Una vida que valía dos mil pesos

Así ocurrió. Barrio Atenas, Bogotá. Calle 34A Sur Nº 4-79 Este. Sábado 25 de marzo de 2006. A eso de las 4:30 de la tarde, el lustrabotas Jesús Tomás Barbosa Sarmiento ingresó alicorado al establecimiento de Ángel María Rodríguez Vargas, de 65 años de edad.

Ilustración: Heidy Amaya

Al parecer quería que éste le vendiera algo. En el local había varios clientes y algunos familiares de Rodríguez Vargas, quien se encontraba detrás de una reja que separaba el mostrador del resto del local, y cuando vio a Barbosa lo increpó.

Airado, le pidió que le pagara $2 mil que le había quedado debiendo de la noche anterior o que si no se retirara, “porque no quería problemas”, dijo, de acuerdo con una testigo. Y la respuesta no fue otra que: “No los tengo y si le doy, le voy a dar es con esto”. Entonces Barbosa Sarmiento sacó un cuchillo como el de un carnicero, según declararon quienes lo vieron. No obstante, al momento se volteó y, al parecer, se disponía a irse de la tienda cuando el tendero respondió: “Pues yo le doy con esto”. Y, cual si fuera el Lejano Oeste, sacó un arma que tenía en el cinto y le disparó.

El tiro entró por el lado izquierdo de su cuerpo, debajo de la mandíbula. Barbosa salió corriendo, alcanzó a recorrer algunos metros, llegó a una tienda cercana y en la carrera 4ª Este se desplomó y se desangró. Rodríguez Vargas se mantuvo detrás de la reja desde la cual había disparado. Al otro día fue capturado por las autoridades y el 11 de julio lo acusaron por homicidio y porte ilegal de armas de fuego. Desde un primer momento, el comerciante aseveró que si había disparado, había sido en defensa propia y para ahuyentar a la víctima. La declaración de una amiga suya lo desmintió.

Fueron ella y las investigaciones de la Fiscalía las que demostraron que Barbosa Sarmiento nunca se acercó a Rodríguez Vargas; que entre los dos había una distancia de más de un metro, una mesa y una reja; que el comerciante no estaba sólo, sino que lo acompañaban algunos de sus familiares, a los que habría podido pedirles ayuda en caso de haberse sentido amenazado; que, asimismo, la víctima estaba alicorada y, al parecer, se disponía a marcharse cuando ocurrió el incidente. La amenaza no era tal.

En cambio, lo que descubrió la justicia, como lo sintetizó el Tribunal Superior de Bogotá en su fallo de segunda instancia, fue que “antes que verse obligado a defender su propia vida, Rodríguez Vargas se involucró en el problema por su propia voluntad, como si tratara de responder al reto planteado por Jesús Tomás Barbosa Sarmiento. A la exhibición del cuchillo que hizo éste en modo amenazante, reaccionó con el sorpresivo disparo del arma de fuego, pues no la esgrimió para disuadirlo, sino, de una vez, para ultimarlo”.

Las pruebas en su contra fueron suficientes para que Rodríguez Vargas aceptara su culpabilidad y, por ello, recibió una reducción de su condena, que quedó en ocho años de prisión. En el mercado negro de Bogotá una bala de revólver llega a conseguirse en $1.500. La deuda de Barbosa Sarmiento con Rodríguez Vargas ascendía a $2 mil. Nuestra violencia ha llegado a ese punto, que en Colombia se mate a alguien con una bala de $1.500 porque miró mal a su asesino, porque no le caía bien, porque le ojeó la novia, porque no lo acompañó a tomar, porque era hincha del equipo contrario, porque se le dio la gana, o porque para algunos pareciera que la vida de una persona vale $2 mil o, quizás, menos.