombiano desde otro punto de vista de los tópicos tradicionales. “Es un reflejo de colombianidad, pero desde las relaciones íntimas. Creo que tiene un tono que se apega a lo cinematográfico sin abandonar liviandad y humor, sin abandonar el público masivo, pero que también es accesible para los cinéfilos”.

 

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