"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Una revolución de ideas

La libertad en todos los órdenes sociales y la democratización de la cultura, eran postulados esenciales dentro de las teorías de estos dos pensadores innovadores.

Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci fueron, sin lugar a dudas, dos sobresalientes y excepcionales dirigentes políticos revolucionarios marxistas del movimiento europeo de la primera mitad del siglo pasado, que dedicaron sus energías vitales a luchar y promover la revolución socialista en sus países, Polonia e Italia, respectivamente. También se esforzaron por pensar creadoramente de nuevo las condiciones necesarias que deben cumplir siempre los revolucionarias para lograr el triunfo de esa revolución, pues estaban convencidos de que la lectura e interpretación que los marxistas rusos, con Lenin a la cabeza, y los bolcheviques, de las condiciones de esa revolución socialista, adolecían de defectos o fallas fundamentales.

Para Rosa Luxemburgo la falla principal consistió en que los bolcheviques, como lo expuso en su famoso texto sobre la revolución rusa que escribió en 1918, unos meses antes de morir asesinada en Berlín por un grupo paramilitar, no reconocieron el derecho fundamental que deben tener todos los miembros de la nueva sociedad en proceso de construcción, inclusive de los que no son integrantes del partido o de los que tienen opiniones críticas diferentes a la de sus dirigentes, de expresarse libremente en el espacio público de la sociedad. Dice Luxemburgo: “Sólo la vida sin obstáculos, efervescente, lleva a miles de formas nuevas e improvisaciones, saca a la luz la fuerza creadora, corrige por su cuenta todos los intentos equivocados. La vida pública de los países con libertad limitada está tan gobernada por la pobreza, es tan miserable, tan rígida, tan estéril, precisamente porque, al excluirse la democracia, se cierran las fuentes vivas de toda riqueza y progreso espiritual (...) Toda la masa del pueblo debe participar. De otra manera, el socialismo será decretado desde unos cuantos escritorios oficiales por una docena de intelectuales”. Y más adelante escribió su famosa y profunda frase en la que resume su concepción: “La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”.

Rosa Luxemburgo, entonces, estuvo profundamente convencida de que el nuevo orden socialista sólo se puede construir con validez y justicia si los dirigentes políticos revolucionarios que lo promueven aceptan sin límites que todos los miembros de la sociedad puedan expresar libremente sus opiniones en el espacio público, es decir, si reconocen que la libertad de todos hace parte de manera consustancial de la nueva sociedad socialista. Y si, al contrario, no reconocen o aceptan esta libertad este nuevo orden social no sólo negará la esencia humana del proyecto socialista, sino que también carecerá de la legitimidad necesaria que le permita mantenerse y renovarse con el paso del tiempo, como efectivamente ocurrió con el modelo de socialismo que los bolcheviques construyeron en la Unión Soviética y que fue adoptado luego por los dirigentes revolucionarios de los países de Europa del Este después de la segunda Guerra Mundial. El derrumbe y desintegración de este modelo de socialismo después de la caída del muro de Berlín en 1989 puso de presente de nuevo, tras 70 años de olvido, la validez de la concepción de Rosa Luxemburgo sobre el imperativo de sustentar la posible sociedad socialista no sólo en el principio de la justicia sino también en el de la libertad.

Y por su parte, Antonio Gramsci se empeñó, en sus famosos Cuadernos de la cárcel, que escribió precisamente en la prisión a la que fue confinado desde 1926 hasta su muerte en 1937 por el régimen fascista de Mussolini, en mostrar que el triunfo, y sobre todo el éxito, de la revolución socialista sólo es posible si el partido revolucionario logra primero construir en el seno de la sociedad la hegemonía cultural del proletariado, es decir, si logra que su concepción de la sociedad, fundada en el acceso igual y justo de todos a los bienes materiales y espirituales creados por todos, sea aprendida, interiorizada y aceptada como válida por la gran mayoría no sólo de los obreros sino también del resto de los miembros de la sociedad.

O lo que es lo mismo, si el partido logra convencer, mediante el diálogo y la exposición discursiva, a la gran mayoría de la sociedad de que la concepción de la sociedad del proletariado que representa como “intelectual orgánico” no expresa sólo sus intereses particulares sino también los intereses generales de esa sociedad, o por lo menos los de todas las clases subalternas. Y si lo logra, el partido revolucionario conseguirá, por consecuencia necesaria al consentimiento, el consenso o el apoyo activo y voluntario de estos sectores sociales en su propósito de tomar el poder político. Por eso para él los revolucionarias italianos, y en general los de todos los países occidentales, antes de emprender el asalto al poder del Estado, como lo hicieron los bolcheviques en Rusia en 1917, tienen que construir la hegemonía cultural de la clase obrera que les dé el derecho legítimo de dirigir a la mayoría de la sociedad por el camino de construir el nuevo orden socialista. Idea que Gramsci sintetizó en su notas sobre Maquiavelo, que hacen parte de sus Cuadernos de la cárcel, diciendo: “Para el proletariado la conquista del poder no puede consistir simplemente en la conquista de los órganos de coerción (aparato burocrático-militar) sino también y previamente en la conquista de las masas”. Por eso sólo si el partido revolucionario cumple esta condición fundamental podrá adquirir el derecho legítimo de dirigir a todos por el camino de la revolución y, además, se darán a sí mismos la posibilidad real de realizarla con éxito.

Estas dos condiciones renovaron y ampliaron significativamente el horizonte del pensamiento marxista; dos condiciones que, si bien no fueron consideradas de manera explícita por Marx, se pueden integrar a su concepción de una futura sociedad comunista como reino de la libertad en la que cada uno le aporte a los demás de acuerdo con sus capacidades y reciba de los demás lo que necesite para vivir digna y humanamente. Y aunque hoy la revolución socialista ya no está al orden del día, estas dos condiciones expuestas por estos dos notables pensadores tienen plena vigencia y validez; son dos condiciones que todos los que se propongan cambiar de una u otra manera, en una u otra dirección, el orden socio-económico y político existente o algunas de sus partes deben cumplir sin excepción si desean que sus propósitos de cambio puedan abrirse paso, es decir, sean escuchados y reconocidos como válidos, por los sectores sociales a los que se dirigen.

Rosa Luxemburgo
 
Nació el 5 de marzo de 1871 y murió el 15 de enero de 1919, a la edad de 47 años, a causa de una herida por arma de fuego.
 
Revolucionaria y teórica marxista de origen judío, fue una importante escritora, a pesar de los prejuicios de su época y la discriminación que imponían las autoridades zaristas en Polonia contra los judíos. A la edad de 18, su militancia socialista la obligó a exiliarse, refugiándose en Suiza, donde terminó sus estudios de Derecho y se unió a la dirección del Partido Socialdemócrata Polaco.
 
Junto con Karl Liebknecht encabezó las protestas de los socialistas de izquierda contra la primera Guerra Mundial. Fue detenida en 1915, pero continúo escribiendo desde la cárcel. En 1918, ya en libertad, hizo abdicar al emperador Guillermo II, y lanzó, junto con Liebknecht, la Revolución Espartaquista de 1919.
 
Antonio Gramsci
 
Nació el 22 de enero de 1981 y murió el 27 de abril de 1937. Teórico marxista, filósofo, político y periodista italiano. Participó en la fundación del Partido Comunista Italiano. Dada su precaria situación familiar, sus estudios fueron intermitentes. Con el apoyo de su hermano y debido a sus capacidades intelectuales superó las dificultades.
 
Estudió en la Universidad de Turín, donde recibió la influencia intelectual de Croce y de los socialistas. El 20 de julio de 1910 recibió su credencial de periodista. Escribió sobre teoría política, antropología, lingüística y sociología.
Fue encarcelado bajo el régimen fascista de Benito Mussolini. El 21 de abril de 1937 adquiere la plena libertad, justo 6 días antes de morir a causa de una hemorragia cerebral.