Una sinfonía para la esperanza

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Marta Rodríguez, cineasta, documentalista y antropóloga colombiana, está realizando una campaña crowdfunding a través de Indiegogo para terminar su último documental que busca resaltar la esperanza de los jóvenes indígenas víctimas del conflicto que ahora le apuestan a la música en lugar de apostarle a las armas.

Teniendo a la etnografía como base y el amor por las historias compartidas con la población del norte del Cauca, la madre del cine documental en Colombia ha decidido realizar un aporte más a la memoria, la resistencia y la lucha de los pueblos indígenas que estuvieron expuestos al conflicto armado en los últimos 50 años.

Marta Rodríguez realizó estudios sobre cine y etnología en Francia donde la atmósfera de la posguerra le dictó, de la mano de cineastas y pensadores como Jean Rouch y Edgar Morín, que la esperanza y el renacer de un pueblo son motivos suficientes para hacer del cine el medio más importante para reflejar el dolor de la violencia y hacer un homenaje a las víctimas que padecieron los disparos y las explosiones de un conflicto armado.

Junto con Jorge Silva no solamente lograron sostener una relación amorosa sino que juntos obtuvieron un gran reconocimiento por su labor como documentalistas. Chircales, una producción que empezó en 1965 y terminó en 1972, se convirtió en un ícono del cine latinoamericano al retratar la cotidianidad de la familia Castañeda y sus escasas condiciones de vida en el sur de Bogotá, donde tanto hijos como padres debían trabajar todos los días de la semana cargando barro y ladrillos para cumplirle al dueño de la tierra donde habitaban. Un relato fidedigno de la desigualdad de la época y de la triste condición en la que los niños tuvieron que crecer cargando tres o cuatro ladrillos en su espalda.

Cámaras prestadas, largas jornadas de grabación y producción, amenazas e inclusive el secuestro de uno de sus fotógrafos en el Urabá Antioqueño en los días cercanos a la Operación Génesis, son algunas de las proezas que hacían parte del rodaje y el cultivo de la memoria en los documentales de Rodríguez.

La Sinfónica de los Andes es un documental en memoria de tres niños indígenas del norte de Cauca que murieron a causa del conflicto. Para la antropóloga –que lleva 40 años conviviendo por épocas en el Cauca- el material que recogió le permitía narrar más de 20 historias similares a las que narra e ilustra en el documental, Sin embargo, los tres casos escogidos simbolizan a toda la población indígena que ha sabido resistir a la crudeza de la guerrilla y que ha sabido reconstruirse a partir de la esperanza que siembran personas como Marta y como Richard, director de la orquesta que ha convencido a los jóvenes que es mejor interpretar un pentagrama que analizar una estratagema.

“El dolor está lleno de poesía”. Con esa frase la cineasta bogotana resume décadas de trabajo y de vivencias que han hinchado su corazón de admiración por las lágrimas rebeldes y las miradas esperanzadoras de aquellos que enterraron familiares pero que, sin embargo, le apuestan a la paz y a la reconciliación.

Marta Rodríguez no hace cine para ganarse premios, hace cine porque considera que es el mejor medio para narrar el dolor y la tragedia. Sus documentales están llenos de la cultura ancestral indígena y de valores trascendentales para la reconstrucción de una sociedad polarizada. Con esta producción, que infortunadamente no tuvo el apoyo y sí la indiferencia de grandes corporaciones en Colombia que apoyan el cine, no solo se busca seguir la resistencia del Cauca, se busca alzar la voz de las víctimas que han perdonado y que han florecido de las tierras donde yacen cuerpos mutilados.

La sinfónica de los Andes pasa a ser, junto con otros documentales como Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1976-1981), Nunca más (2001) y Testigos de un etnocidio: memorias de resistencia (2011), un espacio más para valorar el trabajo de quienes crean arte para la paz, de quienes construyen memoria, identidad e historia a partir de nuestras raíces y un ejemplo de coraje, firmeza y convicción para mantener la mirada hacia el horizonte en momentos en los que el viento sopla con violencia y las hojas caen no por las estaciones sino por las explosiones de la guerra.

Tres años llevan Marta Rodríguez y todo su equipo de producción intentando sacar a flote este documental. Y a final de año, cuando logre ponerlo a navegar, volverá al Cauca, como siempre lo ha hecho, para entregar en las manos trabajadoras de los indígenas su obra y su admiración, demostrando, una vez más, que el dinero no es el que mueve a los espíritus combativos sino las ganas de estrechar la mano y darle un abrazo a quienes padecieron la tragedia y hoy le cantan con las notas más agudas a la paz. 

 

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