Una tragedia vista desde el cómic

‘Los once’ es la primera novela gráfica editada por Laguna Libros, que aborda desde la ficción uno de los acontecimientos más trágicos de la historia política del país.

La dolorosa imagen del Palacio de Justicia en llamas es la portada de esta novela gráfica. / Fotos: Cortesía

Una ráfaga de fusil interrumpió las conversaciones cotidianas que tenían lugar alrededor de la Plaza de Bolívar. El eco de los disparos llamó la atención de los curiosos y trabajadores del sector. Chava, una vendedora ambulante que estacionaba su carrito con dulces y cigarrillos en la carrera Octava con Once, fue la primera en advertir que a los “doctores” —que eran sus clientes— les había pasado algo. Encendió la radio y escuchó la agitada transmisión de Juan Gossaín sobre el tiroteo en el sótano del Palacio de Justicia.

Tan sólo pasaron algunos segundos cuando vio pasar corriendo a uno de los muchachos de la Policía Militar a quienes les fiaba y les llevaba la cuenta en una pequeña libretica color verde. Chava le preguntó: “Pemito, ¿qué está pasando en el Palacio?”, y el joven militar le respondió de forma contundente: “Chava, la guerrilla se tomó el Palacio de Justicia”.

Han pasado 28 años desde el fatídico 6 de noviembre de 1985, cuando un comando armado del M-19 se tomó por asalto el Palacio de Justicia en el marco de la que el grupo insurgente denominó Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, con la cual buscaba promover un juicio al presidente Belisario Betancur. A las 11:30 de la mañana lograron entrar al edificio.

La operación fue liderada por Luis Otero, un curtido guerrillero que ya había participado en otras acciones del M-19 junto a otros militantes. Con él entraron varios guerrilleros que, tras largas horas de combate con el Ejército, terminarían acorralados en el cuarto piso de la edificación.

Se estima que el saldo trágico fue de 109 personas muertas y once desaparecidas. La novela de Andrés Cruz, Miguel Jiménez y José Luis Jiménez gira, entonces, alrededor de las 28 horas de angustia que vivieron los once desaparecidos y sus familiares, aproximándose, por supuesto, desde la ficción. En Los once, la ópera prima de los jóvenes autores (con experiencia en el mundo de la producción, creación visual y entretenimiento transmedia), los diferentes bandos aparecen representados de forma genérica por animales.

Aquellos que no tienen que ver con ninguna fuerza (los civiles) son plasmados como pequeños ratones. Al Ejército lo encarnan varios animales, entre ellos un perro y un mico histérico. Y los miembros del M-19 aparecen representados como cuervos que llevan un sombrero al estilo del que usó el Comandante Uno, Rosemberg Pabón, durante la toma de la embajada dominicana.

La novela se destaca por su calidad gráfica. Aunque para muchos críticos el uso único del blanco y negro para las ilustraciones es limitante, los autores supieron sacar provecho de esta peligrosa dupla, ya que con ello acentúan el dramatismo de las escenas, sobre todo en el momento de recrear hechos claves del trágico suceso, como la fallida intervención de la Cruz Roja y la retoma del Palacio.

En general, los personajes no tienen diálogos (cosa que hubiera resultado interesante), pero aparecen las trágicas frases más recordadas que se pronunciaron entonces: “Que el presidente de la República dé finalmente la orden de cese del fuego”, de Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia, al ver la intensidad de la confrontación, y: “El Ejército entró con sus tanques y aquí están sonando los tiros. Cuando entren en este piso nos morimos todos, sépalo”, como enfatizó Alfonso Jacquin, guerrillero del M-19, al ver la entrada de los tanques durante la retoma del Ejército.

El libro atrae desde su portada, con la dolorosa imagen que se nos viene a algunos colombianos a la cabeza cuando recordamos el hecho: el Palacio de Justicia en llamas.

Aunque la toma del Palacio ha sido construida y deconstruida en diversos libros, entre los que sobresalen El Palacio sin máscara, de Germán Castro Caicedo; El Palacio de Justicia: una tragedia colombiana, de Ana Carrigan, y Noche de Lobos, de Ramón Jimeno, es la primera vez que el acontecimiento es abordado desde la novela gráfica (siendo una apuesta más gráfica que novelística), género que empieza a tomar fuerza en nuestro país con trabajos como El antagonista, de Muriel Laurent, Rubén Egea y Alberto Vega, y apuestas precursoras en las que ilustraciones y textos dialogan, como Muérdeme suavemente y Microbio, novelas de Fernando Gómez.

A nivel internacional, novelas gráficas como El arte de la guerra, de Kelly Roman (una versión alternativa del libro de Sun Tzu), se han encargado de posicionar el género en el que es pionero el trabajo del caricaturista estadounidense Art Spiegelman, autor de la famosa Maus: relato de un superviviente, una de las novelas más influyentes de este género, ya que ilustra las experiencias de Vladek Spiegelman, padre del autor, durante la Segunda Guerra Mundial.

“Leímos todo lo que se ha escrito de la toma del Palacio, de todas las tendencias. Aquí no presentamos un juicio, sino que usamos preguntas para generar conciencia”, señalaron sus autores. Sus autores buscan “tener la oportunidad de contar una antifábula sobre un país, sus conflictos y su gente, en la que el paso del tiempo aparece como agente para determinar qué tanto hemos aprendido de nuestra historia”, se lee en el epílogo de Los once.

Seguramente el libro dará mucho de qué hablar, ya que contribuye a difundir el hecho, y se espera que llegue más allá de un reducido público académico. Esta y otras apuestas seguirán impulsando el giro hacia lo visual en el campo literario colombiano.

 

 

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@StevenavCardona

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